
Que en una subasta lleguen a pagarse 83 millones de euros por una pintura de Picasso no es una excentricidad del mercado, pues la mejor manera de asegurar un capital es comprar una obra maestra de Picasso. Si se ha generado un capital de esta magnitud, con toda probabilidad se puede volver a generar y además se tiene un Picasso, que no hará otra cosa que revalorizarse, en cambio, renunciar a un Picasso es una pérdida irreparable y ese capital invertido en otros productos podría reducirse significativamente. Cada vez es más difícil encontrar obras maestras de Picasso en el mercado, hay más demanda que oferta, y naturalmente los precios suben. Pero ¿qué tiene Picasso que garantice esta inversión?, un breve repaso histórico puede ayudarnos a hacernos una idea.
Pablo Picasso ha sido el artista más importante del siglo XX y su genial aportación ha sido trascendental: primero, por el cubismo, después, por el collage. Por eso podemos afirmar que Picasso, de algún modo, está en el origen de todas las vanguardias; fue tal la ruptura del cubismo con la representación de la realidad, que para la mayoría de los artistas significó la tabula rasa que buscaban, y fue a partir de la experimentación con el cubismo junto a las diversas ideologías de los artistas que fueron naciendo las vanguardias del siglo XX.
Tiempos difíciles
Los años del cambio de siglo fueron tiempos muy difíciles para los artistas que estaban en París; fue en casa de los Stein, coleccionistas y protectores de artistas, donde Picasso y Matisse, los artistas de más prestigio entre la comunidad artística parisina, eran comensales habituales compartiendo su entusiasmo por Cézanne, quien, según Picasso “era su único maestro”. Se admiraban mutuamente, en una ocasión Matisse le pidió a Picasso que le dejara una de sus pinturas, “unas semanas, a fin de poder contemplarla a placer”. Y siguieron intercambiándose pinturas. Al morir Matisse, Picasso dijo: “hay ciertas cosas que no podré hablar con nadie después de la muerte de Matisse” y a menudo le decía a Penrose: “En el fondo, sólo hay Matisse”. Cuando se celebró la exposición fauvista en el Salón de Otoño de 1905 en París, Leo Stein compró Mujer con sombrero de Matisse, decía que "era una cosa brillante y enérgica, pero la más repulsiva mancha de pintura que jamás había visto". Si esta pintura de Matisse despertaba admiración y alarma, no podemos ni siquiera imaginar lo que despertó Picasso cuando pintó lo que él llamó su “primera tela de exorcismo”, Les Demoiselles d’Avignon. Braque, que entonces estaba pintando paisajes fauvistas, cuando vio el cuadro exclamó “¡Picasso se ha bebido la trementina!”, aunque luego compartiría con él la aventura cubista. Lo pintó en verano de 1907 después de un largo proceso de estudios previos. Era tan brutal para aquella época, que ni Picasso se atrevía a mostrar el cuadro, y solo podía ir a verse a su estudio, auténtico lugar de peregrinaje. Por fin, se expuso por primera vez en 1916 en el Salon d’Antin y no se había reproducido antes más que en 1910, en Architectural Record, con un artículo de Gelett Burgess y una pequeña reproducción con pie de foto Study by Picasso, cuando la tela todavía no tenía título. Picasso la vendió a precio de saldo y en 1937 fue comprada por el MoMA por 28.000 dólares....Reportaje completo en la revista
© del texto Sam Keller y Dieter Buchhart
Extracto del prólogo del catálogo editado por la Fundación Beyeler

© 2010, The Estate of Jean-Michel Basquiat, New York. Foto: Lizzie Himmel
© 2010, ProLitteris, Zürich


