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Inicio » Entrevista » Sean Scully, seguir al corazón

La niñez de Sean Scully (Dublín, 1945) recuerda la de los desdichados héroes dickensianos. Después de que su abuelo se suicidara para evitar ser ajusticiado, la familia abandonó Dublín para instalarse en el norte de Londres en una miserable barriada en la que pasó una infancia que ha descrito como “profundamente infeliz”. Su progenitor, que había sido futbolista profesional, se ganaba la vida como peluquero aunque pasaba largos periodos desempleado lo que cargaba de tensión la convivencia familiar. A pesar de que su juventud fue una carrera de obstáculos, Scully demostró una voluntad titánica por superar las adversidades y hacer realidad su vocación artística. Nominado en dos ocasiones al premio Turner y miembro de la Royal Academy of Arts, sus obras forman parte de las colecciones de museos como el Metropolitan y el MoMA neoyorkinos, la Tate Gallery de Londres o el Reina Sofía de Madrid. Además ha sido el primer artista occidental al que un museo chino ha dedicado una retrospectiva. Vanessa García-Osuna

Usted se crió en un barrio humilde de Londres en una familia totalmente ajena al mundillo artístico. ¿Cómo se despertó su interés por la pintura? Nací en Dublín en un vecindario muy deprimido. Cuando vine al mundo, para evitar que acabáramos durmiendo en la calle, nuestros familiares regalaron a mis padres una habitación minúscula, de poco más de cuatro metros cuadrados, en la que acomodarse. Se ubicaba en un terreno (ahora declarado inhabitable) en el que convivíamos con gitanos. Allí viví hasta los 4 años cuando nos trasladamos al norte de Londres donde nos instalamos en un barrio irlandés. Mi acceso al mundo del arte fue, como puede imaginarse, de todo menos fácil.

¿Qué contacto tuvo con el arte de pequeño? En Londres solía acompañar a mi abuela, que era muy religiosa, a rezar a la iglesia. Allí descubrí los iconos, que me cautivaron porque desde niño me gustaba dibujar, siempre tuve una vena artística. En aquella época yo iba a una escuela atroz en la que la violencia era el único recurso del que disponías para sobrevivir. Para colmo estaba justo enfrente de una fábrica de carbón con lo que la suciedad del aire era insoportable… Sin embargo, incluso en ese entorno espantoso, encontré algo que tuvo un impacto positivo en mi vida. Resulta que la sala principal estaba presidida por un cartel que reproducía el cuadro de Picasso, Niño con una paloma. Aquella visión era como un rayo de luz entre las tinieblas. Yo veía esta imagen cada día y, de alguna forma, puedo decir que me salvó.

Hablaba de las imágenes devocionales que había en la iglesia de su niñez y de cómo éstas le habían influido. Durante mi juventud me dediqué a visitar iglesias, especialmente en Italia donde están repletas de obras de arte majestuosas. También fui a conocer la Capilla del Rosario que Matisse pintó para las dominicas de Vence, en la Provenza, así como la que creó Rothko en Texas, que no me gustó demasiado, me pareció una experiencia anodina y casi muerta. La de Matisse, en cambio, era diferente, tal vez más decorativa, pero con una atmósfera decididamente más festiva.

Más tarde le encargaron la decoración de la iglesia románica de Santa Cecilia de Montserrat -­en la que bautizó a su hijo Oisín. Fue un honor porque, aunque yo vivía en Cataluña, no dejaba de ser un artista extranjero. Un encargo así en Alemania, por ejemplo, sería inaudito.

Uno de los artistas con el que más se le ha comparado ha sido Mark Rothko. ¿Qué afinidades y qué diferencias hay entre ambos? Rothko me gusta, por supuesto, pero prefiero a Picasso [dice sonriendo]. Su potencia y fiereza es única. Al fin y al cabo, Rothko es un místico y yo soy un hombre de acción. Mi obra es más violenta, más arrebatada que la suya, aunque también tenga un trasfondo espiritual: yo pincho la superficie de la pintura, con insectos, con ventanas, es una acción agresiva. Yo uso ritmo, líneas en direcciones distintas, lo que hago es muy diferente a Rothko que pintaba lentamente, con pigmento y mucho líquido. Yo utilizo el cuerpo de la materia, enfrento un cuadro contra otro, rompo los bordes… Recientemente he comenzado a producir escultura porque es una extensión de mi interés por lo físico. De Rothko me atrae especialmente su uso del color, aunque también en ese aspecto diferimos. Yo recurro con frecuencia al gris, en una amplia variedad de tonalidades que no tienen equivalencia en su obra. El gris entronca con la pintura europea, y en particular con la española. En la paleta de Velázquez encontramos grises y rosas fantásticos. Siempre me ha interesado mucho la mezcla entre el expresionismo y lo clásico. Fíjese, le diría que tal vez Velázquez me haya influido más que Rothko…

