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Inicio » Entrevista » Frederic Amat, un pintor con ángel

Frederic Amat es un espíritu solitario cuya obra desborda cualquier encasillamiento. Pintura, escultura, fotografía, cine, escenografía, teatro, ópera, el múltiple abanico de soportes en los que se ha expresado este versátil artista es una proyección de su concepción del arte como instrumento iluminador. Inés Martínez Ribas. Foto: Carmen Secanella

¿Qué es ser pintor? Para mí la pintura no es una carrera profesional… ¿hacia dónde? Yo no voy a ninguna parte, voy a la deriva, a un no-lugar. Esta actitud de libertad, que es el valor fundamental de cualquier proceso creativo, no puede delimitarse. Este desplazamiento hace que para la gente del teatro yo sea un pintor; para el mundo de la pintura, un arquitecto de espacios; para los arquitectos, un fotógrafo; para los fotógrafos, un escenógrafo… y este no ser es el mejor lugar para dar a ver lo que hago posible que sea.

¿Desprovisto de cuaderno de bitácora? El artista que tenga bitácora de viaje está conducido al pozo seco. Todo lo que me ha sucedido es fruto de dos cosas: una, de intuiciones profundas, y otra, de una suerte que me acompaña, de un ángel que arrullo día y noche que me da lo mejor, que son personas, gentes que he conocido a lo largo de mi vida –que empieza a ser un poco larga– y de las que he aprendido mucho. La mejor ofrenda que me ha regalado la vida es esta generosa amistad.

¿Y los momentos clave? El territorio de la pintura responde a una constelación infinita de sucesos. El motivo principal no es un suceso u otro, sino un estado y es que aún hoy sigo maravillado. Aún sigo sorprendido. Ojalá así sea hasta el último momento en que cierre los ojos y llegue a la oscuridad de la noche, de donde provengo y adonde voy.

Hábleme de las obras que acabo de ver en el piso de arriba de su estudio. El Auditori, hace año y medio, me pidió crear su imagen. Acepté la invitación porque la música me fascina, me inspira y me acompaña, sobre todo por esa dimensión intangible que tiene y es estímulo de mi propio trabajo. Además, creo que cada uno de nosotros somos música; somos instrumentos andantes y rítmicos, emitimos sonidos. Somos música.

¿La música del pintor? Hay un hecho en mi caso caligráfico que viene de haber dibujado años y años. Yo fui un pintor que celebraba los colores y ello era una referencia constante a mi obra. En 1986, me encontré con el privilegio y la responsabilidad de realizar el espacio escénico, junto a Fabià Puigserver, de una obra inédita de Federico García Lorca, El Público. Ello supuso bucear en su obra poética. Al igual que muchos poetas, y eso sorprende, él también dibujaba –algún día debería hacerse una gran exposición de dibujos de poetas, como Víctor Hugo y Lorca–. Cuando Joan Miró vio las imágenes de Lorca, dijo: «Estos son los dibujos de un poeta, que es la mejor virtud que se puede pedir a toda expresión plástica».

¿Lorca le despojó del color? Este bucear en Lorca fue la excusa para ahondar en mí mismo. Até las alas de esta capacidad cromática que tenía y que, evidentemente, tengo, porque lo que me interesaba era llegar a recorrer la arteria más profunda. Era de tinta negra. Aún hoy, años más tarde, todo mi trabajo es fruto de esta experiencia, donde el negro es el color mayestático que contiene todos los demás. Así es en todo lo que desarrollo, en la fotografía, en el cine, en la pintura, y que es de una complejidad que, tristemente, no puede percibirse en su conjunto, porque mucha de mi obra aún es inédita.

¿No la publicita? Mi tarea es hacerla. A veces, tengo mala conciencia de no empujar o insistir para que se conozca. No está en los museos ni en ferias ni en bienales. Es una obra que despista… Es difícil para mí hacer una danza del vientre hacia fuera que no sea en la fidelidad del bucear hacia dentro.

¿Qué le apena de esta no visibilidad? La complejidad. Hay un desarrollo intelectual profundo que no se ha leído. No se puede exigir. Puede suceder o no, a veces ha ocurrido, lo he visto con artistas ‘post mortem’. En mí no hay queja. El lamento no puede ser ni el abrigo ni la demanda del artista.

¿Qué le preocupa? Dirigirme al pósito de aguas profundas, y la gente que quiero. Sí, el viaje profundo y el abrazo a los míos. El tiempo cada vez es más limitado, y su espuma es lo que menos me interesa. Me interesa el saber. Tengo cantidad de libros esperando a ser leídos. Necesito días de cuarenta y ocho horas. Leer te permite entrar en otras historias y que suceda algo inesperado, en cuanto y tanto te reconozcas a ti mismo. Decía Lorca: «Si un día tengo hambre, denme medio pan y un libro».

¿Qué lee ahora? 533 días, de Cees Nooteboom, escritor que vive en Menorca parte del año y tiene gran sensibilidad no solo con la naturaleza, también con el arte, y hace comentarios sobre la luz, como en otro libro suyo recomendable: El enigma de la luz.

