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Inicio » Archivo » En los dominios de la fantasía. La Colección de Kendra y Allan Daniel

En una encantadora residencia campestre de tres plantas, situada al norte del George Washington Bridge, en el Estado de Nueva Jersey, residen Kendra y Allan Daniel, una pareja de conspicuos coleccionistas especializados en Folk Art americano, joyas de Yves Saint-Laurent e ilustraciones originales para niños. Parte de su colección infantil fue dispersada el pasado 11 de abril, en Sotheby’s Nueva York, recaudando casi un millón de euros; el lote estelar fue una entrañable escena dibujada por Jessie Willcox Smith (Como trabajan las abejitas) que alcanzó los 271.000 euros.
La Edad de Oro de la Ilustración tuvo lugar a finales del siglo XIX y principios del XX. Los avances en la tecnología de impresión y reproducción fotográfica hicieron que casi cualquier medio pudiera ser reproducido con exactitud, atrayendo a talentosos ilustradores infantiles. Sólo recientemente la ilustración infantil ha conseguido un justo reconocimiento como arte.
Kendra y Allan Daniel han estado a la vanguardia de esta nueva apreciación: “Me reconforta que mi interés por las ilustraciones originales haya servido para legitimar un tipo de arte que hasta ahora nadie había tomado realmente en serio. ¿Qué dibujos busco? Los que ‘hacen cosquillas’ a la imaginación y son estéticamente agradables”, nos cuenta entusiasmada Kendra, “De niña, me interesaban las cosas artísticas y, cuando me hice mayor me convertí en pintora y diseñadora. Cuando era pequeña amaba los libros y mis historias favoritas eran las de Hans Christian Andersen y los cuentos de Betsy-Tacy que escribió Maud Hart Lovelace”.
Los trece libros de la pizpireta Betsy-Tacy se publicaron entre 1940 y 1955, y debido a su enorme popularidad fueron reeditados en los años 90. Sus historias se ambientaban a principios del siglo XX en la aldea de Mankato (Minnesota) y contaban cotidianas historias que ensalzaban las tradiciones familiares y las amistades imperecederas, logrando cautivar a los lectores más jóvenes durante más de sesenta años.
“Las primeras acuarelas sobre hadas que compré eran del neozelandés Harold Gaze (1885-1962), uno de los ilustradores australianos con más fantasía” relata Kendra. Gaze escribió e ilustró nueve cuentos infantiles, entre ellos, su conocido Si pudiera volar (1917). En un género tradicionalmente dominado por las mujeres, se convirtió en el ilustrador más apreciado. En 1930 le conocían por el apelativo de “El hombre burbuja” por el éxito de sus exposiciones de acuarelas fantásticas celebradas en Los Ángeles.
Popularmente conocida por sus portadas para el semanario La buena ama de casa, que diseñó entre 1917 y 1933, Jessie Willcox Smith ha pasado a la posteridad por sus doce ilustraciones para el famoso cuento infantil Los niños del agua de Charles Kingsley (1916). A su muerte, donó sus originales a la Biblioteca del Congreso, al Gabinete de Ilustración Americana, y apenas una decena de sus ilustraciones se conservan en manos privadas. Los Daniel son los afortunados propietarios de algunas de las más hermosas. Una ilustración original que Willcox Smith realizó para Los niños y niñas del país de los libros, ocupa un lugar preferente en su dormitorio. Fue el regalo de bodas que le hizo Allan. El cuarto de invitados lo preside una mini-colección de docenas de dibujos sobre hadas pintados en Inglaterra en el siglo XIX.
“La gente colecciona por todo tipo de razones, dice Kendra, están quienes lo hacen guiándose solo por un planteamiento estético-visual, buscando continuamente objetos que estimulen sus ojos. ¡La idea de querer no sólo contemplar una obra de arte, sino también poseerla, es algo esotérico!.”
Dado que los Daniel se consideran coleccionistas de arte, y no de libros, lo que les cautiva es la belleza del dibujo en sí más que un personaje concreto. “Aún así, uno no puede evitar adorar a Winnie the Pooh y todos los dibujos de E.H Shepard. Ni olvidar a Madeline, el maravilloso personaje inventado por Ludwig Bemelmans”.
Nacido en el Tirol austríaco en 1898, y emigrado a los Estados Unidos al estallar la Primera Guerra Mundial, Ludwig Bemelmans se consideraba un ilustrador por encima de todo, aunque más adelante alcanzara reconocimiento como pintor con obras en el Metropolitan Museum de Nueva York y el Museé National d’Art de París. El artista, que está enterrado en el Cementerio Nacional de Arlington, reservado a los héroes de guerra y grandes personalidades, fue muy cuidadoso de no subestimar a su joven público: “Escribimos para niños, pero no para idiotas” decía.
Publicado por primera vez en 1939, Madeline y sus cinco secuelas se han convertido en un clásico, dando lugar a juguetes, muñecas, y hasta una película. La pequeña Madeline (“¡No tengo miedo a nada!” era su lema) ataviada con su abriguito y sombrero marinero, impetuosa, encantadora, incorregible, traviesa, y precoz, conquistó el corazón de los lectores durante más de medio siglo.
Todas las colecciones de los Daniel comparten un hilo común: la imaginación. “Lo que nos emociona es la posibilidad de viajar con la mirada a países ficticios, como el de las hadas, que no pueden verse en el mundo cotidiano”. Coleccionar con otra persona puede resultar engorroso a la hora de decidir. “Nosotros no coincidimos al cien por cien, claro. Pero hablamos las cosas y si uno siente mucho rechazo, o atracción, hacia algo, lo tenemos en cuenta en nuestra decisión final. Coleccionar con mi marido me ha proporcionado experiencias inusuales y excitantes; ha sido más gratificante que hacerlo en solitario. Además es muy raro que nos arrepintamos de una adquisición. Normalmente de lo que nos lamentamos es de que se nos haya escapado algo!” dice riendo Kendra. Desde su condición pionera como coleccionistas de ilustración infantil, los Daniel reconocen que en estos últimos veinte años el mercado ha crecido notablemente “¡Pero eso es bueno!”, apuntan, “los dibujos originales infantiles atraen a un público cada vez más amplio, y las rarezas y obras más antiguas, han aumentado de valor. Pero lo único que suele inquietarnos de verdad es que el teléfono no suene después de una subasta, ¡especialmente cuando estás pujando desde el otro lado del océano!.”

