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Inicio » Entrevista » La Biblioteca de Alejandría. Una conversación con Ismail Serageldin

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Charles Dickens dijo una vez que las revoluciones son el mejor y el peor de los tiempos. El idealismo y el sacrificio están también acompañados por la corrupción y la ambición de poder; la exaltación revolucionaria por la cólera y el exceso. La juventud que marchó pacíficamente por el cambio de régimen el 25 de enero, y que protegió esta Biblioteca, con una cadena humana, es, fuera de toda duda, lo mejor” escribió emocionado Ismaïl Serageldin (Guiza, 1944), director de la Biblioteca de Alejandría, en una sobrecogedora carta abierta para disculpar su ausencia forzada por los acontecimientos que se viven en Egipto, al Foro Internacional de Espacios para la Cultura organizado por Cidade da Cultura de Galicia.
En su despedida lanzó un mensaje de esperanza citando a Proust: «El único y verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con ojos nuevos».
Tendencias del Mercado del Arte ha entrevistado al doctor Serageldin para hablar, entre otras cosas, del mensaje de paz que simboliza la Bibliotheca Alexandrina y de su espíritu como ventana de Egipto al mundo.
El profesor Serageldin es un intelectual de reconocido prestigio internacional. Ha publicado más de 60 libros y monografías sobre una variedad de temas que incluyen la biotecnología, el desarrollo rural, la sostenibilidad y el valor de la ciencia en la sociedad. Licenciado en Ingeniería por la Universidad de El Cairo y doctor por la Universidad de Harvard, ha sido también distinguido con una treintena de doctorados honoris causa.
Con sus 70.000 m2 distribuidos en once plantas con capacidad para ocho millones de libros, el edificio está situado en la Corniche, frente a la península de Silsilah y el puerto. La techumbre tiene un diseño circular parcialmente inclinado hacia el mar, en donde parece sumergirse imitando al sol egipcio, símbolo de que Alejandría iluminará el mundo y la civilización.
Por el sur, el edificio está protegido por un muro de granito de Asuán, con inscripciones en 120 lenguas y en todos los alfabetos del mundo.

¿Recuerda su primera experiencia con la literatura?
Estuve en contacto con la gran literatura desde muy pequeño. Solía leer libros que estaban pensados para niños mayores que yo y muy pronto empecé a disfrutar de la biblioteca de literatura inglesa de mi familia. Para cuando tenía doce años ya había leído muchísimos clásicos (entré en la Universidad con quince años). También era un lector voraz de literatura francesa. Mis dos hermanas mayores estudiaban en escuelas francesas y yo les cogía sus libros, por eso pude acceder a los grandes títulos de la cultura francófona a temprana edad. En la escuela árabe donde estudiaba me enseñaron, además, los clásicos de la literatura árabe. Cuando yo era chiquillo en Egipto no teníamos televisión y me entretenía leyendo todo lo que caía en mis manos. Naturalmente también leía tebeos, novelas detectivescas e historias de terror, como los demás jóvenes, pero ya había adquirido el placer de la lectura que nunca se abandona, aunque mis estudios se inclinaron por la ciencia y la ingeniería.

¿Cómo llega un ingeniero a la Bibliotheca Alexandrina?
Mi formación como ingeniero me llevó a la Arquitectura y, aunque al principio me especialicé en Planificación Urbanística, terminé dedicándome a la Economía y el Desarrollo y fue entonces cuando empecé a interesarme por la educación. Estaba convencido de que el verdadero desarrollo se basaba en el capital humano. Leí mi tesis doctoral en Harvard sobre la contribución al desarrollo de la educación.
Eran los años 60, una década de transformación en todo el mundo y yo participé plenamente en la política de la época. Adquirí fuertes compromisos morales respecto al desarrollo, y a instancias de mi tutor en Harvard, entré a trabajar en el Banco Mundial, en vez de hacerlo en la UNESCO institución a la que me sentía muy inclinado.
El banco contaba con importantes recursos para invertir en educación en los países en desarrollo, y comencé una carrera muy estimulante que se prolongó durante 28 años y que terminó con mi nombramiento como Vicepresidente del Banco Mundial. Me esforcé por cambiar la perspectiva estrictamente económica que imperaba por otra más amplia que incluyera los aspectos humanos, sociales y ambientales.
En 1998 me postulé, sin éxito, para Director General de la UNESCO, en sustitución de Federico Mayor Zaragoza. Aunque me apoyaron centenares de personalidades de 65 países, entre ellas 50 premios Nobel (48 firmaron una petición conjunta y dos de ellos escribieron cartas separadas), los Estados apoyaron a otros candidatos, y me incorporé a mi puesto en el Banco Mundial donde estuve un año más antes de regresar a Egipto para relanzar la Bibliotheca Alexandrina.
La idea de revivir el espíritu de la antigua Biblioteca con las herramientas del siglo XXI era una oportunidad que ningún intelectual, y más siendo egipcio, querría dejar pasar. Así que volví a Egipto en el 2000 y asumí el liderazgo de la institución en 2001. Fue inaugurada en octubre de 2002.

