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Inicio » Archivo » Sandra Álvarez de Toledo: “Me gusta la fotografía que se inspira en la literatura”

Mi apellido, Álvarez de Toledo, es genuinamente español, sin embargo, yo no soy española sino francesa, y vivo en París. El nombre proviene de una antigua familia española, pero ya mi abuelo, Illan Álvarez de Toledo, nació en Nápoles y sus antepasados llevaban establecidos en el sur de Italia desde el siglo XVI. Por eso realmente me identifico más con Italia que con España, y de hecho hablo el italiano mejor que el español. En 2005 fundé una editorial, Les Éditions de L’Arachnéen (www.editions-arachneen.fr) cuyo nombre procede del título de un ensayo de Fernand Deligny, un trabajador social y escritor francés. El primer libro que publicamos fueron las obras completas de Deligny (sus escritos y dibujos), un volumen de unas 1.850 páginas.
El Macba también ha publicado un libro de Deligny, Permitir, trazar, ver del que yo fui editora. Se trataba de una versión resumida del libro original”, es la fascinante carta de presentación de la coleccionista Sandra Álvarez de Toledo que, durante estos últimos veinte años, ha reunido una soberbia colección de obras fotográficas y gráficas, esencialmente dibujos, que puede contemplarse en la exposición Objects de Mon Affection (Le Point du Jour. Centre d’Art Editeur. Cherburgo. Hasta el 25 de septiembre). El título de la muestra está tomado de una obra de Man Ray, un retrato del afamado coleccionista Edward James, que también se incluye en la exposición.

¿Cómo llega al mundo de la fotografía?
Descubrí la fotografía en Marsella, mientras trabajaba en una exposición sobre las relaciones entre el arte y el cine (1989), Peinture, cinéma, peinture: el que no hubiera ni una sola fotografía en la exposición picó mi curiosidad por la historia de la fotografía.

¿Y cuándo se descubre como coleccionista?
¡Nunca me he considerado coleccionista!. Lo primero que adquirí, en una galería que ya no existe, fue una serie de Bernd y Hilla Becher. Comprarla fue, para mí, un intento por comprenderles mejor. Yo tenía 35 años, y estaba decidida a estudiar historia del arte. Antes de eso, había sido bailarina y había trabajado en el cine durante años.

Háblenos de su colección… ¿Qué la hace diferente?
Después de los Becher, me interesé por el trabajo de Walker Evans, gracias al fotógrafo Patrick Faigenbaum, que me había dado a conocer Muchos son los llamados, el libro de retratos sobre el metro de Evans.
Este libro me dejó asombrada, decidí que fuera el tema de mi doctorado y, al mismo tiempo, me propuse encontrar y comprar algunos de estos retratos del metro. Viajé a Estados Unidos y los busqué por varias ciudades: Nueva York, Chicago, Los Ángeles, y San Francisco.
La obra de Evans me fascinó, la estudié, y fui reuniendo poco a poco cerca de medio centenar de fotografías de época, relacionadas con los retratos del metro, en mayor o menor medida …
¡Fue un periodo muy feliz y emocionante!. Walker Evans me condujo hasta Helen Levitt, Weegee, Ben Shahn… He trabajado mucho sobre Helen Levitt, he publicado algunos textos e hice la selección de sus obras para la Documenta X, donde la descubrió por primera vez el público europeo. En aquellos momentos me interesé por la fotografía documental de una forma excesivamente sistemática, hasta tal punto que eso hizo que descuidara a algunos artistas.
Una colección la constituyen, por igual, las obras que están y las ausencias. Recuerdo haberme sentido muy atraída por Claude Cahun la primera vez que vi sus fotografías, pero por aquel entonces el surrealismo era un movimiento que no conocía demasiado bien, supongo que estaba cohibida… el caso es que me perdí a Cahun.
Así que más adelante me acordé de la actitud tan tonta que había tenido, y empecé a comprar las fotografías que me atraían de forma intuitiva, un Brancusi, un Atget, una hermosa serie de Helmar Lerski, el fotógrafo expresionista alemán, dos fotografías pintadas de Gerhard Richter, etc. Pronto mi colección se volvió un poco caótica, perdí la perspectiva entre investigar y coleccionar, y entonces me detuve.
En aquellos años yo estaba casada con Jean-François Chevrier, que era y sigue siendo un gran historiador del arte y la fotografía. Solíamos discutir mucho sobre fotografía y él trabajaba con un montón de fotógrafos jóvenes (y menos jóvenes) a quienes yo ayudaba adquiriéndoles obras: Suzanne Lafont, Robert Adams, Jean-Luc Moulène, Craigie Horsfield, John Coplans, Marc Pataut, Jean-Louis Schelkopff … Muchas de las fotografías se han expuesto en España, sobre todo en el MACBA. Recientemente, también he adquirido algunos trabajos de sus discípulos más jóvenes, Claire Tenu, Maxence Rifflet, Anaïs Masson, Madeleine Bernardin-Sabri. Todos son artistas muy serios y talentosos…