¿Compagina varios proyectos a la vez? Ocurre con frecuencia. Pero cuando tienes la espada en alto sobre un proyecto, estás en el estoque, no puedes ser variopinto. Para hacer un encargo, como el de la imagen de la Temporada 2018-2019 del Auditori, desarrollo varias imágenes a la vez, y escojo entre muchos dibujos. Estela, mi mujer [la diseñadora mexicana Estela Robles] puso orden, y a cada programa de mano –orquesta, infantil, familiar…– le dedicó un color. La intuición que tuvimos funcionó: el público colecciona el conjunto. La temporada se inauguró en octubre pasado con una conversación con Jordi Savall, Ramon Andrés y yo mismo, y la charla fue de gran interés. ¡Aún hoy hay que alimentar al espíritu! Más adelante me propusieron hacer un espectáculo.

¿’RRR’? Sí, salir a escena con mis instrumentos, mis pinceles, y hacerlo con música. El grupo Cabosanroque construye sus propios instrumentos, y siempre me ha interesado lo que hace. Ha trabajado con el admirado Carlos Santos y con Pascal Comelade, que hizo la banda sonora de mi película a partir del único guión de Lorca, Viaje a la luna. A su vez, Cabosanroque se encargó de la banda sonora de la película que rodé a partir del texto Memorias de tortuga, de Juan Goytisolo, una aventura que se merecería toda una entrevista, y que apenas se ha visto. Es lo que comentaba, mucha de mi obra apenas se ha visto.

¿Y ‘RRR’? Se me ocurrió crear una serie de objetos-personaje como las siete esculturas que estoy trabajando en el piso de arriba del estudio. Algunas están hechas con los jirones de las cortinas que el vendaval arrancó de los ventanales, hace pocos días. Sí, la piel de mi estudio que me salva del sol. Es la epidermis que tamiza la luz y que ahora forma parte de esta obra nueva…

¿Cómo decidió integrar esos retazos de cortina en la obra? No tengo prontos; las cosas vienen. El artista tiene antenas. Muchos empresarios, por miopía, o las instituciones políticas, también por miopía, tendrían que tener artistas residentes… Estoy entrando en el humor y, quizá, la ironía, pero no. El artista es el que ve el otro lado de la realidad. Uno de los dramas del momento es que nos quedamos a un lado de la realidad, en su apariencia. Ayudaría mucho a las empresas tener artistas con antenas. «Usted haga, sugiera y ayúdenos a que la vida sea más rica», entendiendo la riqueza en su verdadero valor, que no hay que confundir con atesorar dinero.

¿Usted escribe cartas? Soy un gran calígrafo. Los correos electrónicos que verdaderamente me importan los escribo primero a mano. Otra cosa son los whatsapp, que son haikus tontos. Yo no puedo pensar tecleando, pienso escribiendo. Escribir, caligrafiar, es una manera de pensar, de generar pensamiento.

¿Le duele no pensar en una gran exposición Amat? Dudo que la vea, porque necesitaría tiempo para pensarla. Me gustaría que fuera el resultado de un gran diálogo. La persona con quien entablarlo no está, porque no ha aparecido o porque no interesa o por el motivo que sea. Esa complejidad de la que hablábamos antes me interesa porque aprendería. Estoy inmerso en mi trabajo; si quieres verte, tienes que tomar distancia. He tenido la suerte de que me han dedicado exposiciones muy afortunadas, siempre a partir de un aspecto de mi obra, como el teatral en La escena pintada, en el Thyssen, o mis proyectos de intervención en el espacio, como Zoótropo, en la Pedrera. Falta una exposición que muestre la complejidad y la resonancia del propio trabajo y que permita saltar de esa película a esos dibujos y a ese espacio escénico y a esa fotografía y a esa pintura y a esa cerámica…

¿Y qué secreto guarda la exposición que ahora presenta en la galería Artur Ramon? Tiene algo de esa complejidad al tamaño del espacio de una galería. Hay un diálogo con el propio trabajo y me he permitido, además, jugar con la memoria del espacio. Cuando fui a visitarlo, me obsesionó la pared metálica, y me animó a darle vueltas a lo que podía mostrar allí y dar con la manera. Entonces recordé una estantería de la escenografía que hice para el montaje teatral que realizó Agustí Villalonga a partir del monólogo de Colm Tóibín El testamento de María, con Blanca Portillo como protagonista.

¿La estantería como retablo? Sí, y a la vez invoca este tema de la Wunderkammer o gabinete de curiosidades. Me permite entablar un diálogo de la contemporaneidad con el tiempo, porque Artur Ramon es sala de arte y, también, un anticuario referente. El tiempo de la galería y, también, el tiempo de mi propia obra, porque hay creaciones recientes, como las nueve Cartografías, que son de 2017, pero otras, como la que está en el espacio de la entrada de la galería, Dansaire –un personaje que sugiere a una danzarina que realicé en Nueva York en 1980– que se expuso en México en 1981 y, desde entonces, no se ha mostrado.

¿Está satisfecho con el resultado de Wunderkammer? Muy feliz. Me llegan mensajes, incluso fotografías por teléfono con comentarios. Eso era algo inimaginable hace veinte años, que a través del teléfono tuvieras la crónica del público. Está celebración unánime de los espectadores, desde el primer día, el de la inauguración, es una alegría. Aún hay obras que pueden llegar a mover el pósito de las cosas, o eso espero.

 

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