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Inicio » Entrevista » Carlos Cruz-Díez, la gran ilusión

Alejar el arte del lienzo y llevarlo al espacio. Convertir el arte en una creación colaborativa. Estos son los ideales que ha perseguido Carlos Cruz-Díez, el último gran exponente del Arte Óptico y Cinético, un movimiento basado en “la inestabilidad de la realidad”. El maestro venezolano cambió su Caracas natal por París en 1960 queriendo seguir los pasos de artistas como Georges Seurat y Josef Albers, y desde los comienzos se sintió intrigado por la energía del color y su existencia como realidad autónoma y cambiante. A lo largo de casi setenta años ha investigado las variaciones del color según la posición del observador, la luz y las tonalidades utilizadas. Con una vitalidad que desmiente sus 95 años departimos con él con motivo de su muestra antológica organizada por la casa de subastas Phillips en Londres. Vanessa García-Osuna

Si la patria de un hombre es la infancia… ¿cómo recuerda la Caracas de su niñez? Siento un gran amor por mi país de origen y la Caracas de mi infancia y adolescencia me dejó huellas imborrables. Sin embargo, nunca me he sentido un inmigrante porque mi partida fue consecuencia de un plan de vida compartido con mi familia. En la Caracas de la época no podía desarrollar con plenitud mi proyecto artístico, por eso me vine a París un lugar donde podía debatir mis ideas a nivel internacional.

¿Cómo pasó de las tiras cómicas a la pintura? Es cierto que de niño hacía tiras cómicas y de profesional continué realizándolas, pero además me dediqué a ilustrar literatura y poesía para periódicos y revistas culturales, lo cual me favoreció doblemente, pues, me alimentaba el espíritu y me permitía financiar mi vida.

¿Cómo decidió su vocación? Pasé cinco años en la Escuela de Bellas Artes y al terminar pensaba que tenía que pintar lo que estaba ante mis ojos que eran los problemas sociales, hasta que me di cuenta que con un cuadro no podría cambiar una situación político-económica. La tarea del arte era inventar un discurso. También comprendí que debía contar con una profesión paralela al arte para ser libre y no verme obligado a complacer las exigencias del mercado.

En los años 40 se alejó del dibujo (por el que ha recibido el Premio Penagos) y comenzó sus investigaciones sobre el color. Sostiene que durante siglos el color ha sido un mero acompañante de la forma que no recibía la importancia que merecía. En 1951 cayó en mis manos el libro Teoría de los Colores de Goethe y me di cuenta que era un mundo poético de infinitas posibilidades. Allí comencé una serie de lecturas que me demostraban que al color en el arte no le daban la misma importancia que a la temática, la composición o al dibujo. Se dibujaba y luego se rellenaba de colores. Pensé que era una fuente de investigación ¿por qué siendo el color algo que nos invadía, que estaba en múltiples soportes y se revelaba en el espacio, era solamente para colorear un dibujo?. Fue también el punto de partida para cuestionar lo que se venía haciendo hasta el momento. En 1954, realicé unos proyectos de murales de colores para la calle donde la gente podía manipularlos y convertirse en coautores de la obra. Me preguntaba por qué el arte tenía que ser solamente contemplativo, cuando siendo participativo el mensaje del artista sería mejor asimilado por el espectador.

¿Qué es el color para usted? Es el universo de la afectividad donde cada persona tiene sus preferencias cromáticas que le hacen decir que tal color es feo, cuando en realidad todos los colores son bellos. Vivimos en un mundo coloreado donde el color nos invade y se manifiesta en múltiples soportes.

¿Y la línea? Es símbolo de lo infinito y lo que delimita un espacio o una forma. En mi obra la utilización de la línea es un elemento de lo que he llamado “Módulos de acontecimiento cromático” que permite que nuevos colores surjan en relación al espacio y las condiciones lumínicas del ambiente.

¿Qué le atrajo del movimiento cinético para unirse a él? En Caracas ya me había dado cuenta que había que buscar nuevos caminos, porque la manera de hacer arte que estaba en juego se había agotado. Cuando llegué a París y descubrí la exposición Le Mouvement en la Galerie Denise René, fue revelador y me confirmó que no estaba equivocado. A partir de ese momento aceleré la investigación sobre el mundo del color que había emprendido años anteriores.

Ha dicho “Fui a Europa a mostrar nuevas ideas, no a buscarlas”, ¿cómo acogió su arte Europa? En 1960 cuando me instalé definitivamente en París, ya traía mi discurso elaborado con el propósito de presentarlo en una plataforma internacional. La respuesta fue excelente por parte de colegas y ciertas galerías. Yo podría decir que me di a conocer gracias a las invitaciones que me hicieron algunos artistas para exponer en sus galerías. Sin embargo, la crítica se mostró reacia no sólo a mi obra sino a toda la corriente cinética, porque lo que estaba en boga era el Arte Informal y el Pop Art. A pesar de esa posición negativa de la crítica, el Cinetismo influyó enormemente en la sociedad, la moda, el diseño y la arquitectura.

Descubrió la fotografía de niño (“como si fuera un acto de magia”), y hasta construyó una cámara… ¿Piensa distinto con un pincel en la mano y con una cámara? Son dos mundos mágicos. La fotografía ofrece la posibilidad de detener el instante, de escogerlo para la eternidad; y además está el misterio del laboratorio, ese lugar en el que, poco a poco, van apareciendo imágenes como por arte de magia. La pintura es fruto de un largo proceso de reflexión que conduce a la elaboración de un concepto.

Ha creado infinidad de proyectos públicos por todo el mundo que han impactado en la vida ciudadana. ¿De cuáles se siente más orgulloso? Es muy difícil amar una obra más que otra, porque cada proyecto es una aventura en la que hay que salir victorioso. Sin embargo, hay trabajos que por su escala y connotación social son más importantes, como fue el caso del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, la Represa de Gury o los pasos de peatones de Los Ángeles, Miami y Lima.

Este verano la casa de subastas Phillips le organizó una monográfica. ¿Cuál es su relación con el mercado? ¿Cómo ve el reconocimiento al arte latinoamericano por las instituciones y el coleccionismo? Desde hace unas décadas el arte de Latinoamérica ha cobrado enorme interés y se ha integrado en el arte internacional. Han surgido artistas con discursos novedosos que están influyendo en nuestra época. Mi exposición en Phillips ha sido una de las mejores que he hecho en los últimos tiempos porque su sala de Berkeley Square es un espacio excepcional.

¿En qué trabaja ahora? Sigo como siempre investigando ese mundo insólito del color y tengo varias obras en proceso, pero tengo la costumbre de no hablar de ellas hasta que no están terminadas.

¿Le queda algún sueño por cumplir? Una de las cosas que me faltaría por hacer sería intervenir un tren de alta velocidad [dice riendo].

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