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Inicio » Entrevista » La colección de Jean Bonna

Los libros fueron el primer amor del mecenas suizo Jean Bonna, nacido en el seno de una insigne dinastía de banqueros (sus antepasados fundaron en 1796 el banco privado más antiguo de Ginebra, el grupo Lombard Odier). A los 9 años inició su biblioteca con una editio princeps de François Rabelais y ya no dejaría de alimentar su bibliofilia hasta reunir una de las colecciones más completas del mundo en primeras ediciones de literatura francesa, cuatro mil volúmenes datados entre los siglos XIV al XX que se complementan con cientos de documentos autógrafos de grandes literatos como Baudelaire, Flaubert, Proust o Stendhal. Las ilustraciones que embellecían sus incunables también despertaron su interés por el dibujo, lo que le llevó a recopilar obra sobre papel de grandes maestros como Rafael, Rembrandt o Van Gogh. Estos fondos han merecido una exposición en el Metropolitan neoyorkino y gozan de renombre internacional. [Foto: Fred Lahache. Cortesía Christie’s]. Vanessa García-Osuna

Su primer amor fueron los libros. ¿Recuerda las adquisiciones memorables para su biblioteca? Mi colección se centra -con algunas excepciones- en la literatura francesa, y es probablemente una de las más completas que existe hoy en manos privadas. Sólo adquiero primeras ediciones: aunque a veces tengo que comprar segundas, terceras o incluso posteriores porque completan la primera… Un ejemplo es Montaigne, del que un bibliófilo tiene que contar con las ediciones de 1580, 1582, 1588, 1595, 1598. De otra obra, como Las flores del mal de Baudelaire, se necesitan las tres primeras ediciones porque en la segunda y tercera se añadieron poemas… Me encantan los libros que llevan anotaciones manuscritas, sobre todo cuando se dedican a otro autor famoso y, por supuesto, aprecio los libros en buenas condiciones y con bellas encuadernaciones.

¿Qué temas y autores le atraen como bibliófilo? Mi colección de libros en lengua francesa tiene una excepcional relevancia. Entre las obras más valiosas de mi biblioteca cuento con uno de los únicos incunables del poeta François Villon que se conservan en manos privadas; también me enorgullezco de poseer un ejemplar del Madame Bovary de Flaubert dedicado a Charles Baudelaire, y la única copia en una colección particular de las Rimas de Pernette du Guillet, el Horacio de Pierre Corneille que fue del Cardenal Richelieu, entre tantos otros…

¿Cree que existe un gen coleccionista? No, no lo creo, yo veo el coleccionismo como una enfermedad incurable pero no es hereditaria.

¿Cómo llegó al universo del dibujo? Justamente porque los incunables a menudo contienen ilustraciones que fueron las que me llevaron a interesarme por los grabados, de los que poseo unos cuantos, aunque muy pronto puse el foco de atención en los dibujos.

En el pasado el dibujo era visto como un medio secundario, en comparación con la pintura y la escultura. ¿Qué le cautiva de esta disciplina? El dibujo no es un medio secundario, sino al contrario, es un medio primario, ningún pintor, escultor o impresor podía ejercer su oficio sin dibujar primero. Las excepciones podrían contarse con los dedos de una mano.

Sabemos que el primer dibujo que llegó a su colección fue La posadera cortejada de Hubert Robert, pero ¿cuál ha sido el último? Mi ultima adquisición de importancia ha sido un dibujo preparatorio para el óleo de la Virgen del cuello largo de Parmigianino.

Usted ha dicho: “Hay dos cualidades que me atraen en un dibujo, que son la gracia y la armonía”. ¿Qué temáticas le han resultado más cautivadoras? Los temas principales de mi colección han sido las mujeres y los paisajes.

Su colección abarca cinco siglos de historia del arte europeo. ¿De qué obras se siente más orgulloso? Probablemente de un Hendrick Avercamp que perteneció al propio Rembrandt y también de un pastel de Odilon Redon que es probablemente el mejor velero que pintó.

¿Podría evocar la emoción que sintió al sostener entre sus manos algunos de sus dibujos por primera vez? ¿Qué se siente al ser dueño, por ejemplo, de un Rafael? Desde luego el Rafael es un dibujo emocionante. Se trata de un boceto para uno de los diez tapices de la Capilla Sixtina que representa la conversión de Saúl: además es uno de los tres tapices cuyos cartones se han perdido, por lo que mi dibujo es el único trabajo preparatorio que se conserva para este tapiz. Además, tiene una procedencia formidable, ya que formó parte de la colección Chatsworth, siendo propiedad del segundo duque de Devonshire a principios del siglo XVII.

¿Cómo ha evolucionado el mercado del dibujo? Por desgracia diría que ahora es probablemente un 30% más débil que hace diez años. Sólo los dibujos excepcionales consiguen grandes precios, y cada vez se ven menos. Las subastas en las que un tercio de los lotes quedan sin vender son la tónica habitual.

¿Hay algún nombre español en su colección? Los artistas españoles son muy difíciles de encontrar. Mi único dibujo español es un Goya que proviene del Álbum de Madrid (páginas 65 y 66). Estoy extremadamente orgulloso de él.

Los dibujos son frágiles y requieren un cuidado estricto. ¿Qué aspectos tiene en cuenta al convivir con ellos? Nunca roto mis dibujos, todos están expuestos en mi casa pero los protejo de la luz solar: todos están enmarcados con vidrio UV, las ventanas también están protegidas por filtros UV y las cortinas siempre se cierran cuando no estoy en la habitación.

En su largo camino como coleccionista seguramente habrá vivido innumerables anécdotas. ¿Podría evocar alguna de ellas? En julio de 1995 intenté comprar un delicioso dibujo de Boucher que salía a subasta en Londres; por desgracia me lo perdí y pensé que nunca más lo volvería a ver. Sin embargo volvió a salir al mercado en Nueva York, en Christie’s en enero de 2001, y esta vez lo conseguí: hoy es uno de mis favoritos.

El mes pasado Christie’s subastó algunos de sus grabados y dibujos, pero ¿de qué obras nunca se desprendería? Me gustan todos mis dibujos, pero no quiero tenerlos metidos en cajones ni dentro de cajas fuertes y después de haberle dado una de mis casas a uno de mis hijos, tuve que vender algunas obras; por supuesto, en cualquier subasta tienes que incluir algunas cosas buenas y eso es lo que hice: ha sido desgarrador, desde luego, pero así es la vida.

¿Cuáles son las lecciones más valiosas que le ha enseñado el arte?¿Cuáles han sido los momentos más felices que ha vivido como coleccionista?  Lo principal es que un coleccionista no debe comprar nunca como inversión. Sólo debe guiarse por su gusto personal. A veces cometes errores, y otras aciertas. El coleccionismo me ha enseñado que si lo que deseas es invertir, entonces es mejor ir a la Bolsa; sólo los comerciantes y los especuladores ganan dinero en el mundo del arte. El momento más feliz de mi vida como coleccionista fue la exposición que el Metropolitan neoyorkino me dedicó a principios de 2009: me di cuenta entonces de que había formado una colección realmente importante guiándome por mi gusto y mis medios económicos.

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