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Inicio » Entrevista » Andrew Renton: “Me asombra que el arte siga sorprendiendo”

Influyente comisario, profesor del Goldsmiths College de Londres y director de la galería Marlborough Contemporary, Andrew Renton es un guía de excepción por el arte actual.

Han pasado casi siete décadas desde que inaugurara en Londres la primera galería Marlborough, que ahora cuenta con sucursales en Madrid, Barcelona, Montecarlo, Santiago de Chile, y Nueva York (con dos espacios). La prestigiosa firma ha representado a algunos de los nombres más importantes de la reciente historia del arte, como Oskar Kokoschka, Kurt Schwitters, Francis Bacon, Frank Auerbach y Paula Rego. Marlborough Contemporary, la última incorporación a la red, abrió en octubre de 2012 con una refrescante selección de nuevos artistas que eran la apuesta más personal de Andrew Renton, antiguo profesor del prestigioso Goldsmiths College y el hombre que está detrás de algunas de las mejores colecciones de arte contemporáneo de Europa.

¿Cuál fue su primera experiencia memorable con el arte?
Fui un adolescente difícil, solitario, y solía pasar mis ratos libres en la Tate tratando de entender lo que veía. Recuerdo que escribí mi primera crítica de arte para el periódico escolar de Manchester cuando tenía unos 14 años. Había una exposición de Giacometti en un museo cercano a mi escuela, y me escabullí a la hora de comer para ir a verla. Una de las esculturas, Hombre que camina II, me conmovió profundamente. Pero lo que me resultó más revelador fue reencontrarme con esa misma escultura, tal vez un año después, en otro museo. Comprendí entonces que las obras de arte podían llegar a convertirse casi en tus amigas, y que podrías disfrutar con ellas de una relación que fuera evolucionando con el tiempo.

¿Cómo comenzó como galerista?
Lo mejor a menudo sucede sin planearlo. Siempre quise estudiar arte, pero no me aceptaron en la facultad por lo que empecé a escribir por mi cuenta, y poco a poco fui implicándome a un nivel más profesional mientras hacía el doctorado. Entonces alguien me pidió que comisariara una muestra, luego otra, y mas tarde otra. Esto ocurría en la época de las primeras exposiciones de los YBA (siglas en inglés del grupo Jóvenes Artistas Británicos), así que fui afortunado. En aquel momento sucedían cosas asombrosas en Londres casi cada semana.

Paulatinamente hacer comisariados fue cogiendo peso en mi vida y acabé dirigiendo el programa de Comisariado del Goldsmiths College durante más de una década, aunque el compromiso inicial era por un año. Esto fue relevante no sólo por el deseo de establecer el comisariado como una disciplina académica, como una práctica legítima, pero también porque Goldsmiths siempre había estado muy cerca de mi corazón. Muchos de los artistas con los que he trabajado habían estudiado allí. En paralelo a mi carrera académica, trabajé como comisario independiente durante 20 años, y siempre asumí que éste sería el modo en que me ganaría la vida. He realizado infinidad de proyectos, desde la primera Manifesta a exposiciones en un pequeño cuartito. En los 90 dirigí un modesto espacio en Londres llamado Cleveland, pero nunca me imaginé llevando una galería. Cuando empecé a reflexionar sobre el tema, me di cuenta de que lo más apasionante de dirigir una galería sería la posibilidad de entablar un diálogo constante con aquellos artistas con quienes había trabajado durante años. Eso fue lo que me terminó de convencer. Durante años me había dedicado a asesorar a coleccionistas, por lo que tenía conocimientos del mercado. Por ejemplo, fui el conservador durante más de una década de la Colección Cranford, una de las colecciones de arte contemporáneo más grandes del Reino Unido, que, por cierto, mostró una pequeña selección de sus fondos el año pasado en la Fundación Banco Santander de Madrid. [Nuestra revista publicó una amplia entrevista con los coleccionistas Muriel y Freddy Salem en marzo de 2013]

¿Recuerda su primera exposición como comisario? ¿Ha evolucionado el papel del comisario desde entonces?
En 1991 hice una exposición bautizada como Show Hide Show, en una galería fantástica llamada Anderson O’Day. Creo que fue la vez que Jake Chapman (en aquella época sin Dino) exponía en una galería y también Sam Taylor-Wood. Londres era un lugar diferente en aquel tiempo y que una galería se atreviera a exponer una propuesta tan novedosa exigía mucha valentía. Eran artistas recién graduados, y todos sentíamos que algo flotaba en el aire. Todos ellos siguieron haciendo grandes cosas en sus carreras. ¡Y sí, comisariar ha cambiado radicalmente! Ante todo, ahora constituye una práctica reconocida – la de comisario independiente. Sin embargo, una parte de mí se siente un poco triste porque ahora enseñamos a comisariar en clase mientras que mi generación lo descubrió por casualidad. Ahora somos más conscientes del acto de comisariar. Puede valorarse de distintas formas pero ya no es una parte invisible de la exposición. Yo no lo veo como la fabricación de una exposición, sino como un proceso, una práctica, la aventura de explorar ideas con los artistas, con el tiempo.

