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Inicio » Archivo » El inmarcesible legado de Zurbarán

El Museo Thyssen-Bornemisza presenta la exposición Zurbarán: una nueva mirada, que plantea una revisión actualizada de la obra de este gran maestro del Siglo de Oro español desde la perspectiva de los descubrimientos y estudios realizados en las últimas décadas, que han venido a enriquecer el conocimiento del artista y de su trabajo. Sesenta y tres obras, en su mayoría de gran formato, se presentan distribuidas en siete salas, siguiendo un orden cronológico y atendiendo también a la naturaleza del encargo por el que fueron ejecutadas. El visitante encontrará espacios dedicados a las grandes comisiones de las comunidades religiosas junto a otros donde se contemplarán obras individuales destinadas a la devoción privada, incluyendo dos salas dedicadas a los bodegones y a los artistas que colaboraron en su taller.

Hijo de un comerciante acomodado, Francisco de Zurbarán nació en Fuente de Cantos (Badajoz) en 1598 y fue el menor de cinco hermanos varones. Se formó en la cercana Sevilla, en el taller de Pedro Díaz de Villanueva, donde está documentado en enero de 1614. Concluido su aprendizaje, contrae matrimonio con María Páez en 1617, en Llerena, con 19 años de edad. Con ella tuvo tres hijos, entre ellos Juan, futuro pintor y colaborador. Zurbarán se casó en dos ocasiones más, con Beatriz de Morales en 1625 y con Leonor de Tordera en 1644. Sus primeros encargos llegarían del entorno más inmediato, hasta que en 1626 firma un contrato para realizar 21 pinturas para los dominicos de San Pablo el Real de Sevilla. Esta tarea, con escenas de su fundador y que se comprometió a realizar en ocho meses, le abrió las puertas de la ciudad. Logró así nuevos encargos, como el del convento de la Merced Calzada, un conjunto dedicado a san Pedro Nolasco al que estaba destinado la que se considera una de sus obras maestras de juventud, el San Serapio (1628) del Wadsworth Atheneum de Hartford, una de las piezas destacadas de esta exposición y solo expuesta en España en una ocasión hace más de cincuenta años. En 1629, Zurbarán se instaló con su familia y ayudantes en Sevilla; ahí continuó trabajando en grandes conjuntos solicitados por diferentes órdenes religiosas. En 1634 su reputación y su amistad con Velázquez le brindaron la oportunidad de liberarse de la tutela de su clientela monástica y colaborar en la mayor empresa madrileña de la época: la decoración del Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro. Zurbarán se traslada por un tiempo a la capital, donde pinta dos grandes cuadros de historia con el tema del Socorro de Cádiz y una serie sobre los trabajos de Hércules cuyo tratamiento, muy realista, sorprende todavía hoy.

De regreso a Sevilla, realizó dos de sus series más importantes: el retablo mayor para la cartuja de Jerez (Cádiz), desmembrado a principios del siglo XIX, y el conjunto del monasterio de Guadalupe (Cáceres), único encargo que ha permanecido in situ hasta la actualidad. Los grandes ciclos monásticos de 1638 y 1639 marcan el apogeo de su carrera. La adoración de los Magos (c.1638-1639) procedente del Musée de Grenoble o El Martirio de Santiago del Museo del Prado son dos de los magníficos ejemplos reunidos para esta ocasión. Tanto el maestro como el taller se interesaron por el mercado americano, especialmente de Lima y Buenos Aires, hacia donde embarcaron pinturas destinadas a iglesias y monasterios. A partir de 1640, su taller se centra en importantes series de personajes de pie, iniciadas con Los Apóstoles de Lisboa (1633) y con frecuencia destinadas al mercado colonial.

El estilo de Zurbarán empezó a cambiar hacia 1650, cuando su pincelada se torna más suave, los efectos lumínicos se moderan, los fondos se vuelven más claros y las tonalidades de sus figuras se hacen mucho más luminosas. De esta etapa son los óleos de la Cartuja de las Cuevas de Sevilla y gran número de escenas sagradas destinadas a la devoción privada. La belleza de su estilo tardío muestra una evolución de su pintura hacia unas cotas mayores de dulzura y refinamiento. Incluso antes que Murillo, Zurbarán se hace eco también con gran naturalidad de la renovación que introduce la Reforma Católica. Su entrañable mirada sobre la infancia se expresa en imágenes de la Virgen niña y en sus jovencísimas representaciones de la Inmaculada, devoción nueva de la que Sevilla se convierte en adalid.

Santa Casilda, Zurbaran
Santa Casilda, Zurbarán,
Museo Thyssen-Bornemisza