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Inicio » Entrevista » Marina Núñez: abrir el cuerpo

Marina Núñez (Palencia, 1966), posee una vitalidad contagiosa, casi arrolladora. Entrar en su mundo nos conmina a atravesar el espejo y pasar sin recelo al otro lado. El arte nos hace libres pero para ello hay que dar el salto definitivo, lanzarse al abismo en un acto de confianza irrevocable. A lo largo de un tiempo que no es futuro ni pasado, sino presente perpetuo, Marina Núñez habla de lo oscuro, desmesurado y metamórfico a través del cuerpo, los cuerpos, porque subraya de antemano su multiplicidad formal e identitaria. En sus trabajos por ordenador entabla un diálogo en solitario con las infinitas posibilidades del arte y su lenguaje cargado de polisemias, creando mundos imposibles de clasificar o medir que nos atrapan desde la primera mirada. Hace años que esta artista, de formación académica e investigación autodidacta, Doctora en Bellas Artes, estudiosa de la historia del arte, la ciencia y el pensamiento, atraída por lo experimental, optó por los soportes tecnológicos para indagar sendas por las que pocos se atrevieron a transitar antes que ella. Amalia García Rubí. Foto: Erea Azurmendi

Jardín Salvaje ha sido su última gran individual, celebrada hace unos meses en el TEA de Tenerife. ¿En ella aborda una vez más la fusión humano-entorno? Me baso en la idea desarrollada por muchos ensayistas de que los humanos pensamos que nuestra piel es una frontera sólida, como
una armadura frente al mundo. Es un convencimiento paranoico ante la posibilidad de ser contaminados física o psicológicamente por cualquier cosa que te penetre, que entre en tu cuerpo o en tu mente. Vemos todo lo externo como una amenaza espeluznante y mortal. Por eso me gusta pensar en una piel con poros abiertos como boquetes que implique una relación en la que el ser humano no se considere diferente a su entorno sino parte inherente.

La hibridación es según sus palabras “el colmo de la apertura del cuerpo al mundo” En ese grado de conexión máxima, ¿la geometría fractal alcanza una nueva categoría de lo bello? Utilizo fractales en la serie Inmersión, del 2019, vídeos e imágenes impresas realizadas con un programa 3D. Es un espacio cuya estructura se repite, por el que vamos avanzando, penetrando en sus oquedades, comprendiendo paulatinamente su vastedad. Los fractales me parecen interesantes por la idea que sugieren de la escala macro y microcósmica que aparece ya en trabajos anteriores como las series de galaxias encerradas en esferas del año 2003. Más que buscar estereotipos de belleza se trata de proponer nuevas formas de entender la identidad.

Sus cuerpos adquieren significados muy distintos al habitual discurso posmoderno del body art ¿cómo definiría lo corporal en su obra? El que represento no es mi cuerpo porque nunca me baso en mi propia imagen, por lo tanto no existen connotaciones específicamente autobiográficas. Hay una tendencia muy extendida en el arte a creer que el artista siempre hace una obra en la que se proyecta o autorretrata de algún modo. El hecho de hablar de cuestiones que me interesan no significa que me centre en contar vivencias ni realidades personales, aunque es evidente que algo de uno mismo siempre queda. Pero intento que haya un cierto distanciamiento para no caer precisamente en lo íntimo emotivo.

El ser humano siempre ha sido motivo de preocupación a lo largo de las etapas del arte ¿Tiene un deseo consecuente de que su obra forme parte de ese devenir? Sin duda, me considero dentro de la historia en la medida que mi imaginario está inmerso en el transcurrir del arte en el que me he educado. Cuando hago una mujer en éxtasis mirando hacia arriba, por ejemplo, es evidente que estoy en el influjo de imágenes de la cultura religiosa occidental, aunque mi intención sea totalmente irreligiosa. La historia de la pintura empapa toda mi obra, lo cual no es óbice para que haya aspectos que no me gustan, como puede ser la omisión permanente de la mujer artista o los clichés demasiado rígidos de lo que se considera o no arte. La linealidad progresiva con la que algunos historiadores explican las épocas así como la reducción de sus acontecimientos a los genios y obras maestras creo que es también una visión muy pobre y engañosa que no comparto.

Existe en todas sus indagaciones un interés por romper la “medida ideal” ¿posibilita dicha ruptura o desbordamiento una liberación o se trata solo de una rebeldía contra lo establecido? Creo que algo que se desborda es algo que deja de estar contenido y por tanto se libera del constreñimiento, de su encierro. Los cuerpos blandos de mis obras simbolizan ese acto de desbordamiento en el que lo sólido se convierte en líquido y fluye libremente en el espacio. En esa acción está implícita la idea de ampliar horizontes, miradas e incluso llegar a integrar el lado oscuro, aquel que no podemos o queremos ver pero que existe. La complejidad del inconsciente va mucho más allá de nuestra capacidad razonadora.

