Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia, personalizar y analizar tu navegación, mostrar publicidad y anuncios basados en tus intereses
Si sigues navegando, consideramos que
Para obtener más información entra en la sección de Política de cookies

Inicio » Entrevista » La colección de Sylvan Barnet y William Burto

Colección Barnet-Burto

Sylvan Barnet y William Burto atesoran en su coqueta villa del siglo XIX en Cambridge (Massachussets) la mejor colección privada de caligrafía japonesa del mundo. Tendencias del Mercado del Arte ha conversado con los coleccionistas, ambos prestigiosos eruditos shakesperianos y activos filántropos, acerca de su fascinación por el exquisito arte del Lejano Oriente. Además de su valiosa colección de caligrafías, bronces y cerámicas orientales, Barnet y Burto son también amantes del arte contemporáneo, en especial de las enigmáticas imágenes que crea el fotógrafo japonés Hiroshi Sugimoto, de quien son grandes amigos.

Ustedes comenzaron coleccionando cerámicas coreanas…
Sylvan Barnet (SB). Siempre nos interesó el arte, pero no de la forma apasionada –y diría “enloquecida” – que suelen experimentar los coleccionistas. Mi hermano y mi cuñada coleccionaban antigüedades, y en 1962, durante una visita a Nueva York nos dejamos caer por una galería que vendía obras de arte de todo tipo. Mi hermano y su esposa buscaban antigüedades griegas y romanas, pero de repente vi un cuenco verde que me cautivó. En el interior tenía el dibujo de dos fénix. Su tono de verde se denominaba “celadón” -aunque nunca antes habíamos escuchado la palabra “celadón.” De todas formas, aquel cuenco nos fascinó a los dos. El galerista, cuando supo que veníamos de Boston, nos sugirió visitar el Museo de Bellas Artes de Boston (MFA, en sus siglas en inglés), que alberga una buenísima colección de Corea.

William Burto (WB). Regularmente acudíamos al MFA, pero nunca habíamos puesto un pie en sus salas dedicadas a Corea. Sólo entrábamos en las de China y Japón. Eran asombrosas. Bellas cerámicas y cosas como esculturas budistas, lacas, objetos de metalistería, y grandes pinturas budistas. Por cierto, el MFA acaba de renovar sus salas de Corea. Son maravillosas.

SB. La siguiente vez que visitamos Nueva York, quizá seis meses más tarde, regresamos a la tienda del mismo galerista –se llamaba Mathias Komor – y adquirimos otra cerámica coreana

¿Cuál fue su primera experiencia memorable con el arte japonés?
WB. En nuestra siguiente visita a Komor volvimos a interesarnos por la cerámica coreana pero no tenía ninguna –aunque sí tenía una pequeña figura budista coreana en bronce dorado (probablemente del siglo VIII), que nos conquistó. Pero también nos mostró una cerámica popular japonesa, del tipo llamado ‘ishizara’, decorada con el dibujo de un sauce. ¡Una pintura maravillosa en un plato!. Ahora puede verse en el MFA.

¿Cuáles son las piezas más raras, inu-suales, de su colección de arte popular japonés?
WB. Nuestra colección de arte popular japonés, llamado mingei (que significa algo así como “el arte del pueblo”) no es grande, pero creemos que lo más insólito, y seguramente lo más valioso, que hay en ella son unos pájaros de madera, datados entre mediados y finales del siglo XIX y principios del XX. También pueden admirarse ahora en el MFA. Este tipo de objetos -ishizara y aves de esta especie- podían conseguirse fácilmente y muy baratas, cuando visitamos Japón, en 1965, aunque ahora parece que hubieran de-saparecido del mercado. No hemos visto ninguna buena en los últimos años.

¿Cuáles son sus mejores recuerdos de Japón?
SB. Aunque hemos visitado Japón casi cada año desde 1965, una de las anécdotas más curiosas nos sucedió hace relativamente poco tiempo, tres años, si no recuerdo mal. Antes de hacer una visita, siempre escribimos cartas para acordar las citas con los anticuarios. Habíamos concertado una reunión con un comerciante de Tokio, y nos presentamos a la hora programada. Uno de nosotros, nada más rebasar el quicio de la puerta, y tras ser saludado por el anticuario dijo, “¿Qué tal está usted?, ¿qué va a mostrarnos hoy?”. Ése día recibimos una lección, amable, pero una lección. Él anticuario espetó: “Esto es Japón. Primero se toma el té, y luego se habla de negocios”.

