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Inicio » Archivo » Alan Glass: El niño que nació surrealista

Alan Glass

Alan Glass (Montreal, 1932) siente que nació surrealista, aunque se reafirmó en ello cuando conoció a André Breton en París, donde vivió durante diez años en los 50, hasta que un sobresaliente descubrimiento le llevó a México en 1962, donde reside todavía.
Extraordinariamente sensible, sigue maravillándose con las cosas cotidianas, con asociaciones y coincidencias significativas, que eleva a objetos de arte. No da entrevistas ni escribe textos, solo pinta y construye sus cajas con objetos encontrados por los que ha sentido una atracción especial.
Se reconoce muy tímido, pero ha sido un placer hablar con él; simpático y sonriente, habla de su relación con el surrealismo, de su espíritu surrealista y de sus amigos artistas.

¿Recuerda su primera experiencia con el surrealismo?
Yo creo que mi primer recuerdo fue el día en que nací, y creo que si soy surrealista es porque este es mi estado nativo; yo nací surrealista, y mi manera de percibir las cosas desde niño me permitió serlo.
Creo que todos los niños, antes de que les manden a la escuela, tienen una visión surrealista de las cosas, una capacidad de maravillarse, de hacer asociaciones… pero más tarde, con la educación, nos quitan todo eso.

¿Cuándo y por qué decidió convertirse en artista?
No fue una decisión mía, fue algo natural; dibujaba de niño y era muy sensible a los objetos y, especialmente, a la naturaleza.

¿Cómo surge la idea de construir objetos? En sus cajas-objeto aparecen personajes como la reina Isabel I y el rey Luis II de Baviera, castillos de hielo, el mar, el cielo y el universo… ¿Hay un mensaje implícito?
Me fascinaban las cajas de perfumes y nombres de estos productos, las cajas de puros… me sentía maravillado por toda esta estética de los años 30, antes de la guerra. La reina Isabel I y el rey Luis II de Baviera eran como trampolines para mi imaginación, pero ignoro si hay algún mensaje implícito.

Háblenos de la importancia del dibujo para usted…
Viví en París, en Montmartre, en los años 50, pero no queda nada o muy pocos de los dibujos que realicé durante esa época.
Fui a París cuando tenía 20 años y me quedé allí hasta los 30, y luego vine a México. Esos dibujos los hice cuando trabajaba en un club nocturno de jazz, una “cave” de la época existencialista en Saint Germain des Prés, por donde pasaban los artistas más famosos. ¡Todo París iba allí! Yo estaba en la entrada en una mesita, mientras iba dibujando, y tenía que decidir quién entraba y quién no.
Como era muy distraído en algunas ocasiones no dejé entrar a celebridades como Charlie Chaplin o el Príncipe de Mónaco.
Recuerdo que entre los famosos, algunos eran simpatiquísimos, como la actriz Jeanne Moreau.

¿Y no le despidieron por no haber reconocido al Príncipe de Mónaco?
Bueno, no me despidieron… pero cuando la dueña se dio cuenta me invitó a quedarme un tiempo o marcharme al día siguiente. Al Príncipe de Mónaco no le reconocí durante tres días seguidos [recuerda sonriendo] y no le dejé entrar. Naturalmente, decidí irme al día siguiente, pero estuve tres años trabajando allí.

¿Qué recuerda de aquella primera exposición individual organizada por André Breton y Benjamin Péret?
Yo vivía en una buhardilla en Montmartre, y un día llamaron a la puerta dos surrealistas que exponían en la galería Étoile Scellée; venían para ver mis dibujos e insistieron en que también los viera André Breton; curiosamente, Breton no vivía lejos de mi casa, solo a dos manzanas, en la rue Fontaine. Contrariamente a lo que dicen, de que Breton era un hombre inaccesible, lo que yo vi en él fue un hombre impresionante, lo más accesible del mundo, y junto con su esposa, Elisa, que era chilena, se pusieron a mirar los dibujos y propusieron una exposición a cargo de Péret.               La noche de la inauguración Roberto Matta me compró un dibujo, y esa misma noche Breton me invitó a participar en las reuniones surrealistas, pero asistí poco porque yo era muy tímido.
Con la hija de André Breton, Aube, que ahora va a exponer en la Galerie 1900-2000 de París, sigo manteniendo una gran amistad.

