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Inicio » Entrevista » Manuel Alcorlo, la emoción perpetua

Suele definirse, entre la amargura y el humor, como de la “generación del bache”, aquella que creció bajo la alargada sombra de la Guerra Civil, pero Manuel Alcorlo (Madrid, 1935) demostró pronto su capacidad para sobreponerse a la adversidad. A sus 84 años, este excepcional grabador y dibujante (Francisco Umbral le llamó “el Toulouse-Lautrec español”), sigue alumbrando una obra plena de fuerza e imaginación no exenta de una sátira social. Alcorlo nos recibe en su casa-estudio, para el que hay que subir las mismas escaleras que en su día recorrió Benito Pérez Galdós, quien tuvo allí su editorial. Pese a estar fuera del radar mediático, el artista no ha bajado su ritmo de trabajo. En breve se publicará la edición del Lazarillo de Tormes que ha ilustrado para la editorial Reino de Cordelia, un proyecto que compagina con los preparativos de la exposición que le dedicará el año próximo la Real Academia de Bellas Artes.  Vanessa García-Osuna. Foto: Isabel Pey

Nació en vísperas de la Guerra Civil. ¿Cómo fue su infancia? Fueron tiempos duros, dominados por el hambre y las necesidades, mi padre tuvo que ir al frente y cuando regresó ya no era el mismo. Vivíamos frente al Congreso, en el número 10 de la Plaza de las Cortes. Mi padre era mozo del Gran Hotel Inglés, el más antiguo de la capital, y mi madre era niñera de los hijos de los dueños del hotel. Pasé mi niñez en la cama de un hospital porque tuve que someterme a varias cirugías en la pierna. Éramos cuatro hermanos y mi madre tenía que repartirse como pudiera, acompañándome en el hospital, cuidando de la casa, trabajando…

¿Ya mostraba entonces interés por el arte? En el colegio tuve la suerte de tener un maestro que seguía los principios de la Institución Libre de Enseñanza y que se afanó por estimularme para que dibujara y no me preocupara por las matemáticas [sonríe]. A los 16 años, me matriculé en la Escuela de Artes y Oficios, ya desaparecida, que estaba en la calle Marqués de Cubas, donde hoy tiene su sede la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

¿Visitaba los museos? Sí, por supuesto. Yo estudiaba con los franciscanos en un colegio que había en la calle Huertas, y este maestro mío era un humanista, y nos llevaba a sus alumnos a visitar museos como el Prado, el de Ciencias Naturales, el Arqueológico… Mi profesor consiguió que pudiera ir a dibujar animales del natural en la antigua Casa de Fieras. Allí me iba a tomar apuntes, y luego me unía al resto de la clase para ir al Casón del Buen Retiro, que entonces albergaba el Museo de Reproducciones Artísticas, con copias de obras maestras de la antigüedad clásica. He pasado años de mi vida dibujando en papel de estraza, rompiendo, repitiendo muchas veces, estudiando los pliegues de las Parcas de Fidias, las morbideces de la Venus Esquilina… Pronto cogí la rutina de ir al Casón al salir del colegio y luego por la tarde me iba al Círculo de Bellas Artes a dibujar desnudos. Yo era un chiquillo, tendría 17 años, y me miraban como a un bicho raro. Les sorprendía ver a alguien tan joven dibujando con tanto empeño…

¿Qué opinaba su familia de estas veleidades artísticas? Hombre, mi madre deseaba para mi un trabajo estable por mis problemas con la pierna. Quería que fuese zapatero remendón, que era el destino habitual de los niños cojos en aquellos tiempos.

Cuando iba al Prado, ¿qué artistas le llamaban la atención? Sobre todo Velázquez. uno de mis primeros dibujos fue la cabeza de ese cristo suyo tan bonito. Usé un lápiz de carboncillo que me regaló Ángel Orcajo. ¡Era una maravilla, nunca antes había dibujado con un lápiz así!.

Con 20 años tuvo su primera individual. Se la debo a Joaquín de la Puente, que era profesor en la Escuela de Bellas Artes, que me la preparó junto con José Hierro, el poeta. Presenté una serie de pinturas de encáustica, óleos y dibujos. No se vendió nada. Más adelante, mientras estaba en tercer o cuarto curso, ya hice mi primera exposición “seria” en el Ateneo.

A partir de aquella exposición, su carrera coge velocidad, porque en 1960 sacó por oposición una de las plazas de pensionado para Roma. Sí, y allí estuve cuatro años. Lo viví como un sueño. Me asignaron un estudio amplio y luminoso desde el que se veía toda la ciudad. Al principio estaba tan emocionado que era incapaz de concentrarme para hacer nada.

