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Inicio » Entrevista » Farreras: La magia y el misterio

Alto, elegante, sencillo, cordial, profundo, veraz, es el gran oxímoron del arte español contemporáneo, convive con el mayor número de elementos contrapuestos: hielo/fuego, razón/magia, transparencia/enigma, realista/romántico, silente/locuaz, pólvora/seda, proximidad/lejanía, luz/tinieblas. Francisco Farreras Ricart (Barcelona, 1927), estrena vocación en Murcia, pasa por Tenerife y recala en Madrid en 1942, aunque su verdadera formación procede de su instinto, buscando en museos, galerías, obras y en París, iniciando su vida profesional en 1952. Centenares de colectivas, 140 individuales por el mundo, en más de 100 museos prestigiosos de 30 países, 20 obras en espacios públicos. ¡Una estrella: una obra ingente, escasos premios!. ¡Un titán del arte contemporáneo, en un medio esquivo! Pulcro, distinguido, secluso, poético, ¡como su arte!. Del constructivismo a la materia, del collage al coudrage, para convertirse en poeta de la madera.

Expone en las galerías ArtePaso y Odalys ¿Dos muestras para su retirada?
Hace un par de años, me dije: ‘ya no expongo más, es una pérdida de tiempo y me arriesgo a repetirme, a convertir el arte en una copia’. Pero, luego viene Manolo Mendoza y me convence y yo pico. Estas dos exposiciones en Madrid -Odalys y ArtePaso- son en gran medida culpa de Mendoza. Era una tentación esta galería tan hermosa, y claro, he sucumbido. No dejar de trabajar, del arte uno no se puede jubilar, pero, si alejarme mucho más: por mi forma de ser, por dignidad, por carácter, por respeto.

¿Cómo ve la situación?
El mundo está enloquecido. El mundo del arte se ha convertido en un circo, en un espectáculo: ¡a ver quién salta más alto, quién vende más o quien hace el número más raro! Las galerías no suscitan interés, no tienen visitantes, y si no venden desaparecerán. Tuvieron un sentido, cuando un marchante compraba y promocionaba lo que adquiría. Hoy todo se ha desvirtuado, es otra cosa y si no se evoluciona, te quedas fuera. Y sin que pretenda decir lo que hay que hacer, porque el que menos sabe de todo esto soy yo.

Entonces, ¿todo para nada?
Bueno, no. Quiero decir que el arte no es una ciencia comprobable. Me mueve la intuición y el primer sorprendido de lo que hago soy yo. Lo único que sé es cuando una pieza está acabada. Pero, antes, nada: el trabajo te va guiando y tu no saber va tejiendo una relación de interacciones que dan como resultado algo que acaba teniendo sentido, no para todos, pero si para ti y eso se transmite.
No soy nada mítico, ni me gusta convertir el arte en algo mistérico. El arte es para sentir, y eso requiere una educación, un camino.

¿Qué es la sensibilidad?
No soy teórico, no me gusta teorizar, pero la sensibilidad es la capacidad de poder sentir, tener unos elementos que te permitan captar lo bello, unas condiciones que te hagan apreciar aquello que importa en una obra humana o en la naturaleza. Hay quien dice que es innato, pero creo que todo se aprende y que cuando nunca dejas de aprender estás en condiciones de sentir. La cualidad de sensible no aparece o desaparece a merced del capricho, es algo que hay que conquistar, mantener y cultivar.

¿Se puede explicar el arte?
No. Yo no sé. Se explican las anécdotas. De arte saben muy pocos. Incluso yo mismo cuestiono lo que hago. Y el arte plástico aún peor. Nadie se plantea explicar la música. Tú oyes una sinfonía de Beethoven, pero nadie te exige que la expliques. Sin embargo, un cuadro hay que decir qué significa, qué representa, qué pretende el autor. Todo eso es retórica. El autor busca expresar aquello que vive en su interior y quiere comunicarlo, pero eso no se traduce en mensajes, ni consignas. El arte es limpio, te ayuda a vivir, a cada uno de una manera. Para mi es imprescindible, pero, otros no lo necesitan.

¿Se han cumplido sus expectativas?
¡Ay si todos los sueños se cumplieran!. En parte, en otras cosas sigo esperando. Nunca he creído en los milagros, pero, ahora, de vez en cuando, se da uno: vendes una pieza, hablas con alguien con interés. Tengo algo de escritor frustrado, me hubiera gustado escribir, es un arte más directo que la pintura. He intentado algo, pero soy muy pudoroso y exigente. Escribí unas notas de un viaje a Grecia, pero Marilyn [su esposa] me dice que soy muy pesimista y crítico. Y algunos capítulos de algo parecido a unas memorias, pero todo eso está bien guardado y he tirado la llave del cajón.

Pero, ¿y su testimonio de un tiempo hostil?
Mi testimonio es mi obra. He vivido en primera persona algunos acontecimientos importantes del arte contemporáneo, pero no creo que algunas circunstancias tengan un interés general. No he querido pertenecer a grupos, ni academias, estoy bien como estoy.

¿Quién fue Manolo Conde?
Un hombre de talento, tenía un ojo excepcional, todas mis vivencias con él darían para un libro. Vázquez Díaz me mandó a dibujar al Casón y allí le conocí. Manolo fue la persona que más me influyó, la que rompió el cascarón, quien me introdujo en el mundo de la lectura, la música. Tenía una sensibilidad especial. Quiso pintar, ser director de orquesta, fue poeta y excelente crítico; un inadaptado, una creatividad excepcional. Hasta mediados de los cincuenta lo traté mucho, luego nos alejamos. Siento una gran ternura por su persona y un enorme respeto por su talento. Quisimos estrenar un ballet, él hizo el libreto, yo escenografía y figurines, Loreto era nuestra bailarina…

¿Es cultura el espectáculo?
Conviene diferenciar. Algunos piensan que todo es cultura, pero el espectáculo es entretenimiento, también necesario, pero no es lo mismo que cultura. El espectáculo está más relacionado con la cultura de paleto, con la curiosidad. La cultura está orientada por el pensamiento, eso no tiene por qué ser aburrido, pero te produce otras emociones y sensaciones que el mero pasatiempo. Antes nos reuníamos a hablar de arte, ahora se habla del espectáculo, de lo coyuntural, de lo cotidiano banal. Todo eso nos roba nuestro destino; ahora hay gente que está maquinando como debe de ser nuestra vida, sin que hagamos nada por impedirlo. Estamos en manos de cuatreros, pero no reaccionamos.

Tomás Paredes

Farreras