¿Cuáles son las estrellas de su colección?
Bueno, siento un especial cariño por las fotos de Walker Evans. Forman un conjunto muy coherente, y estas pequeñas imágenes, que ofrecen una visión penetrante y aguda de lo que ha sido la cultura americana en los años 30 y 40, todavía me siguen emocionando. Son muy literarias, Evans, como sabe, se inspiraba mucho en la literatura; la literatura y la poesía francesa (Flaubert, Baudelaire), y también en TS Eliott y James Joyce…
La fotografía tiene que tener en cuenta a la literatura. En la década de los 90, compré dos imágenes (transparencias) de Jeff Wall, una de las cuales, Coastal Motifs, es tan valiosa como uno de los más bellos paisajes holandeses del siglo XVII. Tiene la misma calidad contemplativa y documental. Durante todos estos años, también he seguido muy de cerca el trabajo de Anne-Marie Schneider. Poseo unos 30 dibujos suyos, y considero que están entre los mejores que se han hecho en los últimos veinte años. Hablando de dibujos, también tengo tres dibujos de Mike Kelley, uno de los artistas más potentes de hoy en día, dos dibujos de Roberto Matta de los años 40 y uno de Arshile Gorky (1946), que me regaló mi padre, que fue un coleccionista mucho más riguroso que yo, y del que estoy muy orgullosa.

¿Cómo surge la idea de realizar un depósito al MACBA? ¿Suele ceder obras para exposiciones?
Coastal Motifs fue uno de los trabajos incluidos en el depósito en el Macba. Yo había conocido a Manuel Borja-Villel – que entonces era el director del Macba- a través de mi marido, Jean-François Chevrier, que había trabajado regularmente con él. Yo admiraba su trabajo y su enfoque crítico del arte contemporáneo; además la colección del Macba era pobre en cuanto a fotografía.
Así que decidí depositar cerca de 20 obras, no solo de Wall, Coplans, Lafont, Horsfield, sino también de Dan Graham y Jean-Marc Bustamante.
Otra razón de peso es que estas imágenes eran enormes (¡estábamos en los 90!), y, realmente, eran mucho más apropiadas para un museo que para una casa particular.
Yo no era una «coleccionista de arte contemporáneo», no vivía en una casa lo suficientemente grande como para colgar estas fotos. Yo había actuado como una modesta «mécène» y no como coleccionista de arte contemporáneo. En cuanto a la parte «histórica» de la colección, presté fotografías a muchos lugares. Raymond Depardon me pidió la mayoría de los Walker Evans para los Rencontres d’Arles de hace dos o tres años. Y también cedí unas diez fotografías de Helen Levitt a Jorge Ribalta, para la exposición monográfica organizada recientemente en Madrid [Museo de Colecciones ICO].

El mercado de la fotografía vive una edad dorada. ¿Cómo ha vivido este boom?
Yo siempre he comprado lo que me gustaba. Cuando empecé a coleccionar fotografías de Walker Evans, las que todavía quedaban disponibles, algunas eran, incluso, baratas. La historiografía americana y la ideología ya habían influido en los precios de las fotografías. Las fotografías de la «FSA» [Farm Security Administration] que se consideraban parte de la historia heroica de América, eran las más caras. Y yo no podía permitirme adquirir ninguna.
Los retratos del metro no se consideraban tan importantes (lo son ahora), por no hablar de sus «arquitecturas victorianas», que, simplemente, no eran tenidas en cuenta; eran baratas, a pesar de ser obras muy grandes, y representar una etapa crucial del desarrollo artístico de Evans.
El mercado rara vez es inteligente; funciona de acuerdo a las tendencias y a los criterios de inversión.
Si hablamos de artistas vivos, algunos han experimentado un «boom», pero otros están virtualmente desaparecidos.
Es muy difícil que un artista consiga perdurar, es complicado mantener el nivel artístico (muy pocos tienen un final interesante como artistas) y el mercado no resuelve el problema, sino que ‘asesina’ y condena a muchos artistas a la oscuridad y la soledad.