El gran favorito
Kay Nielsen (1886-1957) fue un ilustrador danés muy popular a principios del siglo XX. Nielsen se unió al equipo de los ilustradores Arthur Rackham y Edmund Dulac y disfrutó de la bonanza que vivía la literatura infantil en los albores del siglo XX. Esta moda duró hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el negocio editorial infantil se desplomó.
Muy influido por los estilos de Beardsley y Burne-Jones, y el arte japonés en boga en Occidente en aquel momento, estaba también en deuda con John Bauer, el gran ilustrador de cuentos de hadas. Invitado por Max Reinhardt a Hollywood en 1936, Nielsen se trasladó con su esposa a California donde decidió probar suerte en las películas animadas. Entró a trabajar en la compañía Walt Disney Productions, diseñando varias escenas para la película Fantasía y haciendo algunos dibujos para una versión de La sirenita, que tardó casi cincuenta años en ser estrenada.
Nielsen es la gran debilidad de los Daniel, del que atesoran cerca de setenta trabajos. “Cuando compré mi primera ilustración suya, sencillamente, ¡me enamoré!”, evoca Kendra, “Sus figuras estilizadas, alargadas y elegantes, y la extraña atmósfera, como de otro mundo, que impregna sus obras me resultaba enigmática y, por tanto, muy interesante. Sus acuarelas te trasladan a reinos invisibles y te traen la magia de los cuentos de hadas.”

Era una noche de tormenta…
“Nuestra vida se ha convertido en una constante caza del tesoro. Hemos comprado en ventas privadas, en subastas, a otros marchantes y, a veces, incluso, nos hemos “tropezado” con los objetos.
Recuerdo una vez que Allan salió de casa en medio de un virulento temporal de nieve para pujar por un cuadro en una subasta. Por la noche, al regresar a casa, era el único conductor que había en la carretera. El vendaval era terrible, ¡pero nada podía disuadirle de asistir!” recuerda Kendra.

¡A jugar!
“¡Los juguetes antiguos siguen fascinándome, proclama Kendra, tengo, por ejemplo, preciosos juguetes hechos en papel maché confeccionados en Alemania y Francia entre 1890 y 1910. ¡Son una rareza!. Pero sobre todo estoy orgullosa de mi maravillosa colección de bolos antiguos. De hecho sigo comprando cuando surgen nuevas oportunidades. Los juegos de bolos están compuestos, normalmente, de nueve figuras-bolos en forma de animales, indios, payasos, etc, pintadas de colores brillantes y metidas en un estuche de fantasía. Este tipo de bolos se usaban para jugar sobre las alfombras. ¡Hasta ahora he logrado reunir 16 juegos completos!.”

