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Inicio » Entrevista » Mi amigo Picasso

Todo empieza en 1953. Lucien Clergue tiene 18 años. Lleva un año haciendo fotos. Ve a Picasso en una corrida en Arles y le plantifica sus fotografías delante de los ojos. A partir de ese momento, nace entre los dos una amistad que durará más de veinte años, hasta la muerte de Picasso, en 1973. El libro Picasso mon ami (Ediciones Plume) traza los momentos importantes de su relación. Sus icónicas fotografías, Picasso à la cigarette, Picasso au miroir, imágenes de Picasso en corridas, en Arles, en su casa… fueron tomadas por Clergue. Su universo creativo abarcó también el cine y rodó la película Picasso, guerre, amour et paix en 1971. Lucien Clergue es el primer fotógrafo miembro de la Real Academia de Bellas Artes de Francia, de la que es presidente. Sus inolvidables instantáneas han recorrido los museos de arte contemporáneo del mundo entero.

Picasso y sus palomas ©Lucien Clergue

Nos reunimos con el célebre fotógrafo durante su visita a Madrid para inaugurar la exposición Mi amigo Picasso en el Instituto Francés. Dice tener siempre en su casa una reproducción del Guernica. Habla de Don Pablo, con una enorme ternura. Sus ojos siguen mostrando la misma admiración que descubrimos en sus fotografías. “A Don Pablo, le debo todo“, dirá, con ojos bañados en lágrimas.

Este año se cumplen 40 años de la muerte de Picasso. La cita madrileña conmemora al maestro y se enmarca dentro de PhotoEspaña, festival que Clergue considera “una de mis hijas”. En efecto, hace 44 años fundó, junto al escritor Michel Tournier y el historiador Jean-Maurice Rouquette, Les Rencontres d’Arles, el gran foro internacional dedicado a la fotografía.

Cuéntenos cómo fueron los comienzos de su relación con el maestro
Ese día le entregué mis fotografías en plena corrida. Se las quedó para verlas más adelante. Picasso nunca te decía si algo estaba bien o estaba mal. Como no me volvió a llamar, fui yo a verle. La persona que me abrió la puerta, cuando supo quien era, me dijo que Picasso quería verme a las 14.30. ¡Fue el día más bonito de mi vida!. Creo que me puse a llorar, igual que hago ahora [dice con la mirada húmeda]. A partir de entonces, trabajé para él. Durante los primeros ocho meses, le hice todo tipo de fotos de niños por las calles, vestidos de arlequines, también de animales muertos, que podía ver desde mi casa. Arles es una ciudad abierta a la muerte. Tenemos dos cementerios preciosos, uno de ellos del siglo XII. Y las fotos vitales de los niños, junto con la imagen de los animales muertos, encantaban a Picasso. Picasso me dio suerte. Y me cambió la vida.

Fotógrafo de bellísimos desnudos femeninos en blanco y negro, cuyas sombras dibujan figuras geométricas, captador de momentos emblemáticos de las corridas, en la mirada de un gitano, en un paisaje provenzal, en los retratos, etc, los mismos temas que pinta también Picasso. ¿se puede hablar de un encuentro entre dos creadores?
Picasso era pintor y yo fotógrafo, no había rivalidad entre nosotros. Nos veíamos sobre todo en primavera y verano, cuando venía al sur de Francia. También estuvimos juntos muchas veces en París cuando trabajé con Jean Cocteau en su película Le Testament d’Orphée. Con Picasso iba a las corridas y luego montábamos fiestas con los gitanos franceses que yo le traía. Un día, después de una corrida, había organizado una fiesta en mi casa en la que le esperábamos. Naturalmente, Don Pablo no llegaba. Cuando llamó por teléfono, yo puse el auricular para que escuchara al guitarrista. “Qué, ¿te vienes?”, le pregunté. “No, veniros todos a mi hotel”. Allí celebramos una juerga con baile y flamenco. ¡Hasta Picasso bailó y cantó!.

¿Qué relación mantenía Picasso con la fotografía?
Una de las frases lapidarias de Picasso era “ahora que existe la fotografía, ya me puedo morir”. Siempre que se ve la vida de Don Pablo, a su lado hay un fotógrafo. En 1911 ya se celebran exposiciones de fotografías de Picasso en Nueva York y de dibujos fabulosos. Él decía que no sabía nada de fotografía. No era verdad. Cuando miras, por ejemplo, las fotos que tomó de Dora Maar para mí son mucho mejores que las que hizo Man Ray. También las fotos que hizo en Horta de Sant Joan son importantísimas para entender el nacimiento del Cubismo. El Cubismo nació de la fotografía, y esto es algo que no se ha dicho nunca.

¿Qué lugar ocupaba España en la mente de Picasso?
Bailaba y cantaba flamenco todo el tiempo. John Richardson, su biógrafo en América, dice que la última vez que Picasso fue a Perpiñán, pidió ir a la frontera con España. Allí le dejaron solo y Don Pablo se quedó durante una hora entera, inmóvil, mirando hacia España. Él me contaba poco de España. Rememoraba su infancia, su etapa en Barcelona, y describía escenas surrealistas. Una prostituta a la que le faltaba una pierna. Hablaba mucho de Pallarés, su amigo, que le salvó la vida cuando era pequeño.

