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Inicio » Entrevista » Mundos soñados

Como si fuera una moderna encarnación de El geógrafo que pintó Vermeer, Riera i Aragó, que este mes expone en la galería Marlborough, ha dejado constancia en sus pinturas y esculturas de su fascinación por el mundo científico-técnico, ideando artefactos como aviones y submarinos, con los que viajar, a través de la fantasía, hacia geografías soñadas. Marga Perera. Foto: Sara Riera

¿Cómo fue su primera experiencia memorable con el arte? Siempre he tenido interés por dibujar, no tanto por pintar, y pensé que eso me llevaría a dedicarme al arte. Pero tras empezar Bellas Artes enseguida me di cuenta de que la única manera de encontrar un camino personal no era hacer un arte figurativo, como el que yo venía haciendo desde 1973, cuando realicé mi primera exposición, sino que se trataba de ver un poco más en profundidad, no sólo como espectador sino más analíticamente, la obra de dos artistas que ya entonces me interesaban mucho, que son como mis ‘abuelos’, Joan Miró y Paul Klee; ellos me permitieron ver que el camino está hacia dentro, y que no hay que reproducir la realidad sino expresar el mundo interior.

¿Y cómo lo logró? Durante un año seguido, es decir, a lo largo de 365 días, al final de cada uno, dibujaba su historia, como un diario en imágenes, y antes de ir a dormir explicaba toda la jornada, lo que había visto, comido, pensado, dónde había ido, con quién… Resultó un ejercicio pesado porque empiezas con mucha ilusión pero a los dos meses estás agotado. Al final era durísimo porque unas veces estabas muy fresco, pero otras, por la noche estabas exhausto y resultaba duro sentarte a la mesa de trabajo para pensar en todo lo que habías hecho. Pero este trabajo tenía dos ventajas: una era ver que dibujaba cosas que se repetían a menudo y otra, que cada día tenía que inventar imágenes para las cosas nuevas que habían pasado. En ese momento, yo tenía ya dos intereses muy poderosos, las máquinas y el mundo científico y técnico y, simultáneamente, la exploración de mundos desconocidos que me apasionaban, como son el fondo del mar y el cosmos. Entonces encontré los medios para llegar a estos mundos ignotos construyendo unas máquinas, como los submarinos y los aviones. Así empecé a desarrollar una imaginería de artefactos que han poblado mi obra y que para mí son vehículos para explorar territorios desconocidos.

¿A partir de dónde evoluciona esta imaginería de los artefactos? Estas formas de submarinos y aviones evolucionan de una de las imágenes del diario, la representación del hombre, que en este diario acabé representando con una forma de ojo, como una elipse. A esta elipse le puse una torrecita encima y fue un submarino, la puse debajo y fue un zepelín, la puse doble y en vertical y fueron hélices. De modo que la forma ha ido manteniéndose pero evolucionando y ha tenido contenidos diferentes en su propia evolución.

Algunos de sus elementos tienen connotaciones antropomórficas Sí, básicamente los aviones; los submarinos están siempre en la obra, pero aparecen y desaparecen, quizás dependiendo de momentos de más introspección, como el propio submarino, que se aísla del mundo exterior para sobrevivir. Los aviones, en cambio, son formas expansivas, más abiertas, tienden a volar, se desarrollan en el espacio y en algunos casos se vuelven más antropomórficos, como es el caso de los Arales. Quizás podríamos llegar a la conclusión, como decía Giacometti, que todo es un autorretrato. Yo me he identificado mucho con esta frase porque cuando
haces estas cosas estás expresando sentimientos y emociones, por tanto, estás haciendo un autorretrato de ti, no físico, sino de tu alma.

Usted estudió Bellas Artes La empecé… Me presenté al examen de ingreso en 1972, pero no pasé el corte. Entonces solamente entraban 60 alumnos y por ello el acceso era muy difícil, así que empecé Filosofía y Letras; pero a los pocos meses me detuvieron en una manifestación contra Franco y me expulsaron de la Facultad; estuve detenido un mes en la cárcel Modelo de Barcelona porque las órdenes que venían entonces de Madrid eran que un detenido que iba a ser juzgado por el TOP (Tribunal de Orden Público) tenía que ser expulsado de la Universidad. Así tuve tiempo para pintar y pedí exponer en una pequeña galería de Barcelona y ésa fue mi primera exposición; era junio de 1973, yo tenía 18 años. Al curso siguiente, volví a presentarme a Bellas Artes, ya había aprendido lo que había que hacer, que era un examen de tipo decimonónico dibujando estatuas, y aprobé el examen, pero no aguanté en la Facultad más de un año.

Parece que le impresionó mucho el viaje que hizo a Marruecos en 1987 Sí, estuve por el Anti- Atlas y fue un viaje iniciático, creo que por esta cualidad telúrica que tiene África, que te llega algo tan profundo que te marca; primero, por la juventud y también porque solamente había viajado por Europa viendo museos; fue un gran contraste estar varios días en el desierto sin ver absolutamente a nadie y de pronto encontrar un pastor con cabras vestido con túnica, era como volver al origen; habían pasado veinte siglos y estaba todo absolutamente igual. Hay lugares en el mundo que poseen una magia difícil de definir pero en los que te sientes en conexión con todo; eso allí se produjo en varios sitios, especialmente en el desierto, que es un territorio de un gran vacío, de un gran silencio, y la naturaleza tiene una presencia arrolladora.