¿Su interés por la caligrafía tiene que ver con su vida profesional?
WB. No lo creo. Nuestros amigos dicen eso porque al haber sido los dos profesores de literatura, se supone que nos seduce sobre todo el contenido poético de la escritura, pero este no es el caso. Lo que nos cautiva en primer lugar es la apariencia, la tinta en el papel y el montaje de los rollos de pergamino. Sólo después aprendemos el contenido poético, su significado. Por cierto, a menudo los propios japoneses no pueden leer la caligrafía. Cuando pedimos a un anticuario que nos traduzca el significado, en ocasiones se siente confundido, escruta la caligrafía y dice “este carácter significa ‘otoño’, y este ‘venado’. Se trata de un poema acerca de un venado en las montañas, en otoño. Algo parecido a eso… ”.

SB. De hecho, la primera caligrafía que adquirimos, en Nueva York, antes de nuestra primera visita a Japón, fue simplemente el nombre de una deidad. No tenía nada que ver con la literatura. Nuestra respuesta a ella fue similar a la que suscita una obra de Expresionismo abstracto. La obra evoca una respuesta incluso antes de que uno empiece a comprenderla.

¿Hay artistas, o piezas concretas, que posean un significado especial para ustedes, o que hayan sido particularmente inspiradoras?
WB. Mucho del material que poseemos -la mayor parte de él en realidad- es anónimo, así que no es una cuestión de artistas concretos, sino de períodos. Nos encanta la caligrafía anónima Heian (794-1185); a veces en los poemas japoneses, en el sistema de escritura japonés llamado kana, pero también los sutras –textos sagrados- la palabra de Buda, fue escrita en caracteres chinos por escribas anónimos.

SB. A propósito de sutras, uno de mis favoritos -¡aunque no hay uno que no lo sea-!- es el llamado Rollo Pictórico de la Causa y Efecto. Narra la vida de Buda, el Príncipe Sidhartha, el Buda histórico, el hombre que vino a denominarse Shakamuni (sabio del clan Shaka). Su vida fue narrada en grandes rollos de pergaminos con pinturas realizadas en China, que luego se copiaron en Japón -las versiones chinas se perdieron- con el texto situado debajo de las correspondientes ilustraciones de los episodios. En la época moderna, después de que estos voluminosos rollos abandonaran los templos, casi todos ellos fueron cortados en fragmentos. Nosotros mismos poseemos en nuestra colección cuatro fragmentos de una versión del siglo XIII. Por supuesto es una vergüenza que los comerciantes los cortaran, haciéndolos comercializables para los coleccionistas, pero así fue, y nos consideramos inmensamente afortunados de poseer cuatro preciosos ejemplares. Cada fragmento es maravilloso a su manera, pero el más soberbio, creo, es el que muestra a Shakamuni en el momento en que logra la Iluminación. Está sentado bajo un árbol, en el centro de la pintura, meditando, mientras caen sobre él pétalos como señal de su progreso espiritual. A la derecha, un demonio le dispara una flecha, pero ésta se transforma milagrosamente en un loto. (En la filosofía budista, el loto es un emblema de la iluminación, porque crece en el barro, pero se eleva a través de la purificación del agua y las flores en el aire limpio.) A la izquierda de la imagen, las tres bellas hijas del demonio bailan, tratando de seducir a Shakamuni, pero su concentración es tan intensa que las ignora totalmente. Es inmune a ambos tipos de agresión, la física por parte de su padre, y la psíquica, por las hijas).

La escritora estadounidense Susan Sontag escribió una vez que coleccionar con otra persona es algo “antinatural”: la gente desea poseer únicamente para sí. ¿Reconocen este sentimiento? ¿Están siempre de acuerdo cuando compran una pieza?
SB. Bueno, Sontag era muy inteligente, pero en esto creo que estaba equivocada. Nunca he pensado que es “antinatural” compartir el acto de coleccionar. En cualquier caso, me parece que siempre estamos de acuerdo en qué comprar y en qué no comprar. Solo recuerdo una ocasión en la que discrepáramos –y sobre la que aún no nos hemos puesto de acuerdo. Un comerciante nos ofreció un sutra bordado; en lugar de estar escrito a tinta, cada carácter chino había sido bordado. ¡Precioso!. Bill lo desdeñó, diciendo que carecía de la espontaneidad de la caligrafía, el vigor, etc. En efecto, así era. Con delicadeza, le expliqué que esta pieza en particular no debía ser considerada como una caligrafía, sino como un objeto budista -algo así como, por decir algo, la túnica de un sacerdote, o un bastón maravillosamente labrado, o una caja de sutra decorada con incrustaciones de nácar. Pero me temo que todavía no lo he convencido…
WB. Era un sutra, así que era caligrafía, pero cursi, sin vida, ¡y punto!.