¿Es cierto que incluso dejó de pintar? No, lo que sucedió es que me di cuenta de que todo lo que llevaba aprendido estaba ya superado. Eso me impulsó a buscar un nuevo camino apoyándome en la literatura, en lecturas como los cuentos de Hoffman, y también en la poesía, sobre todo en Machado y su romance La tierra de Alvargonzález. En la Academia coincidí con el arquitecto Rafael Moneo y con pintores como Agustín de Celis y José Carralero.

¿Cómo vivió el choque de salir de España? En Roma el ambiente político era intenso, estaban los exiliados comunistas españoles y había un activo movimiento antifranquista… Pero yo no he tenido grandes inquietudes políticas, me he dedicado fundamentalmente a dibujar y pintar.

¿Cuáles eran sus rincones predilectos de la ciudad? Me encantaba perderme por la Villa Giulia, un museo que alberga una colección formidable de arte etrusco.

Ha sido un gran viajero, también ha vivido en Francia, en Holanda, en Bélgica, y hasta en Grecia. Sí, allí estuve bastante tiempo, porque quería empaparme bien de su riqueza cultural, de sus grandes museos, del paisaje… Sólo por ver el Auriga de Delfos ya merecía la pena el viaje.

No era frecuente viajar tanto en su época. Es cierto, de hecho, cuando estábamos estudiando en la escuela, mirábamos con admiración al que hubiera ido a París. A mi lo que me ha movido ha sido el deseo de conocer los grandes museos. Además, viajar te abre la mirada.

Creo que guarda buenos recuerdos de su estancia en Japón. Los mejores, fue en 2006, y estuve dos meses invitado por la Universidad de Nara para dar un curso de pintura al óleo. Le contaré un detalle: al término de cada clase, los alumnos se levantaban para despedirme entre aplausos… He sentido una conexión con Japón desde siempre. Solía dibujar con una caña de bambú que afilaba yo mismo con una cuchilla. Me siento vinculado a maestros como Hokusai o Hiroshige, y el uso de colores planos, el sentido decorativo de las escenas, todo eso está en mi pintura.

¿Cómo se ha reflejado este cosmopolitismo en su obra? De una forma natural. Cuando estuve en Italia, por ejemplo, estudié los grandes frescos de Piero della Francesca, y también profundicé en la pintura pompeyana. Hice un viaje inolvidable a Pompeya con Carmen, mi mujer, acompañados de José María Luzón Nogué, catedrático de arqueología de la Complutense que dirigía el Proyecto de Excavación de la Casa de la Diana Arcaizante.

¿Qué artistas internacionales le interesaron? En Roma descubrí al pintor italiano Renato Guttusso, representante del expresionismo… y entre los clásicos, me quedo con la triada Rembrandt, Velázquez, Goya; y de los tres, este último, para mi, es el más importante.

¿Por qué? ¡Por todo!. Por su oficio, por su dibujo, por su imaginación única… era un retratista portentoso, justo ahora en el Museo de Bellas Artes de Bilbao se han presentado unos retratos suyos a los que se les había perdido la pista. Goya tiene una vitalidad, una fuerza, que lo convierten en un pintor modernísimo.

¿Cómo es la relación con sus cuadros? Procuro disfrutar mientras pinto. Ahora, debido a unos achaques en la espalda, no aguanto tanto tiempo de pie y suelo trabajar sentado. Además, cuando me pongo delante del lienzo en blanco ya tengo una idea bastante exacta de lo que quiero hacer. Hago muchos esbozos preliminares.

¿Se considera un pintor rápido o deja madurar el cuadro? Depende del tema del cuadro también… Uno de mis proyectos más ambiciosos fueron los murales que hice en la Ermita de San Nicasio de Leganés (Madrid), una joya arquitectónica de Ventura Rodríguez, en los que invertí casi un año. Eran dos retablos, pintados al óleo sobre tela de Bélgica, en los que se relataba la historia de un santo misterioso, San Nicasio, del que en Notre Dame se conserva una figura sin cabeza, porque, tras ser decapitado, siguió andando y obrando milagros…. Tuve que pintar con el pincel unido a un bastón para poder llegar a todos los rincones. Me pasé casi seis meses encaramado a un andamio de siete metros…

Una de las facetas más sustanciosas de su producción ha sido la gráfica. Con Dimitri Papagueorguiu crearon la colección de artistas grabadores españoles Conocí a Dimitri en un momento en que él no tenía posibilidades de montar un taller y le ayudé comprando la prensa litográfica y un tórculo. Nos instalamos en un sótano de la calle Ilustración y, a su lado, aprendí todo lo que sé de grabado. Luego cuando me concedieron la beca para Roma, le cedí mi parte y él, conoció a Saura y a los artistas del grupo El Paso y empezó a desarrollar su potencial, pero yo ya no estaba en el proyecto…. De la gráfica me ha atraído el aguafuerte, el linóleo, el grabado sobre madera pero, por encima de todo, la litografía, por sus enormes posibilidades expresivas.