¿Podríamos decir que marcó un punto de inflexión en su trabajo? Sí, esta experiencia fue en 1987, después de mi exposición en la galería Joan Prats en 1985, y me hizo cuestionar toda la obra que había hecho hasta ese momento. Yo me basaba mucho en el objeto encontrado y eso me producía una cierta dependencia para encontrar las cosas, los materiales… y quise prescindir de todo eso para abrir caminos nuevos; entonces empecé a trabajar con grandes formatos con la idea de ampliar el mundo y sobre todo comencé a descartar los procedimientos técnicos más habituales de Bellas Artes trabajando con componentes más industriales, y utilicé productos químicos, fuego, asfalto… materiales no habituales en el terreno del artista plástico. Y el hecho de poner en crisis toda la obra hasta 1985 está relacionado con ese viaje a Marrakech.

¿Cómo fue su experiencia en el mar de Aral? Los Arales hacen referencia a una figura que vi en el mar de Aral cuando se había secado y todos los pueblos de alrededor que vivían del mar habían tenido que marchar, se produjeron enfermedades terribles por la salinización de la tierra y me impresionó muchísimo, así que hice esta obra transformando la forma del avión en una silueta antropomórfica, melancólica, gestual, una figura que mira al horizonte, añorando el mar que va desapareciendo; son dos personajes, como un padre y un hijo, que miran cómo el hombre ha destruido la naturaleza, como interrogándose en silencio sobre lo que pasa.

¿Y estos pequeños aviones? Es una serie que hice en un momento difícil porque a Pilar, mi mujer, le diagnosticaron un cáncer de mama, del que afortunadamente se recuperó; me encerré en mi estudio haciendo estas piezas, fue como una cosa muy secreta. Un día, Mercè Ros, directora de la Galería Marlborough Barcelona, me propuso exponerlas, ya que no se habían visto. No son maquetas, cada una de ellas tiene un planteamiento tan riguroso como la escultura; formas, materiales, colores, texturas…. Fue una experiencia catártica y yo me hacía preguntas sobre mi propia crisis. El pequeño tamaño permite la inmediatez, la proximidad y poder coger la pieza con las dos manos; no necesitaba una escala mayor, este punto de intimidad era justo el que yo precisaba en aquel momento. Es una serie creada como si fuera un poema y tiene un final. Cada una tenía un nombre, como un mote, pero al exponerlas, decidí poner nombres de constelaciones en homenaje a Miró porque hizo sus Constelaciones también en un momento personal difícil.

También ha tenido vínculos con Japón. ¿Qué le ha interesado de la cultura nipona? Japón me interesó muchísimo. Fue una de estas suertes que se tienen en la vida. Un grupo de arquitectos y urbanistas estaba construyendo una nueva ciudad para cien mil habitantes en la región de Kansai y buscaban un escultor europeo para poner una escultura en el centro de la ciudad. Me eligieron a mí porque decían que encontraban algo oriental, algo Zen, en mi obra. Aunque parte de la obra se realizó aquí, otra muy importante se produjo allí y tuve que ir bastantes veces a Japón; y en esta inmersión en el universo nipón, en la cultura de los templos, en el mundo del silencio, en el que el respeto al hombre y a todo lo que es sagrado es fundamental, con una sencillez tan llana… uno se da cuenta de que todas las civilizaciones tienen una base común, que puede desarrollarse en diversos sentidos, pero que muchas veces es la fuente de todo el arte.

Algunas de sus esculturas parten del reciclaje de un viejo remolcador Hace años se desguazaban barcos en el puerto de Barcelona, y, cuando yo trabajaba con materiales de reciclaje, a menudo iba allí. En cierta ocasión estaban desguazando el remolcador Montserrat, que ya se había hecho viejo. Compré muchos de los hierros que estaban cortando para utilizarlos para mis esculturas. Era un hierro acerado muy bueno, pero como estaba cortado con soplete, que quema la pintura, daba una impronta particular a mis esculturas, una pátina, una memoria de los materiales, un pasado, algo característico de mi obra en una época determinada.

En esta muestra, un submarino, que parece rescatado de un naufragio, del tiempo y del mar, da la bienvenida al espectador Es como la corteza de un submarino y sobre todo para mí representa mi permanente obsesión por el sentido de la ingravidez, del equilibrio… Los aviones flotan en el aire, los submarinos en el agua… Para este submarino he hecho el original en cera, para fundirlo a la cera perdida, por tanto es una pieza única, que logra ese punto sutil de ligereza y fragilidad; es además un material que permite expresar el paso del tiempo, el final de una civilización… La oxidación del bronce evoca un pecio, la memoria de los materiales y del pasado.

No están en la exposición, pero también ha creado islas Sí, las islas para mí son de las cosas más especiales que he hecho nunca porque me han hecho sentir como un demiurgo, en el sentido en que consigo, a muy pequeña escala, reproducir la naturaleza escultóricamente. Aquí, el agua, que es una parte muy viva de la propia escultura, tiene mucha relación con su efecto en los materiales, como las oxidaciones, los reflejos… y esto me descubrió todo un mundo, porque podía crear paisajes imaginarios soñados por mí, como las islas y su relación con la mitología. En las islas siempre he hecho intervenir el azar porque no hay ningún color impuesto sino que son los efectos de la oxidación de los materiales: los azules y los turquesas son producidos por la oxidación del cobre, los tonos blancos por la oxidación del estaño y el plomo, y los verdosos, por la oxidación del cobre…

La exposición se titula La mirada del geógrafo Es por la relación con la naturaleza, con el territorio, y porque me parece importante el papel del artista en este contexto. En el cuadro de Jan Vermeer, El geógrafo, siempre me ha parecido fascinante cómo mira la ventana, está apoyado con el compás en la mano, los mapas en la mesa, el globo terráqueo detrás… pero imaginando viajes, sueños, proyectos…; yo interpreto al artista como alguien que elabora una geografía emocional y personal, no física, pero sí con una mirada de ensueño, con la que se crean todos los mundos, los artefactos, las máquinas…es la mirada de la imaginación.

Riera i Aragó