¿Dónde suele comprar sus fotografías?
He comprado la mayoría de los Walker Evans en los Estados Unidos, en la galería de Howard Greenberg. Cuando empecé a coleccionar, él todavía tenía una galería muy pequeña, Photofind.
Howard captó enseguida la clase de fotografías que yo andaba buscando, y nos lo pasamos muy bien. ¡Me mandó las fotos vintage de Walker Evans por mensajero!. Yo las miraba y, no sabía si quedármelas o devolvérselas. Fue muy divertido. Los Jeff Walls se los compré a Marian Goodman, y también varias obras de Lothar Baumgarten. Los artistas vivos casi todos son amigos míos y me encanta visitarlos en sus estudios para ver sus trabajos… No suelo visitar ferias.

¿Cuál ha sido su última adquisición? ¿Recuerda algún descubrimiento emocionante?
Lo último ha sido un tríptico de Anne-Marie Schneider. Me quedé pasmada al contemplarlo. Sabía que su trabajo era bueno, pero nunca había visto una pintura suya en este formato, mucho más grande y vertical que cualquiera de sus dibujos. Me sorprendió ver cómo sostenía el espacio, y cómo había conseguido pasar del dibujo a la pintura. Pero ya no colecciono desde hace años, aunque a veces siento un flechazo por alguna obra. Ahora dedico mi tiempo a la editorial.

¿Se relaciona con otros coleccionistas? ¿Hay alguna colección que le inspire?
No, no conozco a otros coleccionistas. Hace poco compré un libro sobre la colección de Menil. Los señores de Menil actuaban como los Médicis, como emprendedores humanistas. A esa escala, los coleccionistas tienen la gran responsabilidad de escribir un fragmento de la historia del arte, además de su propia historia. Pero yo no me considero una auténtica coleccionista.
Las circunstancias me llevaron a coleccionar durante una época, pero nunca fue una actividad per se. Me sentía atraída intelectual y emocionalmente por algunos artistas, y durante algún tiempo, me apeteció poseer sus obras, para tenerlos cerca de mí. Ahora lo que hago es publicar libros sobre ellos.

¿Convive con su colección?
Mi casa no tiene grandes paredes para colgar todas las fotografías … Cambio el «accrochage» todo el tiempo…

Si tuviera que desprenderse de su colección. ¿De qué obras jamás de separaría?
De los retratos del metro de Walker Evans. Son pequeños, uno puede sostenerlos en la mano.
Sus rostros nos resultan familiares, probablemente porque son anónimos: estas personas son el pueblo estadounidense salido de la Segunda Guerra Mundial, pero eres tú, soy yo, somos nosotros, es la gente común, en algún lugar entre la vida y la muerte, las caras y las máscaras, la tragedia y la comedia. Presentes y ausentes. Son simplemente eternos.

Arte en la basura
“Recuerdo que John Coplans solía venir a nuestra casa de Marsella durante el verano, y jugaba a la petanca con una increíble seriedad… Me acuerdo también de Helen Levitt, en su pequeño apartamento, llevando una chaqueta de seda, muy elegante pero llena de agujeros, fingiendo no entender por qué la gente adoraba sus pequeñas y deterioradas fotografías de época … Y a David Hammons visitando mi pequeño estudio; una vez le enseñé una obra suya que yo tenía y que había sufrido leves daños, y él me dijo que cada obra tenía que vivir su propia vida, y después nos fuimos a pasear por París de noche… Años más tarde, llevé a un almacén aquella pieza, hecha de papel cartón y pelo negro y un día, la gente que trabajaba allí, pensando que era un desperdicio, la tiró a la basura… Siempre me he preguntado qué hubiera dicho Hammons sobre esto. Apenas se oye hablar sobre él en la actualidad. Fue un artista muy bueno, un poeta político.”

Sus objetos de deseo
En la exposición de Cherburgo, pueden admirarse obras de artistas de la década de 1930: pequeños clichés de Raoul Haussman, atento a plasmar su intimidad cotidiana bajo juegos de formas y de luz, una serie de retratos de Helmar Lerski donde el mismo rostro es transformado por variaciones de luz natural, y un significativo conjunto de Walker Evans que fotografió la arquitectura y a los habitantes anónimos de los Estados Unidos en crisis. A estas obras históricas, se suman las investigaciones iniciadas en los años 70: John Coplans mostrando fragmentos de su propio cuerpo, los Becher catalogando de manera sistemática construcciones industriales, la transformación del territorio americano vista por Robert Adams. La exposición evoca también la emergencia en la fotografía francesa de las décadas de los 80 y 90 con artistas como Patrick Faigenbaum, Suzanne Laffont, Jean-Luc Moulène o Marc Pataut. Y muestra trabajos de jóvenes artistas, que fueron alumnos de Jean-François Chevrier en la Escuela de Bellas Artes de París, como Madeleine Bernardin-Sabri, Maxence Rifflet y Claire Tenu. Destaca, además, un rotorelieve de Marcel Duchamp y una caja de luz de Jeff Wall.

Jorge Kunitz

Sandra