• Paolo
  • La canción eterna de Antonio Orozco

    “Cuando nace del alma, el arte no necesita entenderse, solo sentirse”, reflexiona Antonio Orozco (Barcelona, 1972), para quien la emoción es lo que mueve el mundo. Y con el mismo sentimiento con el que habla de música evoca sus visitas al Museo del Prado, fantasea con un encuentro con el “minotauro” del arte, Picasso, descubre su afinidad con Tàpies, el maestro de la materia, o explica por qué escribiría a Frida Kahlo una canción “con flores y espinas”. El cantante y compositor, autor de temas míticos como Devuélveme la vida o Estoy hecho de pedacitos de ti, es uno de los artistas más carismáticos y premiados de la música española. Su último proyecto es El tiempo no es oro (Universal Music), un disco que define como “un viaje muy personal, lleno de historias que he vivido, otras que he soñado, y muchas que me han contado susurrando. Además, estoy trabajando en algo muy especial con otros artistas de distintas disciplinas mezclando música con imagen, con pintura, con palabra. Quiero que el arte respire completo, que no sea solo una canción, sino una experiencia que se vea, que se sienta, que se abrace. También hay gira (La Gira de mi Vida) porque no hay nada como mirar a los ojos al que está al otro lado. El escenario es mi casa, mi lugar de encuentro, donde todo lo que soy cobra sentido. Así que sí, vienen cosas grandes, pero sobre todo, vienen con verdad porque cuando el corazón habla, el mundo escucha distinto.” Además en otoño presentará Inevitablemente yo (Planeta), un libro sobre su transformación vital tras superar un colapso que le llevó a pararlo todo para empezar de nuevo.

    ¿Recuerda su primera experiencia con el arte? Como si fuera ayer. Fue un instante que me llenó el alma de colores y sonidos, como si el tiempo se detuviera y solo existiera esa conexión pura. Fue ahí, en ese momento, cuando supe que el arte sería mi camino, mi refugio, y la forma de darle voz a todo lo que llevo dentro.

     ¿A qué artista le hubiera gustado conocer? Si pudiera elegir con el corazón en la mano diría sin dudarlo: Picasso. Porque ese hombre no pintaba con pinceles, lo hacía con las tripas, con la infancia, con el dolor y la alegría del mundo entero. Fue capaz de romperlo todo para volver a construirlo desde un lugar más honesto, más salvaje, más humano. Me hubiera gustado mirarlo a los ojos mientras pintaba, quedarme callado en un rincón del estudio, respirando el mismo aire que respiraba él cuando el arte le salía del alma como un rugido. Porque Picasso no buscaba belleza, buscaba verdad. Y eso es lo que yo intento hacer con cada canción: decir lo que soy, aunque duela, aunque rompa, aunque salve. Conocer a Picasso habría sido como hablar con el tiempo. Como preguntarle al arte de dónde viene y a dónde va.

     Un museo que le inspire. El Prado. Porque allí dentro no hay solo cuadros, hay historias, hay silencios, hay miradas que te atraviesan el alma. Allí siento que el tiempo se detiene, que los susurros de Goya, de Velázquez, de El Bosco… te hablan al oído como si te conocieran de toda la vida. El Prado es como una canción eterna, llena de luz, de sombras, de secretos. Cada vez que he estado allí, he salido con algo nuevo latiendo en el pecho. Como cuando terminas de escribir una canción y sabes que, aunque nadie la escuche, tú ya no eres el mismo.

     ¿Qué famosa obra de arte se llevaría a su casa? El abrazo de Juan Genovés. Porque esa obra no es solo pintura, es un grito, es un suspiro, es un deseo profundo de unir lo que está roto. Son cuerpos que se buscan, que se encuentran, que se abrazan como si se estuvieran salvando. Y eso es lo que yo intento con cada canción: abrazar al que escucha, decirle “no estás solo”. Colgar El abrazo en mi casa sería como tener un recuerdo constante de que el amor, la unidad, la ternura siguen siendo la única revolución posible. Que en un mundo que a veces se rompe por dentro, un gesto tan simple como un abrazo puede cambiarlo todo. Y además porque me haría sentir que en medio de las paredes de mi casa, siempre habría un pedazo de esperanza colgado del alma… [Raquel García-Osuna. Foto: Javier Salas]

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