¿Qué le llevó a vivir a Barcelona? Pues por pura casualidad. Teníamos un amigo que nos invitó a pasar unos días en su piso y recuerdo haberme sentido cautivado de inmediato por la ciudad y el ambiente tan optimista y jubiloso que se respiraba. Le hablo del año 1992, cuando se celebraron las Olimpiadas. Aparte de su calidad de vida, me enamoraron sus tiendecitas de barrio porque en Londres o Nueva York, ese tipo de comercios tradicionales, regentados normalmente por un matrimonio, ya habían desaparecido. Este tipo de detalles sentimentales me acabaron de convencer. Y por supuesto también fue definitivo que encontráramos un apartamento fantástico en la calle Ausiàs Marc, el gran poeta medieval.

Usted nació en Dublín, ha crecido en Londres, ha vivido en Barcelona y Munich y ahora reside en Nueva York. ¿Han dejado huella en su pintura estas ciudades? Sí, porque todas te ofrecen algo distinto. El Londres de los años 60 era el epicentro del mundo. Todo lo interesante pasaba por allí en arte, moda, cine, música… Pero la pintura más avanzada se estaba haciendo en Nueva York y tenía que establecer mi estudio allí a pesar de que es una ciudad brutal, horriblemente competitiva. Echo en falta el espíritu tolerante europeo. Si aquí decimos “tal vez este artista sea bueno, aunque a mi no me interesa” allí, sin embargo, todo es en términos absolutos “lo odio, lo detesto..”. ¡Es una guerra!. Para vivir también es una ciudad áspera por eso me he instalado en las afueras, en el campo, rodeado de verde, porque queríamos que nuestro hijo se criara en un entorno más amable.

¿Qué le ha dado Nueva York? Supongo que me ha enseñado a ser una persona más luchadora. Además, a principios de los años 80, esta ciudad hizo posible la reinvención de la abstracción.

Su familia dejó Dublín cuando usted tenía apenas 4 años y no regresó a su ciudad natal hasta treinta años después. A menudo se dice que su obra está conectada en cierta forma con escritores como James Joyce y Samuel Beckett. Creo que mi pintura sí está conectada al espíritu irlandés. En primer lugar porque posee un cierto ritmo, como la música de Irlanda. Y por supuesto, como ocurre en Finnegans Wake o Esperando a Godot, porque trata de la crisis existencial del ser humano (o la figura) en relación a su lugar en el mundo, algo que, en mis composiciones, simbolizo a través de las repeticiones y las franjas de color.

¿Cómo llegó la abstracción a su vida? Fue durante un viaje a Marruecos, cuando era un veinteañero, que me introdujo en el universo geométrico, rítmico y espiritual, pero sin la necesidad de representar la cara de Dios, no es un retrato, es un equilibrio universal, que se refleja hasta en las estrellas. En Marruecos la abstracción está por todas partes: en la ropa, en las alfombras, en los relieves que adornan las mezquitas y que proclaman la grandeza de Alá… Aquel viaje provocó un giro radical en mi obra. Cuando regresé a Inglaterra empecé a explorar el concepto de la línea.

A pesar de ser composiciones abstractas, sus pinturas poseen un fuerte componente autobiográfico. ¿De qué manera los colores le ayudan a narrar su historia? Hay un cuadro mío en el Museo Reina Sofía titulado África (1989) que tiene los colores de mi memoria, porque es un lienzo salido de la imaginación, que evoca la luz cálida (representada en tonos crema y amarillo) sobre una superficie árida, seca, que me recuerda aquella tierra. Este cuadro nos invita a mirar detrás de un muro, a asomarse a una pared de madera para encontrarnos con África. Mi abstracción geométrica es profundamente personal porque la influencia de Marruecos me ha regalado un gran sentido del ritmo.

¿Pone títulos a todos los cuadros? No, hay algunos, como por ejemplo Negro y azul, que tienen nombres asociados al color del cuadro porque éste es un elemento consustancial a mi obra. Mi sentido del color es muy particular, está influido por infinidad de cosas, por lugares como África, México o España, pero también por la pintura italiana del Quattrocento, el minimalismo…

Dice que su forma de pintar tiene que ver, en cierta manera, con el baile. ¿Cómo ve la relación entre la danza y la arquitectura del color? En Marruecos la geometría es una forma del ritmo, no es de orden como es para nosotros como lo fue, por ejemplo, el suprematismo que organizaba el espacio a través de formas distintas, rectángulos, rayas,… que se colocan en distintas posiciones en el cuadro. En mi obra el cuadro está saturado por el ritmo.

