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Inicio » Archivo » Casualidades, placeres y descubrimientos. Una conversación con Leopoldo Pomés

Pomes

Leopoldo Pomés (Barcelona, 1935), uno de los fotógrafos y publicistas más importantes de nuestro país, está preparando una exposición para la Galería Fernández-Braso de Madrid. Es tan perfeccionista, que incluso tiene una maqueta de la galería -“mi hijo es arquitecto”, me dice- para ir presentando las fotos en las paredes tal como quiere que estén en la exposición.
Su taller en el barrio de Gràcia, amplio y luminoso, con una gran claraboya en el centro, tiene historia: fue el estudio de Modest Urgell, y el toque de distinción lo aporta un patio ajardinado, de gusto renacentista, diseñado por su amigo Òscar Tusquets.

Este fue el estudio de Modest Urgell…
Sí, pero lo que tiene más gracia de la historia es mi relación con Urgell. Cuando yo era joven era un pésimo estudiante
y lo único que me interesaba era el arte; una prima de mi padre trabajaba en una librería a la que yo iba a menudo a mirar “estampas” -mirar libros, antes lo decíamos así- yo tendría entonces 14 ó 15 años cuando descubrí unos cuadros de Urgell y quedé fascinado; me pareció extraño que me atrajera tanto porque no era una pintura demasiado optimista, pero pensé que si un día podía me compraría un cuadro.
Pues coincidiendo con mi aniversario, se celebró una exposición colectiva en la Galeria Syra, en la Casa Batlló, y me topé con este cuadro que tengo ahora detrás de mí; el precio era respetable y pedí unos minutos para reflexionar; me fui, pero enseguida volví, y de vuelta, corrí los últimos metros con aquella angustia de que no me lo quitara nadie. Cuando volví a la sala, había un matrimonio joven, “pijo”, mirándolo; justo en el momento en que ponían el punto rojo, la chica dijo: «¡mira, mira, se están comprando el cuadro, qué mente más torturada lo habrá comprado!» Yo le dije que la mente torturada era yo, y supo quedar muy bien diciendo: «claro, es que eres artista». Más adelante, en los años 60, cogí este estudio, y vino un viejo carpintero a reparar el rosetón teatral y me dijo que su bisabuelo le había contado que esto había sido el estudio de un pintor muy extraño que pintaba cementerios; es muy curioso, en la fachada que da a la calle, aquí, en el primer piso, hay una ventana muy grande, que es por donde Urgell sacaba los cuadros, y está tal como la tenía él, no he tocado nada…
Cuando llegué aquí, aún no sabía nada de todo esto y un día incluso vino un biznieto de Urgell y me trajo un libro; ahora está documentado que Urgell trabajó aquí y me trajo fotografías. Bastantes años más tarde, otro pintor, Ochoa, tuvo aquí su estudio también; tengo una fotografía de aquella época [me la enseña, es muy interesante ver cómo era el estudio de Pomés, en el que estamos ahora, en tiempos de Ochoa, un ambiente muy del XIX, con muchos cuadros en las paredes y objetos de gusto orientalista].
En la otra pared tengo otro Urgell [muy grande] con marco de Gaspar Homar.

¿Qué presenta en la exposición?
Presento un conjunto de distintas épocas, sin un hilo conductor, muchas de las cuales no se habían visto, porque yo me he dedicado principalmente a la publicidad, y desde que la he dejado, hace unos 4 ó 5 años, hago de “minero” -como dice la madre de mis hijos, que me ayuda mucho- me sumerjo en las profundidades de mi archivo y encuentro diamantes que ni recuerdo; ahora Foto Colectania y La Fábrica preparan un libro sobre Barcelona con mis 50 años de fotografía. Hay muchas cosas desconocidas que me gustan.

¿Prefiere la fotografía en blanco y negro?
Me gusta más en blanco y negro, pero también tengo en color. Me interesa todo, especialmente la sensibilidad que conduce a algo… como la fotografía digital, a veces me pregunto qué harían Evans o Man Ray, creo que también la utilizarían. La única manera de ver las cosas en blanco y negro es a través de la fotografía, o de una película, como las de Hollywood en blanco y negro, que tienen mucho impacto;
George Clooney dirigió una película, Buenas noches y buena suerte, sobre la prensa americana, en la que se persigue todo lo que tenga parecidos comunistas, está rodada en blanco y negro y es impresionante; otra película reciente muy interesante es The Artist, de Michel Hazanavicius, es muda y en blanco y negro. En arte parece que ya está dicho todo, pero es bueno que alguien vuelva a decirlo.

¿Qué recuerda de la época de Bocaccio, en Barcelona?
Creo que mi época más importante fue antes de Bocaccio… la historia me ha vinculado a Bocaccio pero yo tampoco iba tanto. El motivo es que aquí, en mi estudio, en verano hacía mucho calor y yo trabajaba de noche, por eso no iba; además, por entonces yo hacía mis campañas publicitarias de Terry y después, la de Freixenet, que tuvo mucho éxito durante años.