¿Breton era tan petulante como se decía?
Yo no sentí que lo fuera; otros intelectuales lo eran mucho más que él. Él nunca aceptó ningún premio ni distinción, en eso fue excepcional, y fue un gran poeta y muy intransigente en su posición política. Yo lo veía de vez en cuando con Aube, y siempre me llamaba cher ami, aunque no creo que me considerara amigo, pero era muy educado y sensible, y a las mujeres las saludaba besándoles la mano… era un hombre de una gran sensibilidad y refinamiento.

Durante su estancia en París conoció a grandes figuras del mundo del arte, ¿quiénes le impresionaron más, y por qué? ¿Qué le aportó París a su crecimiento como artista?
En París conocí a Breton, Péret, Victor Brauner, Toyen, Matta, Giacometti y pintores expresionistas abstractos, como Joane Mitchel, Sam Francis y Jean-Paul Riopelle… para mí fueron años de formación, muy importantes en la vida de un joven ávido de todo lo que podía ver y conocer en la Rive Gauche; recuerdo que en la Galerie Le Bateau-Lavoir, que llevaba el mismo nombre que la casa donde vivió Picasso, descubrí a Charles Feligier, un pintor que yo no conocía, que estuvo muy próximo a Gauguin; también me impresionaron mucho Wols y los pequeños cuadros del minero Joseph Crépin, era un momento en que el surrealismo ya no tenía tanto impacto, ya que había sido sustituido por la pintura abstracta.

¿Están perdidas la mayor parte de sus obras de este periodo?
¡Ah! Esto fue la cosa más triste de mi vida, porque al dejar París, antes de ir a México, pasé por Canadá y dejé dos portfolios con una amiga que yo creía de absoluta confianza, pero nunca pude recuperarlos, luego ella murió y creo que las obras fueron destruidas.

¿Por qué se instaló en México en 1962?
¡Eso fue maravilloso! Un día fui a visitar a Aube y al llegar a su casa vi una calavera de azúcar y me quedé maravillado, brillaba, me atraía mucho, y le pregunté de dónde venía este objeto; me dijo que se la habían regalado a su padre y que provenía de México. Es un objeto popular en México que se hace por el Día de Todos los Santos, en noviembre; se hacen con azúcar con un molde en forma de calavera y lo adornan con perlitas y brillantes, ponen el nombre de la persona y lo venden en las pastelerías. Sentí entonces que quería vivir en un país que creaba objetos así; podría parecer una motivación modesta, pero para mí fue algo muy intenso.

Este cambio de escenario ¿afectó a su obra?
Más que cambio fue una continuación; el país era muy propicio a los pintores, México era el París de Sudamérica. Estaban los grandes artistas que habían llegado de Europa, recuerdo a Alice Rahon, Paalen, Leonora Carrington, Péret, y Breton, que en el 38 hizo el manifiesto Por un arte revolucionario independiente con Trotsky y Rivera.
Como México era un país surrealista, todo era posible y recuerdo un objeto que hizo Paalen, que me parece uno de los más extraordinarios objetos surrealistas; Paalen reconstituyó la figura de la pistola rellenando el hueco de la caja con huesecillos; con el título, El genio de la especie, me pareció absolutamente genial y trascendental.

¿Cómo nace su vinculación con el movimiento de la Ruptura? ¿Qué podría contarnos de su amistad con Alejandro Jodorowsky?
Cuando llegué a México, fui a casa de Alejandro y su esposa Denise y al día siguiente me llevaron a la casa de Leonora y todos fuimos a Xochimilco, la Venecia mexicana, y así empezó una amistad que duró 50 años, y gracias a ellos conocí a todos: Manuel Felgueres, Lilia Carrillo, Pedro Friedeberg, Fernando García Ponce y los demás artistas de la Ruptura.

Usted ha dicho: ‘’Alerta, cuidado, porque el virus del surrealismo regresa y está más fuerte que nunca”. ¿Dónde percibe este regreso?
Lo percibo en el sentido del humor y la magia, que no creo que se puedan ignorar; es como un virus que siempre va a volver, no como el surrealismo ortodoxo, claro. De repente, uno piensa en algo y se olvida de quién lo dijo, no sabemos si lo pensamos nosotros o es una idea de otro, pero en cualquier caso, esto es simpático. Yo nunca fui oficialmente surrealista, era joven y quería explorar las cosas a mi manera. A lo mejor por eso fui surrealista.