¿Qué libros han cambiado su vida?
El Corán por supuesto, pero creo que usted se refiere a libros distintos de las escrituras religiosas. He leído muchísimo, y en distintos momentos de mi vida, libros muy diferentes, de diversas disciplinas, que han tenido una profunda influencia en mi. Pero yo diría que ha sido la amplia tradición humanista y los valores de la Ilustración los que han tenido un efecto más duradero, mas que un solo libro. Escribí un breve ensayo sobre “Los diez libros que cambiaron el mundo” que puede encontrar interesante [www.serageldin. com]. Mi autor favorito es Shakespeare y adoro Hamlet.

¿Cree que los libros pueden promover el diálogo entre civilizaciones?
Conocemos a los demás como individuos y a las sociedades por sus productos culturales. Los libros son las ventanas a través de las cuales vemos el mundo, los espejos en los que nos miramos nosotros mismos y nuestras sociedades.
Los libros y otras formas de arte como las películas, el teatro, la pintura, la escultura o la música nos permiten conocer otras culturas y aprender a valorar sus 19 diferencias y a reconocer sus similitudes.
Los libros han desempeñado un papel esencial para conocer otras culturas, sobre todo durante el periodo anterior a los últimos cincuenta años, cuando el cine todavía no era un medio tan poderoso como lo es ahora. La realidad polifacética de una obra literaria permite transmitir todos los aspectos de una cultura, un pueblo, un tiempo. A través de estas interacciones, descubrimos la rica textura de la cultura y los hilos comunes de la humanidad que nos hermanan en una misma familia.

Háblenos de los fondos de la Biblioteca…
La biblioteca tiene solo nueve años. ¡Acabamos de empezar!. Nuestros fondos ya superan los 1,5 millones de volúmenes. Contamos con varios “incunables” [libros publicados en Europa antes de 1500], incluyendo uno que data de 1482.
En cuanto a los manuscritos, el más antiguo es un comentario de Al-Busti sobre el Corán, que data del año 798. Todos los manuscritos son muy valiosos, pero el más importante es la monografía que escribió Ibn Al-Haytham sobre “las huellas sobre la faz de la Luna” que data de principios del siglo XI.

¿Qué libros salvaría de una catástrofe?
Los primeros siempre serían los manuscritos. Son irremplazables. Cada uno constituye un logro único que conjuga el esfuerzo personal con la pátina del tiempo.
No son valiosos únicamente por las palabras que contienen sino como objetos, como testigo de una época pasada, como exponentes de un periodo artístico y cultural, como artefactos culturales únicos, siempre estarían por delante de la mayoría de los libros impresos.
Después de los manuscritos, en orden de importancia, vendrían los incunables y las ediciones príncipe. Sin embargo la Bibliotheca Alexandrina es un enorme centro cultural que integra un Planetario, un Museo de Historia de la Ciencia, un Museo de Antigüedades y un Museo de Manuscritos [que incluye una importante colección de copias digitalizadas de fondos de El Escorial y Córdoba], además de un Instituto de Caligrafía y un laboratorio de restauración. Por eso a la hora de salvar nuestros tesoros tendríamos que hablar también de sus múltiples antigüedades y obras de arte originales, no sólo libros.