¿Como galerista y comisario, ¿ve movimientos interesantes, artística y comercialmente?
Lo más asombroso, pienso, es que el arte tenga todavía capacidad para sorprender –incluso aunque sientas que ya has visto mucho durante años. Artísticamente, estamos en una fase apasionante que no está limitada por el estilo. Ni tampoco dominada en exceso por el mercado (¡ya se encargó de esto la crisis financiera!). Pero todavía existe un enorme mercado del arte que mantiene la maquinaria en movimiento. La escena artística contemporánea es mucho más grande de lo que nunca pude imaginar cuando empecé en este mundillo.

¿Han cambiado los hábitos de los coleccionistas de arte contemporáneo?
Hay un propósito especulativo, que se ha vuelto más conservador en los últimos cinco años. Pero, en general, pienso que los coleccionistas han sofisticado su manera de comprar y también lo que compran. Hace treinta años el arte contemporáneo estaba casi fuera del mercado ‘establecido’, y fueron los museos quienes tuvieron que tomar decisiones curatoriales sobre las colecciones. Pero hoy es diferente, y las colecciones particulares también tienen que pensar de este modo. No se trata de poner una uña en la pared para ver donde hay que colgar el cuadro sino que [coleccionar] tiene que ver con el abanico enorme de responsabilidades que conlleva poseer una obra. Y pienso que las colecciones privadas han logrado una influencia extraordinaria, incluso sobre las instituciones públicas.

¿Sigue siendo éste un mercado especulativo?
Sí, el mercado es especulativo y las recompensas son muy atractivas. La semana pasada, por ejemplo, un cliente mío vendió una obra que yo había comprado para él hace diez años por 100 veces menos de lo que le han pagado ahora. Es fantástico, desde luego, pero no es siempre así.

Ahora percibes que existe un discurso en torno al coleccionismo que antes no existía. Los coleccionistas forman parte de una comunidad muy amplia y ahora se implican en las etapas del desarrollo de un artista que antes estaban reservadas a los críticos y los museos.

¿De qué artista se siente más orgulloso de haber sido su descubridor?
En realidad no creo que nadie pueda ‘descubrir’ a un artista. Algo pasa cuando consigues que más de una persona (crítico, comisario, coleccionista) miren algo, y surja una conversación. Así que, aunque me encantaría pensar que podría hacerlo yo solo, en realidad se trata de un proceso. Pero tengo recuerdos muy felices de los artistas que podría haber descubierto incluso en la facultad de Bellas Artes. A veces, se distingue a una estrella desde el minuto uno.

¿Es coleccionista?
Nunca intenté formar una colección. Las obras que tengo suelen ser regalos de los propios artistas para recordar nuestra colaboración. Y luego hay cosas que compras dejándote llevar por un impulso, ¡y que sueles pagar a plazos porque eran demasiado caras. ¡Casi siempre más de lo que es razonable gastar!. Tengo especial cariño a una pieza con texto de Robert Barry de los años sesenta. Un dibujo de Mario Merz de la serie Fibonacci. Un dibujo de Picasso en una servilleta de papel. Un dibujo de Kippenberger hecho en un hotel. Un tríptico de Kelley Walker pintado con chocolate.

¿Se arrepiente de haber dejado escapar alguna obra…?
Soy un mal vendedor así que de lo único que me lamento es de las cosas que no conseguí vender. Tantas…

¿Qué conoce del arte español?
Justo acabo de trabajar con una artista española maravillosa, Elena Bajo, cuyo trabajo se mueve entre los objetos deconstruidos y la performance, y todo lo que hay entre medias. Es una propuesta muy hermosa. Una de mis amistades más antiguas es la artista australiana, Narelle Jubelin que hizo de Madrid su hogar de adopción hace más de una década, así que puedo tomarme una licencia al responder a su pregunta. He aprendido tanto de su arte y de nuestras conversaciones… ¡Y, por supuesto, todo empieza y termina con Picasso!.

 

V.G-O
Imágenes: Cortesía Marlborough Contemporary