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Inicio » Sumario » Ingres, la imposible perfección

El nombre de Ingres sigue siendo sinónimo de gran dibujante en la mente de todos, hasta un tipo de papel ha recibido su nombre, el papel Ingres, y su amor por el violín, instrumento que dominaba perfectamente, ha dado lugar a una locución de empleo corriente, ‘el violín de Ingres’, que el diccionario define como una actividad secundaria en la que se sobresale. No hay duda de que todo esto le habría irritado profundamente a él, que además se enfurecía con mucha facilidad; sólo tenía un deseo, igualarse por sus pinturas con los mayores maestros del pasado, y sobre todo con Rafael, a quien consideraba como su dios. Al mismo tiempo, no dejó de profesar una admiración por la Antigüedad que en nada contradecía ese otro ‘credo’. Louis-Antoine Prat, conservador-jefe de Dibujo y Grabado del Museo del Louvre, evoca una anécdota que ilustra perfectamente la imagen que habría deseado dar de sí mismo el artista. Un viajero inglés llamó a su puerta en Roma, hacia 1816, cuando el artista subsistía únicamente de hacer retratos dibujados al grafito, retratos que han hecho mas por su gloria actual que cualquiera de sus pinturas. A ese turista británico que, deseoso de tener hecho enseguida su retrato, le preguntó: ‘¿Es aquí donde vive el dibujante de pequeños retratos?’, Ingres le respondió furioso: ‘No, señor, aquí vive un pintor de historia’, y le dio con la puerta en las narices. El Museo del Prado y la Fundación AXA, con la especial colaboración del Museo del Louvre y la participación del Museo Ingres de Montauban, presentan la primera exposición monográfica en España dedicada a la obra de Jean-Auguste Dominique Ingres (1780-1867), uno de los pintores más influyentes en el devenir de la pintura de los siglos XIX y XX, del que no se conserva ninguna obra en colecciones públicas españolas.
[La gran Odalisca, 1814. Museo del Louvre, París]

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