¿Cómo ve la gráfica hoy? Toda esa idea de intentar hacer un libro-joya, ha cambiado mucho y se ha convertido en un proceso más mecánico. Pero tuve la suerte de conocer a editores de la vieja escuela, como Rafael Díaz Casariego, que hizo elogiadas ediciones de los Caprichos de Goya, y a mi me encargó una serie de litografías y aguafuertes para ilustrar una de las Novelas ejemplares de Cervantes, El coloquio de los perros. Goya fue uno de los artistas que más creyeron en el grabado como medio de difusión, de hecho, la edición que tengo de los Caprichos, dice incluso el sitio en el que se podían comprar.

Como dibujante ha recibido distinciones como el Premio Penagos. ¿Qué importancia tiene el dibujo para un pintor? Es el armazón imprescindible de la pintura. No hay ningún gran pintor que no sea un gran dibujante. Antes en las escuelas se le concedía gran importancia al dibujo, a los valores de la composición, a la perspectiva… pero ahora todo eso ya no importa. Hoy todo vale.

¿Se considera un pintor literario? Le dedicó a Quevedo su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes, y ha ilustrado muchos textos de escritores como Jorge Manrique, Neruda, Juan Ramón Jiménez, Dámaso Alonso… De Quevedo admiro su sentido del humor inteligente y corrosivo, su variedad temática, su sorprendente capacidad de invención… A Dámaso Alonso lo traté y disfrutaba mucho de nuestras charlas, podíamos pasarnos toda una tarde hablando de viajes…

Toda su obra está impregnada de un tono lírico De la poesía me interesa todo, los líricos griegos, los poetas latinos, nuestro Siglo de Oro, Cernuda, Bergamín, Guillén… En 2010 conocí la historia de la poeta italiana Alda Merini, que llegó a ser candidata al Nobel, que estuvo internada en un manicomio y tuvo una vida personal turbulenta. Sus versos, transgresores, intensos y dolorosos, me inspiraron un cuaderno de dibujos [me lo enseña pasando con emoción las páginas].

¿Con qué artistas de su generación ha tenido más contacto? Francisco López, que murió hace un par de años, fue gran amigo mío. Ésa maternidad era suya [dice señalando un tierno relieve]. Y con Alfredo Alcain mantengo una estrecha amistad desde que nos conocimos en la Escuela de Artes y Oficios.

Su otro gran amor ha sido la música. Además de ser un consumado melómano también aprendió de forma autodidacta a tocar el violín. La música ha sido consustancial con mi condición de pintor. He estudiado violín al mismo tiempo que dibujo. No fui al conservatorio pero he tratado a muchos violinistas que me fueron enseñando. He tocado mucho, sobre todo Bach y Mozart, pero ahora lo tengo más abandonado [dice mientras mira la funda que reposa debajo de la mesa en la que hacemos la entrevista]. Una de mis lecturas favoritas ha sido Rilke y la música, de Antonio Pau. Y pinté un cuadro-retrato sobre la música que me encargó Antón García Abril. Le retraté a él y a su mujer, la pianista Áurea Ruiz, con un fondo que recrea el cosmos.

¿Considera que en los museos españoles están bien representados los artistas de su generación? Yo lo que siento es que he sido afortunado de haber pintado lo que he querido. En el Reina Sofía hay infinidad de cuadros que llevan años sin ser expuestos, guardados en los almacenes. Creo que hay lagunas por subsanar, y también muchos artistas interesantes olvidados. Me viene a la cabeza ahora mismo, por ejemplo Luis de la Cámara, de quien tengo algunos dibujos, y cómo él, tantos otros…

¿En qué trabaja ahora? En este cuadro grande que es una metáfora contemporánea del rapto de Europa [señala el gran lienzo que tiene en el caballete]. Y también he ilustrado El Lazarillo de Tormes para la editorial El reino de Cordelia. Me ha fascinado que un libro pueda ser tan sencillo y tan complejo al mismo tiempo. Cuando lo terminé sentí que podía volver a ilustrarlo de nuevo y haría algo completamente diferente porque sus posibilidades de interpretación son inagotables.

¿Qué ha supuesto compartir su vida con otra artista [la pintora Carmen Pagés]?. A veces no se sabe donde termina uno y empieza el otro porque han sido cincuenta años de relación estando juntos las veinticuatro horas del día. Compartimos casa y estudio, y lo hacemos todo juntos. Aunque tenemos universos diferentes, el mío más onírico y surrealista, y el suyo más político y crítico, nos complementamos a la perfección.

ALCORLO