Las obras de arte envejecen. Los años pasan para todo. Devolver el lustre a un cuadro y que el espectador vea la obra como si no hubiera pasado el tiempo, como si el trabajo de los profesionales no hubiese existido. Como si su mano jamás se hubiera posado sobre la tela, el dibujo, el marco, la escultura. El taller de restauración del Museo del Prado se construye alrededor del claustro del siglo XVII que pertenecía a la Iglesia de los Jerónimos y que utiliza el arquitecto Rafael Moneo para realizar la ampliación del centro. Es un bello hospital donde se atiende a pacientes de edad avanzada que llegan, algunos, con importantes achaques. La edad, que no perdona. Al paciente artístico que ingresa se le chequea, diagnostica su enfermedad y se le aplica el tratamiento necesario para recuperarlo. Es un sanatorio (sanar es el verbo) único en el mundo. Goya y El Greco son dos de los pintores cuyas obras están actualmente en proceso de recuperación. Los daños no son los mismos en cada tela. Un verdadero ejército de profesionales (once son los restauradores en pintura, becarios aparte, tres en marcos, dos en papel, dos en escultura, junto con el personal del gabinete técnico y laboratorio de química, además del servicio de documentación de imágenes, bibliografía o reflectografía) a los que se unen biólogos, químicos o historiadores. Su misión es que la colección única del Museo del Prado, compuesta por más de ocho mil obras, esté en perfecto estado. José Bueno fue en el siglo XIX uno de sus primeros restauradores. Dos siglos después, el relevo lo ha tomado un cuerpo de profesionales de prestigio internacional. Enrique Quintana, coordinador jefe de Restauración y Documentación, se mueve por el taller con absoluta soltura, de manera natural y sin esfuerzo, como dice George Bisacca, conservador en el Metropolitan de Nueva York. “Siempre está entre los lienzos, parándose y comentando algún detalle. Tiene ese tipo de presencia que parece que está y que no está. Da libertad a la gente, pero a la vez observa todo”. No hallamos mejor definición de él que estas palabras. Elude cualquier protagonismo y si pudiera pediría el don de la invisibilidad, pero sabe que su voz es la autorizada para hablar de esta profesión que tiene algo de mágica. ¿Cuántas obras puede haber en restauración de pintura? “Entre 50 y 60, un número muy alto. Sobre todo, lo que es más impresionante es la actividad que se ve. Si vuelves dentro de seis meses verás que muchos de los cuadros que tienes alrededor ya no están porque se han acabado. Hay cuadros de largo recorrido”, cuenta. Y nos fijamos en “El bautismo de Cristo”, de El Greco, imponente, que estará en esta bendita UCI unos meses más. Quintana destaca los medios tecnológicos con los que cuenta el Gabinete Técnico y adelanta que “está concluyendo un proceso importantísimo, histórico diría yo, de renovación de sus aparatajes, sus tecnologías y también de sus instalaciones. A partir de noviembre estará disponible el nuevo espacio para toma de imágenes. Va a significar una revolución para los restauradores y para el museo, que permitirá trabajar simultáneamente en varias tecnologías que han sido renovadas en los últimos dos o tres años. Contamos con unos técnicos de una experiencia increíble, magnífica, formados en el Prado durante décadas, pero ahora van a tener contacto también con algunas tecnologías de última generación que nos facilitarán conocer más profundamente el interior de las obras de arte, por ejemplo, los dibujos subyacentes o el interior de las esculturas, a través de las tomografías o poder identificar tintes”. La merienda, cartón para tapiz pintado por Goya en 1776 (cartón “de su invención”, dato relevante porque en estos casos se pagaba más), se trasladó al Prado en 1869. Lucía Martínez Valverde, restauradora de la casa, explica que por su mal estado necesitó enseguida una profunda intervención. Noventa y tres años después de su ejecución fue necesaria una primera restauración que consistió en reentelar el lienzo, hacer injertos en los grandes daños de la esquina inferior derecha y reparar las pérdidas de pintura. En sus manos está desde hace tiempo. Se acerca a ella con mimo y se la conoce de memoria. “En los archivos conservamos información sobre los restauradores y forradores que llevaron a cabo este trabajo e, incluso, sobre los materiales que utilizaron”, cuenta, “a pesar del aceptable trabajo que se hizo entonces, ahora, 157 años después de aquella intervención, hemos tenido que acometer una restauración profunda y prolongada”. [Lucia Martínez Valverde posa en el taller de restauración junto a La merienda de Francisco de Goya]. Gema Pajares. Foto: Alfredo Arias.