¿Alguna anécdota especial a lo largo de estos años?
Han sucedido muchas cosas increíbles… Pero la más sorprendente y más maravillosa de mi vida sucedió hace poco, durante la Revolución egipcia del 25 de Enero de 2011, cuando los jóvenes revolucionarios se separaron de las manifestaciones masivas y formaron una cadena humana para proteger la Biblioteca de cualquier agresión. La Biblioteca no tiene paredes ni puertas que puedan detener el acceso a sus edificios principales, y sus tabiques están hechos de vidrio. Sólo estaba custodiada por estos maravillosos jóvenes revolucionarios.

¿Es coleccionista? ¿Cuáles son los libros más especiales de su biblioteca particular?
No soy coleccionista de libros, pero sí un lector voraz en tres idiomas (árabe, inglés y francés) y mi propia biblioteca comprende miles de títulos escritos en estos y otros idiomas. Me encanta releer los libros varias veces, además de subrayarlos.
Algunas obras maestras, como Description de L’Egypte o El Arte Árabe de Prisse d’Avennes causan una impresión poderosa al lector, pero generalmente las obras más especiales pertenecen a museos y bibliotecas. Pero existen grandes coleccionistas de libros. Umberto Eco, por ejemplo. He sido muy afortunado por tener el increíble privilegio de ser invitado a cenar y conocer la biblioteca privada de una persona formidable que atesora una de las colecciones más valiosas del mundo. ¡Posee una primera edición de los Principios de Isaac Newton!. Me permitieron hojear las páginas y pude ver las correcciones manuscritas que anotó el propio Newton mientras revisaba la segunda edición. ¡Fue una experiencia extraordinaria!.

¿Una imagen dice más que mil palabras?
Sí, las imágenes son infinitamente más poderosas, pero el texto sigue siendo diferente, puede captar abstracciones y sutilezas. He escrito mucho sobre este tema. El cerebro humano puede procesar la información visual con enorme rapidez. Así, uno puede abrir una puerta y echar un vistazo a una habitación durante apenas un segundo y luego ser capaz de informar detalladamente sobre el tamaño de la habitación, el mobiliario, el color de las paredes, la existencia de ventanas, si a la mesa se sentaban seis personas, incluso si eran dos hombres y cuatro mujeres, si la mesa era de madera o metal, si las sillas eran de cuero o de plástico, etc. Toda esta cantidad de detalles son capturados y procesados en una fracción de segundo. Si usted tuviera que transmitir todo eso con un texto le ocuparía varias páginas dar la misma precisión de descripción que puede lograr con una sola mirada.
“Una mirada al objeto o a su imagen dice más que una página de texto” se lamentaba d’Alembert mientras preparaba su célebre Enciclopedia del siglo XVIII.
La imagen es más eficiente pero el texto activa la interacción entre el lector y el escritor. Una carta es una abstracción, que reconocemos visualmente e identificamos; las combinaciones de letras forman palabras y las palabras construyen frases. Nosotros atribuimos el significado a las palabras y las frases. En un sentido, esa es la diferencia entre leer una novela y ver una película basada en la novela. Pero el lenguaje es sutil y así permanecerá. Permítame citar a Paul Valery: Cette main, sur mes traits qu’elle rêve effleurer / Distraitement docile à quelque fin profonde / Attend de ma faiblesse une larme qui fonde.
La palabra “fonde” [fundar] es polisémica y es el lector quien debe apreciar el matiz en este verso. Cualquier texto permite mayor interacción entre el autor y el lector. ¡Por eso los grandes textos son reinventados cada generación!. La palabra posee una profundidad que rara vez la imagen puede transmitir. A lo largo de la historia, el medio principal para la transmisión de información ha sido el texto. Las imágenes eran difíciles de producir y reproducir. Esto ha cambiado. Con la revolución digital, todo el mundo puede grabar imágenes, ya sean fijas o vídeos, y los gráficos generados por ordenador están al alcance de todo el mundo.
Miles de millones de imágenes se publican en la Web y sitios como Flickr y YouTube han mostrado cómo el público puede contribuir a este enorme stock de material visual. Por eso algunas de las nuevas características de la actual revolución del conocimiento son obvias.
La primera es la mayor dependencia de la imagen -además del texto- en la comunicación de la información y el conocimiento que habrá que tener sobre las formas cambiantes de los dispositivos de almacenamiento y recuperación de datos, cada vez mayor a medida que nos alejemos de los libros y diarios hacia las presentaciones digitales, así como a la realidad virtual tridimensional y presentaciones holográficas. La Interactividad será un rasgo de este nuevo mundo de realidad virtual basado en imágenes.
¡Estamos entrando en un mundo nuevo!

