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Inicio » Entrevista » Martín Chirino: «Soy un expresionista»

Martín Chirino (Las Palmas de Gran Canaria, 1925), artista del grupo El Paso y uno de los escultores más valorados de nuestro país, muestra esculturas y dibujos en la Galería Oriol de Barcelona; el artista está representado con obras de distintas épocas, como una Composición constructivista, de su colección personal y no a la venta, de 1957, año en que se funda El Paso y al que el artista se incorporó un año después, una cabeza de sus retratos, como crónica del siglo XX, sus homenajes a Marinetti, y sus poéticos vientos y espirales. Artista comprometido, Premio Nacional de Artes Plásticas 1980, tuvo un importante papel en gestión cultural, especialmente durante los difíciles años de la transición. Fue Presidente del Círculo de Bellas Artes de Madrid entre 1983 y 1990, e inspirador e impulsor del CAAM (Centro Atlántico de Arte Moderno), del que fue director desde 1989 a 2002. Marga Perera

En la exposición hay una “Composición constructivista” de 1957, una pieza muy significativa de los años de El Paso… Sí, fue una época de inspiración constructivista, tenía gran admiración por los maestros constructivistas y fueron inspiradores de mi obra, aunque nosotros, como grupo, estábamos más próximos al informalismo. A mediados de los años 50 hubo una gran ebullición del arte, con nuevos conceptos e incluso con una nueva moral, y los constructivistas influyeron en mi obra y sentí una gran veneración por todos ellos.

A estas piezas constructivistas usted las llamó “herramientas”… Estudié forja y aprendí en los talleres haciendo balcones y rejas; en una ocasión descubrí unas rejas antiguas, con unas formas que despertaron mi pasión por el hierro, e incluso llamé “rejas” a algunas de mis obras.

En El Paso, tal vez fue más poético usted que los pintores… Tal vez la escultura en hierro inspiraba una poética inherente al material, pero también empecé a relatar los momentos y circunstancias que me tocaron vivir. En la exposición Saura/Chirino de la galería Biosca de Madrid, en 1962, expuse una escultura, titulada Inquisidor, obra de contenido social, los responsables de Cultura cerraron la exposición. Realmente, estábamos todos muy comprometidos. No obstante, también hice piezas dedicadas a Santa Teresa inspiradas en Bernini.

¿Qué tal se llevó con Saura? Fuimos grandes amigos hasta el final y tuvimos un gran respeto el uno por el otro.

¿Qué importancia tuvo Manuel Conde como poeta? Manuel Conde fue teórico y junto con José Ayllón fueron los críticos del grupo. Entonces, en el arte contemporáneo y en una sociedad dividida, la prensa y la crítica de arte nos trataban tan mal, que El Paso creó sus propios comunicadores, como Ayllón y Conde, buen poeta.

Volviendo a las “herramientas”, ¿cuál fue su concepto básico? En el fondo, eran herramientas inútiles, porque era imposible crear en el ambiente en el que vivíamos, la prensa era muy dura con nosotros. Mis herramientas eran poéticas e inútiles, eran como un desafío al entorno.

Algunas de estas herramientas usted las llamó “raíces”, ¿fueron ya una aproximación al paisaje o algo más crítico? Mi voluntad ha sido ahondar en el entorno; no soy un abstracto riguroso, soy un expresionista, y por tanto el relato de la obra está muy cerca de la realidad siendo imposible evadirse de lo real. Herramientas, Raíces, Inquisidores… todo es muy de la época que me tocó vivir.

Sus espirales también empezaron en los años 60, ¿qué fuerza tiene esa espiral que ha pervivido durante tantos años? Siempre he creído que se parte del origen y que se va de lo particular a lo universal. La espiral toma forma en los vestigios que dejaron los aborígenes prehispánicos, los guanches, primeros pobladores de Canarias; tenían un sentido mítico, una mitología propia, y en los solsticios de verano subían a las montañas más altas y miraban hacia el cielo, que entonces si duda debía ser más claro, para mirar las galaxias; lo interpretaron como el movimiento de los dioses, y dibujaban de manera obsesiva las espirales en las montañas. Para mí, estas imágenes fueron un sentimiento muy arraigado y profundo del pueblo del que procedo.

Ahora Lalo Azcona está editando un catálogo razonado de su obra, ¿cuántas obras hay ya catalogadas? Ahora se ha terminando el primer tomo, con unas quinientas obras ya catalogadas, y con la posibilidad de continuar otro tomo, que tardará unos cuantos años, ya que sigo trabajando y están apareciendo esculturas que debían haberse recogido en ese primer tomo.

¿Sigue trabajando? Trabajo todos los días, quiero morirme con las botas puestas… es que no sé hacer otra cosa que estar en el hermoso jardín de mi taller. Sigo haciendo esculturas, siempre al pie del cañón, y hago bocetos y esculturas a gran escala, no colosales, pero a la vez, sigo haciendo el mismo tipo de esculturas.

¿Hace dibujos o también esculturas? De todo. Los dibujos son como un campo de batalla; me gusta el papel y el lápiz como herramientas, y voy dibujando una escultura sobre otra, en el mismo papel, y se va creando como un cosmos; a los coleccionistas les gusta, aunque yo nunca lo he pensado como algo para vender, es algo inquietante lo que surge… En la obra de Julio González pasa igual; el dibujo del escultor está más descuidado que el de un pintor, es más objetual, no tiene una estética añadida. Miguel Ángel dibujaba apasionadamente pensando en cómo traducirlas.

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