En este sentido, José Jiménez afirma que la imagen es anterior al lenguaje y de ahí que supere los límites de lo semántico, ¿cómo explicaría esto en su obra? Yo soy muy narrativa pero estoy de acuerdo en que los elementos visuales de cada obra superan cualquier contenido narrativo para enriquecerlo. El surrealismo está muy presente en mi trabajo, no tanto desde un punto de vista formal como por compartir su interés hacia ese lado inconsciente y onírico de la mente humana. También manejo estrategias sintácticas semejantes como puede ser el cambio de escala, el juego de la descontextualización, el extrañamiento o la imagen múltiple…

Además del carácter conceptual destinado a desarmar acepciones tradicionales, usted es una artista visual que vela por el valor estético del trabajo realizado ¿esto no contradice el principio de la idea? La tendencia anti-objeto surgida en los albores del arte conceptual más ortodoxo, el de finales de los años sesenta, iba en contra de cualquier materialización. Algo que se aleja de mi obra, en la que lo formal, lo táctil, lo pictórico, tiene un peso importante, porque no se trata tan solo de conmover al intelecto, sino también a nuestra parte sensorial, perceptiva, emocional. Sin embargo, me parecen fundamentales algunas de las enseñanzas del arte conceptual, como puede ser su puesta en cuestión de la representación como verdad universal y objetiva.

A lo largo del tiempo ha desarrollado una serie de “temas” casi obsesionantes que subyacen a la imagen identificable de un rostro, un cuerpo, una cabeza, ¿lo monstruoso es uno de ellos? Me interesa proponer identidades nuevas, ir más allá del análisis de imágenes que ya existen, pero naturalmente las referencias están ahí y los mundos de la ciencia ficción y del terror siempre me han resultado atractivos porque reflexionan sobre lo que significa ser humano y proponen otras formas diferentes de enfocar la corporeidad, buscando dar respuestas múltiples a la univocidad canónica. Tampoco indago en la estética de lo feo ni truculento per se, no busco el rechazo sino al contrario, trato de atraer la mirada del espectador mediante un tipo de belleza que rompa con lo preconcebido. De todas formas, hace tiempo llegué a la conclusión de que casi todo lo que se aparta de lo ideal, es monstruoso.

¿Qué sentido tiene la iconografía no convencional y con qué inquietudes conecta? En realidad, si te fijas, manejamos muy pocos estereotipos para representar nuestro pequeño mundo. Son tan escasos que en cuanto empiezas a crear algo distinto a lo tipificado o arquetípico, comienzas a introducirte en el terreno de lo inquietante, de lo siniestro, del Mr Hyde que todos llevamos dentro…

¿Hay algo de crueldad en esa identificación, en cierto modo, con lo malvado? No especialmente. Me considero una persona con una visión sosegada y optimista de la existencia, pero es inevitable pensar que el mundo es en sí mismo un lugar cruel.

Para la elaboración de su obra utiliza programas de software ¿Qué encuentra en estos soportes que no halla en los tradicionales? Los soportes tecnológicos son herramientas, hacer imágenes con el ordenador es un procedimiento más, como pintar al óleo o hacer una escultura con moldes. Pero en un momento dado me pareció que mis temas se contaban mejor con infografías. Posteriormente, la imagen en movimiento aportó aún más fidelidad a aquello que quería contar a través de una secuencia breve. Después empecé a manejar programas destinados a crear efectos especiales de mayor complejidad. Poco a poco vas descubriendo modos distintos de hacer que a su vez te inspiran nuevas creaciones. Con el pensamiento pasa algo parecido: no puedes entender conceptos profundos si posees un vocabulario pobre. Esto lo explica muy bien Gombrich en Arte e Ilusión.

Me gusta la pintura pero no me gusta pintar” ¿Le motiva más la resolución que el propio proceso de creación? Pues sí. Cualquier técnica bien hecha requiere tiempo, lo mismo ocurre con el software que con la pintura. En ambos casos se trata de procesos lentos por los que se ha de pasar inevitablemente, tanto si la imagen procede de una factura pictórica como si está hecha con medios digitales. Aunque el software me resulta algo más atractivo, me estimula más. A mí me encantaría hacer abracadabra y que la idea se materializara en imagen. Pero no se puede…

¿Y para materializar esas ideas, escribe primero, antes de pasar a la acción? No, no, nunca escribo, solo cuando me obligan (risas). He hecho algún texto sobre mi obra, algún artículo sobre cuestiones que me interesan, como la mascarada, también sobre otros artistas, como Dalí o Pollock. Escribí en su día mi tesis doctoral… Pero llegó un momento en que me dije: ¡se acabó escribir! ¡No soy ensayista! De todas formas demasiadas palabras pueden ser perjudiciales para el misterio de la creación, al condicionar la libertad de interpretación de aquello que se tiene delante de los ojos.