Babilonia de vanidades
La Alejandría de la época era una enorme babilonia de la vanidades, donde fluía la riqueza de reyes, cortesanos, administradores y funcionarios de todas las categorías y que constituía una buena base para el desarrollo de las ideas y los estudios. Algunos la imaginaban, sin conocerla, como la veían los versos de Herondas: «Todo lo que se puede encontrar en algún lugar se halla en Egipto: dinero, palestra, ejército, cielo sereno, gloria, espectáculos, filósofos, oro, efebos, santuario de los Dioses Adelfos, buen rey, Museo, vino, todo lo que pueda desearse, y en cuanto a mujeres, ¡por Perséfone!, tantas como estrellas envanecen el cielo y semejantes en belleza a las diosas -¡ojalá no oigan mis palabras!- que acudieron al juicio de Paris»
El máximo crecimiento de la Biblioteca tuvo lugar a lo largo del siglo III. Ptolomeo II logró adquirir la biblioteca reunida en el Liceo por Aristóteles y su discípulo Teofrasto. También se dice que, por entonces, una orden regia obligaba a registrar los barcos que llegaban a Egipto; si se hallaban libros de los que no existía copia en la Biblioteca, se transcribían o se expropiaban a Egipto. Otra anécdota señala que Ptolomeo II logró hacerse con los textos originales de Esquilo, Sófocles y Eurípides, que conservaba como un gran tesoro el estado ateniense, aún a costa de perder una suma enorme de dinero.

El alma de un pueblo
“La historia tiene la asombrosa capacidad de preservar para su memoria las obras más destacadas de los grandes hombres y naciones. La historia, además, deja huellas que son el producto del alma de sus gentes. Tal fue la Biblioteca de Alejandría, resultado de una época que fue testigo de la integración del genio de la imaginación y el valor de la presencia.” (Naguib Mahfuz).

A orillas del Nilo
Es preciso remontarse al 331 aC, momento en que el Gran Alejandro fundara la ciudad que llevaría su nombre generación tras generación, al norte del legendario país de los faraones. A orillas del Delta del Nilo se levantó Alejandría, frente a la isla de Pharos. No tardaría en convertirse en la nueva urbe, el nuevo faro, el enclave portuario más importante del Mediterráneo.
El apoyo político que la dinastía Lágida prestó a la investigación científica en todos los campos del saber, favoreció la afluencia a la corte de Alejandría de los sabios más importantes de la Antigüedad (como el poeta Píndaro y el trágico Eurípides), agrupados en torno a una institución científica fundada por Ptolomeo I Soter a finales del siglo IV aC y conocida como el Museion o Recinto de las Musas.
Sus actividades pudieron llevarse a cabo gracias a la ingente cantidad de documentos que los nuevos faraones reunieron en la Biblioteca Real de la ciudad. En su interior se guardaron las obras literarias, filosóficas y científicas más sobresalientes del mundo antiguo, se elaboró un catálogo de autores –las famosas Pínakes de Calímaco- y se desarrolló una extraordinaria actividad en la copia de manuscritos procedentes de otras civilizaciones.
La institución fue evolucionando lentamente: lejanas las épocas en que los sabios se reunían en sesiones cerradas, como los miembros de las academias dieciochescas, surgió un interés creciente por dar clases en sus dependencias. La vieja entidad creada para ilustrar al príncipe heredero se fue convirtiendo en una especie de universidad a la que acudían alumnos de todos los reinos helenísticos y de Roma para aprender filología, literatura y ciencias naturales. Cuando, derrotada Cleopatra VII, la última reina de la dinastía ptolemaica, entraron triunfantes en Alejandría las legiones de Augusto, nadie sintió la tentación de atentar contra la Biblioteca y el Museo porque en ellos se hallaba la salvaguarda científica, la mejor escuela de medicina y el mejor centro de investigación del Mediterráneo. Su esplendor aún pervive en el recuerdo.

V. García-Osuna