Háblenos de su colección…
Decir colección es mucho decir porque, en realidad, son cosas que he encontrado por la calle, en los mercadillos, cosas que elijo para utilizar luego en mis obras. Todo viene por la atracción hacia los objetos, el diálogo entre objetos… son objetos encontrados que voy guardando y al cabo de los años cuando los vuelvo a ver en sus cajas me sorprenden de nuevo. Le contaré algo que sucedió en 1996, en México, cuando celebrábamos el centenario del nacimiento de André Breton. De un día para otro apareció un mercadillo cerca de mi casa; estuve rebuscando y descubrí un objeto que era ¡exactamente la réplica del guante de bronce de Nadja que había pertenecido a André Breton!; este guante, el que apareció en México, forma parte de una de mis “cajas”. Esto lo explica muy bien Gloria F. Orenstein en su artículo La vida secreta del guante de bronce. [ver recuadro]

¿Cómo surge la idea de incluir lo coleccionado en sus obras?
Es muy difícil de explicar; podría expresarlo con una frase de André Breton: “la inteligencia clarividente de la vida”, como explicación dice mucho en pocas palabras.

La vida secreta del guante de bronce
“Allí, en la misma avenida Alvaro Obregón, cerca de su casa de la calle Tabasco y de la fuente (que le recordaba la del calendario), acababa de instalarse un nuevo bazar… Le pareció milagroso que éste se encontrara a pocos pasos de su casa. De hecho, se inauguraba aquel día y duraría sólo dos fines de semana. Se sintió obligado a visitarlo y, quizás, hallar alguna pieza rara para colocarla en una de sus “cajas”. Mientras escarbaba en un montón de hierros viejos, se sintió atraído por un objeto brillante que parecía hacerle una señal. No obstante su prisa, ya que no tenía mucho tiempo, logró extraer un objeto brillante que resultó ser, nada menos, un guante de bronce. El vendedor estaba
tan divertido por el entusiasmo de Alan que le perdonó todos los rituales del regateo, así que rápidamente el guante pasó al bolso del artista, y Alan, orgulloso por el tesoro adquirido, se dirigió a su cita con el médico. De regreso a su casa, Alan, después de contemplar su adquisición, sintió que había algo familiar en ese Guante de Bronce. El examen minucioso de ese objeto tan singular, le daba una impresión de déjá vu. Sin embargo, fue dos días más tarde cuando Alan se acordó de haber visto la fotografía de un guante idéntico en el libro de André Bretón, Nadja. Una voz interior
trataba de convencerlo de que era imposible que ese guante fuera el de Nadja, ya que estaba en México y no en Francia, y además era 1996. Alan, amigo de la hija de Breton, Aube Elléouet, la llamó por teléfono para contarle su extraordinario hallazgo. Así supo que Aube tenía el original del Guante de Bronce, que todavía se encontraba en el estudio de su padre. Cuando más tarde Alan mostró a Aube la fotografía del guante hallado en México, ella pudo identificarlo como la réplica exacta del Guante de Bronce que había pertenecido a su padre. Ese guante recientemente se expuso en el Museo Beaubourg de París. El otro Guante de Bronce, el gemelo, está ahora en México y se encuentra en una de las “cajas” de Alan Glass, al lado de otros elementos simbólicos asociados a ese
acontecimiento mágico mexicano. La caja pertenece a la colección del artista, en México”. [Gloria F. Orenstein]

Su gran amiga
“Leonora Carrington y yo fuimos grandes amigos –nos cuenta Glass- ella decía «veo a mucha gente, pero tú eres el gran amigo». Nos veíamos cada semana, viajamos juntos a Canadá, a Nueva York… Ella siempre estaba de buen humor, percibía la magia en todo, nos reíamos mucho y nunca hablábamos de arte.
Recuerdo que un día regresábamos de las afueras de Nueva York, donde habíamos ido a visitar a unos tibetanos que habíamos conocido, hacía un frío gélido, y subimos a su taller de la Calle 26 y de repente oímos el tañido de una campana; le dije que me recordaba el entierro de mi abuela, que cuando entrábamos al cementerio también tañía una campana, y en ese instante, sonó el teléfono y le dijeron que su hermano había muerto. A su lado siempre se producían este tipo de coincidencias. También era curioso que detestara los aviones; una vez, en los años 60, en medio de un vuelo, el piloto le preguntó afable si se encontraba a gusto, ella le dijo que no, que prefería viajar en Greyhound, la línea de autobuses llamada como los galgos. Naturalmente, el piloto se fue ofendido a saludar a otros pasajeros.”

Marga Perera