YSL, ma passion
“Nunca me han interesado las típicas joyas (es decir, las piedras preciosas), lo que me cautiva es la alegre falta de pretensión y los diseños poderosos de la joyería de fantasía. Muchas veces son piezas diseñadas por artistas y eso se nota en su estilo que tiene gran personalidad”, nos cuenta la coleccionista.
La sensacional colección de joyas de Kendra incluye alhajas datadas entre 1962 y 2002. Hizo su primera adquisición en 1988, era una pareja de pendientes en forma de paloma de la colección Braque, pero su gran pasión son las alucinantes creaciones del genial modisto Yves Saint-Laurent. “YSL me ha fascinado desde siempre. Empecé a seguir su carrera cuando yo era adolescente, y fui testigo de como aquel creador tímido al que llamaban ‘el cervatillo’, se convertía en el rey de la moda. YSL tenía poesía, visión, magia y misterio. Su sensibilidad ha inspirado mi vida. Trabajando con artesanos muy diferentes lograba piezas únicas. Me divierte la manera en que mezcla conchas, madera, porcelana, corcho, tela, cristal, plumas, pasamanería y strass”, explica Kendra. Aunque no buscamos deliberadamente que tengan una procedencia especial -cuando compramos joyas, igual que cuando son obras de arte, valoramos estrictamente la estética- sin embargo, admito que es muy agradable asociar las joyas con sus anteriores propietarias. La actriz Catherine Deneuve fue la musa más célebre de YSL y yo poseo varias joyas que le pertenecieron, como un brazalete diseñado especialmente para ella. También tengo cosas de algunas de sus mejores clientas, mujeres de la alta sociedad como Nan Kempner y Madame de Neuville. He llegado a reunir más de 2.000 joyas ¡y me las pongo todas!. Soy de la opinión de que las joyas reviven cuando te las pones. Prefiero siempre las más grandes, las más audaces, busco estilos espectaculares, a menudo étnicos. ¡Me anima el día ponerme un gran par de pendientes!.

La colección de Folk Art
Allan Daniel estudió en la Wharton School, y trabajó en publicidad y en la industria textil, pero le interesaba más el arte que los negocios. Un día, descubrió la manera de combinar ambos: “En la década de 1960, compré una granja en la zona rural de Massachusetts y descubrí las subastas locales. Como necesitaba amueblar mi casa del siglo XVIII, quería comprar cosas que no fueran demasiado caras. Conseguí adjudicarme por solo 1 dólar una preciosa cama antigua de latón. Me la llevé a Nueva York y ¡la revendí por 100 dólares!. Entonces se me ocurrió una idea. ¿Por qué no montar mi propia tienda?. La gente de la capital acudiría atraída por el encanto de las piezas inusuales y podrían revenderlas obteniendo un beneficio.” Así fue como empezó su carrera como anticuario especializado en Folk Art. Ahora, ya retirado, es miembro del Patronato del American Folk Museum. “El éxito de Allan, dice su esposa, es que vendía lo que le apasionaba” “La mayoría de los anticuarios de mi especialidad terminan convirtiéndose en coleccionistas – nos cuenta- Después de todo, resulta complicado desprenderse de algo que amas. Una de mis mejores adquisiciones ha sido el retrato de una niña con gato, una obra del pintor americano Ammi Philips (1788-1865). Ha supuesto un gran desembolso económico, pero lo contemplamos cada día con placer y nunca he lamentado el gasto.” Phillips, uno de los grandes pintores naïf del siglo XIX, fue totalmente autodidacta. El servicio postal de Estados Unidos emitió una serie de sellos conmemorativos sobre su obra en 1998. En 2001, los Daniel sacaron a la venta en Christie’s 541 lotes de su colección de Folk Art, quedándose con su curiosa colección de veletas, su especialidad, y la de esculturas de caballos (“Somos grandes amantes de los animales. De hecho, siempre bromeo diciendo que gobierna mi vida una triple A: Allan, los animales, y el arte …¡y tengo que ir con mucho cuidado de no alterar el orden!” bromea Kendra). Allan se refiere a Jean Lipman, coleccionista y editor de la revista Art in America, como la persona que le abrió los ojos a las conexiones entre el arte popular y el arte moderno. “Cuando empecé en el negocio, visité muchas tiendas y ferias de antigüedades. Poco a poco adiestré mi ojo a la mejor calidad. Me cautivaron la veletas, por su evidente carácter escultórico, especialmente aquellas que tenían una pátina antigua ya desgastada. También descubrí retratos de gente anónima que habían sido pintados por artistas ambulantes en el segundo cuarto del siglo XIX. Me parecía especialmente sugerente la manera de mirar que tenía la gente entonces y también la forma en que se veían a sí mismos. Aquellas pinturas hechas por artistas sin ninguna formación académica entroncaban con el arte primitivo. Hay una vitalidad y fuerza en las obras que provienen del inconsciente, sin interferencias de lo aprendido, que es particularmente emocionante.”

Vanessa García-Osuna
Fotos: Gavin Ashworth

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