Sin embargo, sí se nutre de literatura y de medios escritos, internet, libros, revistas… Hubo un tiempo que buscaba imágenes en revistas médicas y científicas. Iba a bibliotecas a pedir este tipo de material que me inspiraba. También me compraba libros de anatomía y de ciencia ficción. Pero ahora está todo en Internet, no hace falta acudir a un lugar concreto porque la red es un universo infinito de información. En cuanto a la literatura, siempre he leído mucho, y más novela que ensayo. Cortázar me deslumbró cuando era adolescente, también Borges, Kafka, Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gray y tantos autores increíbles que han aportado mucho a mi condición de artista…

En sus imágenes, lo excesivo, lo metamórfico y lo insólito hacen acto de presencia constantemente, ¿dónde acaba la realidad y empieza la ficción? No hay frontera entre ambas. Cuando se habla metafóricamente de algo no significa que no se aluda a lo real, simplemente que la elección expresiva es el símbolo. Puedes tratar asuntos de una realidad fragrante a través de lenguajes completamente irreales. Yo siempre hablo de lo real, aunque para ello emplee representaciones ficticias sacadas incluso de lo onírico. Quiero poner de relieve la ausencia de control de la razón sobre determinados fenómenos, y sin embargo mi manera de actuar en el arte es muy poco impulsiva. Quizá sea una tremenda paradoja.

Dice que le interesó el mundo del arte desde pequeña porque veía en él a “gente especial”. ¿Cómo fueron esos primeros contactos? Hasta que no empecé a estudiar Bellas Artes yo vivía en Palencia, una ciudad pequeña con un entorno cultural muy pobre, por no decir inexistente, en arte contemporáneo. Siempre me impresionó un gran cuadro de El Greco en la Catedral, un San Sebastián magnífico, casi como única obra trascendente para mí. Pero aquella frase sobre la “gente especial” la dije más bien refiriéndome a las novelas. Cuando leí Rayuela, por ejemplo, quería conocer a Horacio y la Maga. Pensaba que en el mundo de la creación y por ende, en el de las artes plásticas, habría personas como ellos…

¿Cómo se definiría a sí misma de niña? ¿Tuvo una infancia vinculada de algún modo a la plástica? Bueno, era bastante “chicazo” en el sentido de que me gustaban mucho las cosas que entonces se consideraban de niños, como correr, jugar al baloncesto… Pero también me encantaba dibujar. Copiaba cómics y hacía dibujos del natural que regalaba a mis compañeras de clase… También leía mucho pero pronto entendí que se me daba mejor pintar que escribir, por eso elegí y estudié Bellas Artes en la Facultad de la Universidad de Salamanca, antes de venir a vivir a Madrid.

Su primera exposición madrileña tuvo lugar en la galería Buades en 1993. Creo que presentó 22 óleos sobre bodegones con una gran dosis académica Sí, fue una exposición en la que había tomado muchas referencias del Barroco, que siempre me ha fascinado, pero de pronto introducía fragmentos de obras de otras épocas como por ejemplo una mujer de una película de Buñuel. Cualquier imagen cuyo significado me interesara manipular servía para deconstruir identidades y entornos. Me gustaba especular sobre lo siniestro como una experiencia que trastoca las apariencias, volviendo la imagen inofensiva y normal en algo opresivo y abismal.

¿Esas apropiaciones de iconografías hechas por otros, siempre han estado presentes? No. En 1997 tomé una decisión drástica, la de no volver a emplear imágenes de la Historia del Arte porque esa actitud podía leerse como una suerte de nostalgia del pasado, aún sin tener esa intencionalidad. No quería acabar colgada del poder y la belleza de los grandes maestros. El apropiacionismo como tendencia me gusta pero yo supe de repente que no quería situarme en él. Mi objetivo ya no era apropiarme de lo existente sino proponer lo inexistente.

Alguna vez ha hablado de la separación entre alma y cuerpo como una verdad dual y maniquea de nuestra cultura ¿Cuál es la verdad para usted, si es que existe? Creo que no hay nada más allá de la vida aquí y ahora, no soy religiosa ni tengo tendencia mística alguna. Para mí el ser humano es únicamente su cuerpo. La psique se confunde con lo espiritual porque el miedo a la muerte es poderoso, pero en realidad también es cuerpo porque nuestro cerebro lo es. Esa separación entre el alma como el lugar de la pureza inmaterial y de la verdad, y el cuerpo como lugar de bajas pasiones y los sentidos engañosos, me parece ilusoria y perniciosa.

¿Qué opinión le merece el arte de su generación? Pertenezco a una generación que ha mezclado con maestría grandes resoluciones formales con sólidos discursos conceptuales. Entre ellos, Mateo Maté, Alicia Martín, Bernardí Roig, Daniel Canogar, Pilar Albarracín, Enrique Marty, Cabello/Carceller, y muchos más. Creo que hay unos artistas estupendos, y algunos de ellos son amigos, he crecido con ellos en una determinada manera de entender arte. Tengo obras de algunos de ellos, pero no han sido adquisiciones sino intercambios. Además de las mías propias, me gusta tener piezas de artistas a los que me siento unida y admiro.

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