Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia, personalizar y analizar tu navegación, mostrar publicidad y anuncios basados en tus intereses
Si sigues navegando, consideramos que
Para obtener más información entra en la sección de Política de cookies

Inicio » Archivo » Yayoi Kusama. Atrapada en la red

La artista viva más importante de Japón, tiene 82 años, y desde hace 34 está internada, por voluntad propia, en un hospital psiquiátrico. Yayoi Kusama (Matsumoto, 1929), hija de una familia adinerada de la prefectura de Nagano, decidió estudiar arte en Kioto para escapar del conservadurismo de su familia. “Nací y crecí en la clásica capital de provincias. Un sitio en el que la gente era muy conservadora. La máxima aspiración de mi madre -una agresiva mujer de negocios- era que me casara con un hombre rico nada más cumplir la edad mínima para contraer matrimonio, y por eso se oponía totalmente a mi interés por la pintura. Cada vez que me veía con un pincel, intentaba detenerme, y a menudo esto degeneraba en una pelea. Como había sido un matrimonio de conveniencia escogido por la familia de mi madre, mi padre desatendía a sus hijos y no se llevaba bien con mi madre. Yo no podía hablar con ella de ninguno de mis problemas, y terminé por desarrollar un trastorno obsesivo-compulsivo. Aún así, seguí pintando con la esperanza de que algún día sería capaz de viajar a Europa y a Estados Unidos”, nos explica la artista desde Tokio, quien se declara feliz por la exposición que le dedica el Museo Reina Sofía de Madrid, la más completa celebrada hasta la fecha en nuestro país sobre ella. Esta exposición viajará después al Centro Pompidou (París), la Tate Modern (Londres) y el Whitney (Nueva York).

Querida Georgia, Querida Yayoi
En 1958, habiendo celebrado ya varias exposiciones individuales en Japón, Yayoi Kusama, que tenía entonces 29 años, decide dar el gran salto a Nueva York. Apenas chapurrea el inglés, y aunque posee una abultada carpeta de dibujos, no tiene ningún contacto en el mundo del arte: “Mientras todavía vivía en Japón, le escribí una carta a Georgia O’Keeffe, me sentía muy atraída por sus cuadros, que había visto reproducidos en un libro de arte. Ella me respondió -¡fue algo totalmente inesperado!-, y así comenzó nuestra relación. Le envié algunas de mis pinturas, además de cartas, y ella me dedicó palabras de aliento ante mi determinación de instalarme en Estados Unidos. Mi madre me entregó, como regalo de despedida, un millón de yenes (una cantidad suficiente para construirse una casa en Japón, por aquel entonces); nada más llegar a Nueva York lo cambié por dólares y muy pronto ya lo había gastado todo. Aunque mi padre me enviaba, en secreto, algo de dinero de vez en cuando, yo vivía en la pobreza más absoluta. Georgia O’Keeffe vino a visitarme en aquella época y, viendo mi penosa situación, me propuso amablemente que me fuera a vivir con ella. Si yo hubiera sido tan famosa como ella, podría haberme planteado irme a vivir a cualquier provincia y venir a Nueva York solo a exponer, pero siendo una artista desconocida, sentía que debía permanecer a cualquier precio en Nueva York con el fin de que mi obra llegara al máximo número de personas posible. ¡Estaba decidida a hacerme un nombre!. En aquellos momentos, la tendencia predominante era la Action painting, pero yo me mantuve firme pintando, día y noche, mis lienzos sobre redes.”

Pintar el Infinito
Las alucinaciones y un impulso obsesivo llevaron a Kusama a pintar gigantescos lienzos, que llamó Infinity nets, [Redes de infinito] cubiertos por pinceladas uniformes con un mismo motivo y color repetido en toda la superficie. Se tratan de unas de sus obras más célebres y ahora se encuentran en colecciones de todo el mundo: “Fue una enorme sorpresa saber que el cuadro de redes que (Donald) Judd me había comprado y pagado a plazos, alcanzaba en subasta un precio tan alto. Mi actitud hacia la creación, en la que pongo todo mi ser, sin embargo, no ha cambiado, no me influye el mercado.”
Junto con los espejos y las redes, los Polka Dots (algo así como lunares polka) se han convertido en su sello de identidad. Ella misma suele vestir con llamativos trajes de lunares y pelucas de colores intensos.
Aunque hoy dice no recordar nada de aquella etapa, en los 60, la japonesa era la ‘it girl’ del Pop art neoyorkino gracias a sus obsesivos cuadros de puntos, performances callejeras, fotografías, películas experimentales y happenings en los que no se avergonzaba de mostrarse desnuda. Artistas como Frank Stella, Donald Judd, quien dijo que sus pinturas vaticinaban los principios del Minimalismo, o Yves Klein, con quien expuso, alabaron sus obras, comparándola incluso con Pollock. Y Joseph Cornell se enamoró perdidamente de la bella y enigmática Yayoi que corría en kimono por las calles neoyorkinas, y que había aceptado posar como modelo para él.