¿Y Flash-Flash?
Lo hicimos en los años 70 Alfonso Milà y yo porque nos hacía mucha ilusión; íbamos a menudo a comer fuera, teníamos una gran afición por la gastronomía. Un día se me ocurrió la idea de las tortillas y Alfonso se animó y sin saberlo acabamos montando lo que nosotros queríamos que fuera un restaurante, un lugar con comida fresca y sin ruido, un sitio que solo cerraría un día al año, el día de Navidad. Y así sigue siendo; claro que esto comporta un servicio doble, es muy bonito pero también crea muchas responsabilidades.
Alfonso incluso tenía la obsesión de poner la cafetera fuera del comedor del restaurante para que no hiciera ruido, pero no pudo ser; y aún con el ruido de la cafetera, creo que es el local mejor insonorizado de Barcelona.

¿También le gusta cocinar?
Sí, aunque ya no cocino tanto; ayer hice 28 mutabal, pero no con berenjena, sino con las vainas de las habas, triturado con menta y aceite…

¿Y no ha pensado en abrir un restaurante ecológico?
Soy demasiado mayorcito, pero la madre de mis hijos, Karen Leiz, ha escrito un libro, Las verduras de muchas maneras, que ha salido hace muy poco y ya ha vendido 20.000 ejemplares [me lo enseña, tiene muchas recetas, suena muy interesante].
Yo escribí un libro, que está agotado, Comer es una fiesta, [me lo enseña, lo abro y se me abre por una página muy especial: pan con tomate y tortilla]. Bueno, yo, un día a la semana me premio con una cena de tres rebanadas de pan de molde, que froto generosamente con tomate por los dos lados, incluso rasco un poco la piel para aprovechar la pulpa, pongo aceite directamente con la botella, y una tortilla de un huevo; entonces me siento en esta mesita junto al paisaje de Urgell, y pienso si en ese momento puede haber alguien en el mundo que esté disfrutando más que yo.… También escribí un libro del pan con tomate, Teoria i pràctica del pa amb tomàquet (Teoría y práctica del pan con tomate), ¡poca broma!, ¿eh?, ilustrado por mi hija, que es pintora.

¿Cómo decidió hacerse fotógrafo?
Me lo han preguntado a veces y nunca he sabido qué decir. Yo dibujaba mejor que los niños de mi clase y esto me llevó hacia el teatro y el cine; para mí era como imaginar un mundo y poder tenerlo en la mano, igual que cuando te gusta una chica y puedes hacerle una foto y tenerla.

Se dice de usted que es buen fotógrafo en todos los géneros ¿Todavía sigue fotografiando?
Sí, pero no tanto, siempre llevo una pequeña cámara digital, ¡pero es tan fácil! disparas y ya está, es como una falta de
respeto… El retrato me gusta mucho, pero el retratado tiene miedo a cómo va a salir en la foto, todo el mundo quiere
salir guapo, y el fotógrafo lo pasa mal; en el retrato se pueden captar los miedos, las contradicciones… el retratado puede vampirizar al fotógrafo, pero si conectan, se compensan todos los miedos, todas las contradicciones.

¿Ha hecho intercambios de obras con algún artista?
Dos de los retratos más bien pagados de mi vida son estos dos cuadros [señala uno de Saura y una arpillera de Millares de formato grande]; he cambiado algunas fotos y también he comprado algunos cuadros de manera compulsiva, porque me gustaban mucho en ese momento…
El buen coleccionista no mira cuánto se revalorizará lo que compra. Pero yo no he pretendido hacer una colección, me falta espacio.

[Al final de la entrevista, Leopoldo Pomés me invita a degustar su mutabal y lo tomamos con tostaditas] ¡Está exquisito! [y le pido la receta, claro].
Sí, está exquisito… ¿ves?, ¡esto es cocina!, que se note que la persona invitada disfruta con la comida que has hecho.

FELIZ CONCIDENCIA
“Dau al Set fue determinante, y surgió de una coincidencia –explica Leopoldo Pomés– en un espacio muy delimitado de Barcelona, entre las calles Balmes y Muntaner, vivíamos todos: Ponç, Cuixart, Tàpies, Brossa y yo. Yo iba a ver a menudo exposiciones y descubrí la obra de Tàpies, que me impactó; una noche, al regresar a casa, fui al bar Mirasol y me encontré con un chico muy simpático, que me dijo: «Pomés, ¿qué te pasa?, te veo muy serio», le conté que había visto una película que me había impresionado mucho, Milagro en Milán, de Vittorio de Sica, y que estaba reflexionando sobre eso. Me escuchó Cuixart, que estaba por allí, y se acercó a nosotros para intervenir en la charla. ¡Así entré en el grupo!. Cuixart me presentó a su primo Tàpies,… yo no podía creer tanta felicidad; ellos tenían unos diez años más que yo y les hacía gracia un chico joven como yo que hacía fotos.
Brossa venía cada día a mi casa, hablábamos, me leía poesía, y como mi padre tenía un equipo de música muy bueno escuchábamos música… los preludios de Wagner……Lohengrin, Siegfried, Tannhauser… ¡siempre los preludios!, y Brossa silbaba; lo hacía de una manera muy especial, se distinguía la cuerda del metal.

Marga Perera