Charlábamos de toros, de toreros. En Nîmes, en aquellos tiempos, las corridas comenzaban a las cuatro de la tarde y no a las siete como ahora en España que es tardísimo y ya no hay luz. La luz tan fuerte, hacía las sombras muy oscuras. En 1957, después de la corrida tras la que realizó esos aguafuertes tan importantes sobre la tauromaquia, Don Pablo ofreció una fiesta en su casa, La Californie. Tengo el honor de haber sido retratado en uno de esos aguafuertes. Otro día, que íbamos a ir a una corrida en Nîmes, estaba lloviendo y nos refugiamos en un café. Llegó un fotógrafo español y le preguntó si podía hacerle un dibujo. Don Pablo le dijo que no tenía nada, pero cogió el papel de la mesa. Yo me puse detrás de él para observarlo mejor. Empezó a dibujar por abajo. Unos trazos. Luego unos puntos sueltos por el papel y fue como revelar una fotografía. ¡Salió una corrida de toros!. Existía esa relación permanente entre él, los gitanos, los toros y el flamenco.

Usted que los conoció tan íntimamente, ¿cómo era la relación de Picasso con Jacqueline?.
Ella era la mujer perfecta para él. Nos conocimos el mismo año. Todo ocurrió en Perpiñán. Jacqueline estaba con su hija. John Richardson que estaba allí, habla de ello en sus biografías. Estaba Maya que dormía en la cama de su padre y Jacqueline tuvo que irse al hotel. Jacqueline y yo éramos muy amigos. También tocaba el violín, como yo. Durante una época, Picasso insistía mucho en que yo tuviera otra hija -yo ya tenía dos-, y que él fuera el padrino. Cada vez que me veía me decía que me fuera a una cama a hacer la niña. “¿Has hecho ya la niña? Me siento y te espero”. Eso enfurecía a Jacqueline que sufría por no tener un hijo de Picasso. Jacqueline era fabulosa. Cuando murió Don Pablo no lo aceptó. Durante los quince días que duró la preparación de la tumba de Picasso, Jacqueline se acostó todas las noches cerca de su cuerpo. Luego se alcoholizó. Años después de la muerte de Picasso, fui a saludarla a su casa. Llamamos. Me hizo entrar. Nos enseñó la casa vacía, sin nada. Me invadió una gran tristeza. Recorrimos toda la casa, yo me imaginaba a Picasso trabajando, su pijama todavía seguía colgado, vi uno de mis libros Né de la vague, y Jacqueline me dijo: “Ves Lucien, siempre has estado con nosotros”. Entramos en una habitación, abrió un cajón y sacó una pistola del interior. Me dijo: “¡Por si viene alguien que quiere hacerme algo!“. Yo pensé que era para ella y, así fue, más adelante se pegó un tiro en la cabeza. Fue una relación de amor extraordinaria.

De las tres mil fotografías que tiene de Picasso, ¿con cuáles se quedaría el fotógrafo?
Con todas. Cada una representa una época importante en mi vida. Picasso decía cosas de las obras que te transformaban. Un día le dijo a un amigo mío: “Las fotos de Lucien son los cuadernos de notas de Dios”. ¡Es el piropo más grande que me han hecho nunca!. Picasso tenía esa capacidad. Te ponía a su nivel. Un día le vi con unos zapatos nuevos relucientes. Cuando los vio me preguntó “¿tú tienes zapatos nuevos?”. Me sentí verdaderamente idiota y le dije que sí, que había ganado un dinerito con unas fotos que había vendido. “Como yo“–me contestó y se fue a buscar unos zapatos nuevos para mí. “Son los derechos de autor de las postales mías que se venden en Polonia. Con eso me he comprado estos zapatos“. De repente, había conseguido igualarme a él. Son detalles inestimables. Pero no había que caer en la trampa. Creerse superior a él. Cuando yo salía de su casa, solía estar deprimido. Recordaba las cosas tan extraordinarias que me decía y pensaba “¡es imposible!“. Pero al día siguiente, mi propósito era ponerme a trabajar para no decepcionarlo.

Usted es uno de los grandes fotógrafos, pero su formación es autodidacta. Sus “maestros” fueron Picasso, Jean Cocteau, Éluard, Saint John-Perse.
Cuando daba clases de fotografía siempre les decía a los alumnos que se olvidasen de la fotografía y de los fotógrafos. Que fueran a los museos, a un buen restaurante, a un buen cine, al teatro, etc. Las fotografías son el resultado de lo que uno ha visto y sentido. Yo he aprendido todo de Picasso. El sentido de las proporciones, de las composiciones. Picasso nunca dejaba nada en el vacío. Sus vacíos tienen –como en el caso de Cezanne–, un significado. Debo añadir que mi formación es de violinista y que mi maestro es Bach. Sus sonatas para violín rondaron en mi cabeza durante años. Y me sirvieron para sacar fotografías, para su construcción. Hay sutilezas en las obras que se desconocen. Todo artista debe hacer una construcción. Mi tesis Languages des Sables está hecha solo con imágenes. No tiene ni una palabra. Roland Barthes que estaba en el jurado y más tarde prologó el libro, dijo que la clasificación de las imágenes era también un discurso.

¿Es usted coleccionista?
¡Soy muy coleccionista!. Empecé intercambiando obras con mis amigos fotógrafos. Con Mapplethorpe y André Kertész, por ejemplo. Con mis alumnos también he hecho algunos intercambios. Y, por supuesto compro fotografías. Una de ellas, de Ansel Adams. En 1974 pagué por ella 175 dólares en Estados Unidos. Hoy se cotiza en 75.000 dólares. Tengo miles de fotos. A veces de desconocidos. También tengo muchas obras de artistas contemporáneos como Rauschenberg, David Hockney, Cesar, Vasarely, Lichtenstein, etc. De Picasso tengo las obras que él me dio. Pero le contaré un secreto. El martes pasado, adquirí el grabado de Picasso del Minotauro con la niña y la paloma en la playa de Málaga, de 1934. Llevaba toda mi vida soñando con él. Me ha costado una fortuna pero ¡qué se le va a hacer!.

Jacinta Cremades
Hasta el 26 de julio
Galerie du 10
Marqués de la Ensenada 12
28004 Madrid