¿Recuerdan algún descubrimiento especialmente emocionante?
SB. Cada obra es un descubrimiento, incluso cuando es lo primero que te enseña un vendedor. La pieza más reciente que hemos comprado -hace casi un año- llegó gracias a un consejo de Hiroshi Sugimoto, el famoso fotógrafo. (Conocimos a Hiroshi cuando trabajaba como anticuario de arte japonés antiguo. No en vano, ha formado una maravillosa colección de los primeros artistas japoneses). Era un sutra muy famoso que había sido escrito en tinta de plata sobre papel teñido de índigo, a mediados del siglo VIII. Es el primer ejemplo de plata sobre azul, en Japón. En el siglo XVII el edificio en que se almacenaban los rollos de este sutra ardió hasta sus cimientos y al quemarse los pergaminos consiguieron una maravillosa decoración «natural», una especie de línea ondulada de color marrón a lo largo de los márgenes superior e inferior. Los rollos fueron cortados en pequeños fragmentos, generalmente de ocho, diez o doce líneas y en la mayoría de los casos la plata ha perdido su brillo y el papel azul tiene un aspecto turbio, enlodado, pero Sugimoto -que ya poseía un maravilloso ejemplar- hizo que nos fijáramos en un gran fragmento, excepcionalmente largo que se encontraba en condiciones excepcionalmente bellas. Este sutra tiene una historia increíble. Fue creado a mediados del siglo octavo, se encontró en Brunei a mediados del siglo XVII, es un superviviente y hoy es, si cabe, aún más hermoso de lo que fue en su origen gracias al incendio. Hemos prometido donárselo al MFA.

¿De qué piezas no se separarían nunca?
WB. Cometimos un lamentable error al vender nuestros bronces dorados budistas coreanos -¡ojalá los hubiéramos conservado!- y ahora no vendemos nada. A veces hemos intercambiado con un anticuario un fragmento de, digamos, cinco líneas de un sutra por otro mayor, tal vez de diez o quince líneas del mismo rollo. Por ejemplo, una vez tuvimos unas líneas de un sutra del siglo X en el que cada caracter estaba inscrito dentro de una pagoda pintada en mica. Ahora, una pagoda no es sólo una torre; es un relicario, que contiene algunas reliquias de Buda, y en este instante cada palabra de Buda es considerada una reliquia, una parte superviviente de Buda. ¡Una idea maravillosa!.

SB. Hablando de separarse de piezas, hemos regalado algunas piezas a museos. Por ejemplo, le donamos a la Freer Gallery de Washington, una pequeña y maravillosa escultura en bronce dorado de Buda recién nacido. Pero, de alguna manera, seguimos sintiendo que estas cosas siguen siendo “nuestras”. Da igual que estén en este o en aquel museo, nunca dejamos de verlas como algo nuestro. No somos tan modestos como para decir “Donación anónima”. Estas piezas llevan etiquetas con nuestros nombres.

¿Dónde reside, en su opinión, la belleza única del arte japonés?
WB. Es muy difícil de decir, y no me atrevo a hablar de una “belleza única” o de “una exquisitez especial” porque estas expresiones son clichés. Creo que hay algo especial en el arte japonés, incluso cuando está en deuda con el arte coreano (las primeras esculturas budistas deben mucho a Corea) o con el arte chino. El arte chino me parece más bien frío –piense en las porcelanas chinas- es perfecto, por supuesto, pero de tan bello es frío; en la cerámica japonesa, es normal ver la huella de las manos del ceramista, ¡un toque humano! Creo que las obras japonesas son más cautivadoras, pero no quiero decir nada más sobre esto porque revelaría mi ignorancia acerca del arte chino y coreano.

Su colección de caligrafía y pintura japonesa incluye textos sagrados budistas, aforismos zen, poemas profanos, y cartas personales íntimas. ¿Qué piezas son las más inspiradoras, emotivas…?
SB. Es una pregunta difícil de contestar. Por ejemplo, adoro una caligrafía del siglo VIII llamada “Ojomu”. Es el fragmento de un sutra, supuestamente transcrito por el emperador Shomu, pero que casi con seguridad fue escrito por un escriba profesional. El papel presenta pequeñas manchas que se pensó pudieran ser las propias cenizas de Buda. De hecho, estas motas son -según nos dijeron- madera de sándalo.

Así que tenemos un papel deliciosamente manchado con las palabras santas de Buda. Y está muy bien montado, con paño viejo (decorado con sellos de oro) que fue probablemente parte de la vestimenta de un monje. ¿Cómo puede uno no sentirse inspirado ante algo así?. Dice el novelista E. M. Forster, en un ensayo, “Es una función del arte el hacernos sentir pequeños de la manera adecuada”. Hablando de sentirse pequeño: el pequeñísimo bronce dorado de Buda que está ahora en la Freer Gallery, si bien mide apenas unos centímetros de altura, cuando es exhibido domina toda la sala. No soy budista, pero este objeto me convence de que existe algo grande en el universo.

Vanessa García-Osuna
Foto: Hiroshi Sugimoto