Su madre era cantante y usted formó parte de una banda de rock y luego de un club de blues. ¿Puede hacerse una lectura musical de su obra? La música está en mi alma. Le contaré una curiosidad. Mis padres eran unos bailarines consumados y solían participar en concursos. ¡Consiguieron muchos premios!. En Málaga, por ejemplo, fueron subcampeones de tango y pasodoble en la categoría senior, para mayores de 50 años, y en Valencia se proclamaron campeones del mundo. La música ha sido fundamental en mi familia. Yo conectaba mejor con el blues, porque fui un joven muy triste. Buscaba algo espiritual, algo poderoso a lo que aferrarme y que pudiera salvar mi alma. Y lo encontré en el arte.

¿Cómo se tomaron sus padres que fuera pintor? Ellos tuvieron una relación complicada con mi éxito, tal vez se sintieron confundidos con él. Por supuesto, estuvieron encantados cuando les compré una casita [dice sonriendo]. Pero cuando era un joven que intentaba abrirse camino en este mundo tan difícil no me ayudaron nada, jamás vinieron a visitarme a la escuela de arte ni a la universidad, pero, a pesar de esta incomprensión familiar y de que tuve que luchar solo a brazo partido, nunca perdí de vista mi objetivo.

Volviendo a la música, ¿asocia usted etapas de su pintura con música concreta? No, para mí es una forma de compañía, porque cuando se pinta se está solo, aislado, pero es bueno tener un amigo en el estudio. He leído que a Rafael le gustaba que le acompañaran en el taller mientras pintaba, pero ahora gracias a la tecnología podemos tener la música sin necesidad de que nadie te imponga su presencia.

¿Cómo es su proceso de trabajo? ¿Pinta todos los días? Depende, para mí es una cuestión de prioridades. La mía, en estos momentos, es mi hijo. Le llevo al colegio cada mañana, también a las casas de sus amiguitos… y trato de aprovechar el resto del tiempo para pintar. ¡Es una lucha contra el reloj!.

Hace apenas unas semanas una de sus pinturas abstractas, Landline Fire, se adjudicaba en Sotheby’s Hong Kong por 1,2 millones de euros. ¿Por qué cree que su obra despierta pasiones en Asia? Para usted, que fue un niño pobre que tuvo que luchar duramente por abrirse camino. ¿Qué siente al saber que alguien ha pagado una “fortuna” por algo salido de sus manos? Por encima de todo, quiero decir que la desigualdad que existe en el mundo me duele. Ésa es la razón de que haga tantas donaciones en favor de los niños más necesitados. Además, serán los pobres quienes sufran más en el futuro próximo. Y respecto a la manera en que se acoge mi obra en Asia, concretamente en China, le diría que posiblemente obedece a que entienden bien las estructuras.

Es un artista increíblemente prolífico. Hasta 1.400 cuadros han salido de su pincel… Lo que reconozco es que soy un hombre tremendamente disciplinado y eso es algo que me viene de haber trabajado desde niño. Con 13 años me ganaba la vida como repartidor de periódicos. Cada mañana me echaba a la espalda un buen fardo y luego me montaba en mi bicicleta para hacer las entregas. Y con 15 años ya estaba en una fábrica… estoy más que habituado a trabajar duro. Pintar es, sobre todo, un gran placer, disfruto haciéndolo.

¿Ha dejado de pintar alguna vez? Sí, por ejemplo cuando falleció mi primer hijo estuve tres meses sin poder pintar. Sufrí una grave crisis nerviosa, me pasaba los días acurrucado en el suelo, sin ganas de vivir. Estuve tres meses metido en un pozo negro. La pérdida de un hijo te deja una herida desgarradora que jamás cicatrizará, de la que es imposible recuperarse. Pero logré volver al estudio. Necesito pintar para sobrevivir.

¿De qué manera sus avatares personales han tenido eco en su obra? La llegada al mundo de su hijo, por ejemplo, vino acompañada de un cambio en su paleta, que se volvió más luminosa, también retomó la escultura… Oisín tiene 10 años y es un milagro, he vuelto a la figuración, por un motivo muy simple: me gusta pintarle y no puedo hacerlo de manera abstracta porque él no es una metáfora sino algo vivo, una realidad de carne y hueso. Es la razón de mi vida, no concibo la vida sin él. Mi existencia está absolutamente conectada a la suya. Si tuviera que elegir entre él y mi obra, la elección estaría clara: siempre sería él.

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