
Pocas mujeres artistas habrán sido tan afortunadas como Lavinia Fontana (1552-1614): se casó con un pintor de origen noble, Gian Paolo Zappi, que renunció a su carrera artística para ocuparse de las tareas domésticas, cuidar de los hijos y pintar los fondos de las pinturas de su mujer, mientras ella atendía importantes encargos públicos y privados. En 1603 la familia se instaló en Roma, donde Lavinia Fontana fue elegida pintora oficial de la corte del Papa Clemente VIII y tuvo como mecenas a los Boncompagni, además de ser distinguida como miembro de la Academia Romana. Pero esto, aunque fue real, es como un sueño, porque lo normal es que sea la mujer quien acabe renunciando, y por otra parte, durante siglos, muchas de las obras de mujeres artistas han sido falsamente atribuidas a pintores hombres. Por eso, muchas veces la mujer ha tenido que adoptar un rol considerado socialmente más masculino para reivindicar su trabajo, como fue el caso de Artemisia Gentileschi, una pintora potente, que no quería pintar bodegones ni retratos de la nobleza, sino temas heroicos y trascendentes, como los que pintaba su padre y sus amigos pintores. Por ello, Artemisia Gentileschi ha sido una de las pintoras con las que las feministas se han identificado, como también se han identificado con Louise Bourgeois, aunque la artista norteamericana, en una entrevista que tuvimos hace años, me comentó que no se consideraba feminista.
Como siempre, los límites entre las cosas complejas no son claros: una cosa es la naturaleza de lo femenino y de lo masculino y otra es el papel social que se cree -o creemos- que debemos interpretar. Todos tenemos un principio masculino y otro femenino; Carl Jung llamó anima al aspecto femenino presente en el inconsciente colectivo de los hombres, y animus al aspecto masculino presente en el inconsciente colectivo de la mujer; ambos son los arquetipos con los que nos comunicamos con el inconsciente colectivo general, y según Jung, lo ideal es desarrollar ambos principios, todo nuestro potencial, para llegar al equilibrio. Entonces, ¿podemos distinguir un arte feminista y un arte femenino? Hemos entrevistado a algunas mujeres artistas para que nos den su opinión, y precisamente, Ediciones Trea acaba de publicar el libro Mujeres de ojos rojos. Del arte feminista al arte femenino de la filósofa Susana Carro, un análisis de las relaciones entre arte, política y filosofía, donde apunta que sí hay un arte feminista y un arte femenino, y hemos podido entrevistarla también para saber su opinión sobre cómo diferenciarlo: “La diferencia fundamental entre el arte feminista y el arte femenino -explica Carro- radica en sus alianzas intelectuales: el primero se vincula al feminismo de la igualdad y el segundo al feminismo de la diferencia. El feminismo de la igualdad (nace con la Ilustración y llega al siglo XX de la mano de pensadoras como Simone de Beauvoir, Kate Millett y Shulamith Firestone) se presenta como instrumento para denunciar la situación de opresión en que las mujeres viven y postula un proyecto político donde queden abolidas las diferencias de género...
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