Asombrosa Versatilidad
Mirando su trabajo de la década de 1960 desde la perspectiva actual, es sorprendente la diversidad de medios que cultivó: dibujo, pintura, escultura, performance, instalaciones, etc. Y esta versatilidad no era tan común entonces como lo es ahora. “Como artista, me he dedicado a reflexionar seriamente sobre la vida y el arte. Mis obras son la expresión visible de las ideas creativas que brotan sin cesar dentro de mí.”
Su vinculación a los movimientos contraculturales del momento, especialmente con el hippie, y su radicalismo, sin embargo, no fue bien digerido por la sociedad artística estadounidense.
Fue apartada del centro de atención y con ello se ahondó su depresión nerviosa. Volvió a Japón en 1973 y abandonó parcialmente el arte para concentrarse en la escritura publicando algunas novelas y poemarios. Cuatro años más tarde decidió internarse en un hospital de Tokio, donde todavía sigue: “Estoy en el hospital para que cuiden de mi salud y necesidades diarias. Todos los días, trabajo en mi estudio, que está muy cerca del hospital. Mis jornadas están centradas en producir nuevas obras de arte.”
Kusama admite que el único arte que le interesa es el que ella realiza (“No soy coleccionista. Solo me interesan mis propias obras”). Más de la mitad de su producción ya no existe, pero eso no parece inquietar a la artista que sin embargo, si expresa su ferviente deseo de ser recordada en el futuro.
“Me gustaría que todas y cada una de mis obras fueran recordadas por las futuras generaciones. He estado creando continuamente, trabajando tanto en Nueva York como en Tokio, y deseo que mis creaciones puedan ser contempladas por el máximo de gente posible.” Representante de Japón en la Bienal de Venecia de 1993, y representada actualmente por las galerías Ota Fine Arts, Victoria Miro y Gagosian, esta artista de complexión menuda todavía tiene energía suficiente para seguir ideando nuevas esculturas y cuadros de lunares, que ejecuta su equipo de asistentes bajo su atenta dirección, y, también, para devorar libros. “¡Me encanta leer!. Últimamente me ha dado por leer libros sobre cuestiones internacionales y también otros acerca del universo.”

Conquistando la Gran Manzana
“Estoy verdaderamente sorprendida, escribió al poco de llegar a Nueva York, del gran número de galerías que figuran en la guía telefónica.” Meses después Kusama enviaba orgullosos informes a revistas japonesas sobre el incesante desfile de visitantes a su estudio de la Calle 12. “Enseguida me hice conocida de algunos de los líderes de los istmos neoyorkinos como de Kooning, Franz Kline y Philip Guston.”
Solo un año después de haber llegado, Kusama avisaba de que había venido para quedarse:”estoy planeando, se jactaba en otra revista japonesa, crear una obra revolucionaria, dejar a todos sin aliento”. Y lo consiguió en su debut en la galería Brata, en octubre de 1959: solo había cinco cuadros, cada uno era una especie de malla gigante compuesta de innumerables pequeños bucles de pintura blanca.

Una hembra Alfa
Ser mujer, extranjera y artista no garantizaba el éxito fácil ni el interés de los medios, por eso Kusama tuvo que aguzar sus sentidos. Pronto todos hablaban de su fiereza solicitando contactos y recomendaciones a cualquier extraño, o pidiendo insistentemente que le compraran obra. Su agresiva actitud era la opuesta a la que se espera de una mujer asiática, dicen quienes la conocieron en aquella época. Su pequeño tamaño contrastaba con su arrojo, era una especie de “hembra alfa”. Para algunos, no obstante, las pertinaces demandas de Kusama resultaban tediosas, incluso había quien cruzaba de acera para evitarla. Otros, sin embargo, le brindaron todo su apoyo. Entre estos benefactores, tal vez el más generoso fue Joseph Cornell, a quien Kusama recuerda como “el amor de mi vida’”.

La lista española
“Desgraciadamente no he tenido el placer de visitar España. ¿Qué artistas españoles conozco? Picasso y Gaudí son grandes maestros, como sabe todo el mundo. aunque no tengo amigos artistas en España, si tuviera que hacer una lista de los grandes artistas españoles, ¡estoy segura de que sería interminable!.”

V. G-O

Kusama