• Paolo
  • Juan Uslé y la llamada del mar

    La vida y la obra de Juan Uslé (Hazas de Cesto, Cantabria, 1954) bascula entre dos mundos, a primera vista muy lejanos, aunque él se encarga de acercarlos. El bosque de Saro, en Cantabria, donde vive entre el no bullicio y la calma, y el tráfago de Nueva York, donde también vive, sí. El agua, aunque pise el asfalto de Manhattan, es su medio. Lo ha sido desde bien crío. El pintor, uno de los más internacionales del arte contemporáneo español, siempre se ha mojado, alguna vez hasta se ha calado. Ahora, con la mirada al frente, echa la vista a los cuarenta años que lleva entre telas y pinceles en la exposición que le dedica el Museo Reina Sofía, bautizada con un título que hace posible lo imposible, Ese barco en la montaña, que estará abierta hasta abril, donde redescubre al Uslé que fue y al que sigue siendo, un artista tocado con un sombrero, de barba blanca, con cierto despiste en la mirada, un móvil que a veces le gana la partida, muchas preguntas por hacerse y muchas ganas también de contar. Recorremos junto a él la retrospectiva, lo que es tan bueno como no bueno, que no diremos malo, porque al pintor hay que mirarle a los ojos para ver el fondo del lienzo, reparar en cada uno de sus gestos y saber escuchar su respiración al hablar, y cuando al mismo tiempo tienes que ir anotando en un cuaderno cada frase corres el riesgo de perder los detalles. Y Uslé es exhaustivo. Explica cada cuadro con mimo, como el padre ufano del hijo. Y nos sitúa en el principio de un recorrido que es circular. Tiramos hacia la derecha y vamos avanzando entre las salas sin la menor prisa. Un espacio, otro, un tercero… Y los cuadros van ganando tamaño hasta hacerse enormes. El pintor se hace fotógrafo y nos invita, al espectador, a jugar con las imágenes tomadas por él mismo. Son fotografías de una cornisa, una esquina, un día de sol, de sus zapatillas. Algunas de ellas las contrapone con sus cuadros. El efecto es sencillamente fantástico. Y nos damos cuenta de nuevo de que los dos mundos de Uslé, o los cuatro o cinco, quién sabe, se vuelven a tocar las puntas de los dedos. Mientras, él se convierte en mirador de nubes y en plantador de árboles, de arces, que no todo va a ser pintar.

    Toparse con un centenar de obras tantos años después en la exposición Un barco en la montaña, ¿qué sensación le produce? Son sensaciones ambiguas y encontradas, aunque me llevo bien con ellas. Ha sido una vuelta estupenda. Me encanta. Las veo muy bien, aunque en ocasiones puede ser doloroso porque las travesías no son fáciles. Y son sensaciones ambiguas porque dentro de nosotros habitan dos personajes, un contraste muy claro. Por un lado, está ese ego ambicioso que quiere más y que no está conforme, y junto a él ese otro satisfecho y conforme. Esta exposición es una travesía temporal.

    Su trabajo no se puede entender sin la presencia del agua. El agua, el río, concretamente, para mí, es fundamental, es el flujo, es la vida en la que estás inmerso y es algo que me resulta necesario. Escucho el río y también la llamada del mar, me atraen su calma y su profundidad. El agua es un mundo paralelo y durante años me ha protegido. Soy un tipo tímido que durante un tiempo, al aterrizar en Nueva York, se sintió aislado. Soy de una tierra donde la lluvia es abundante y el agua se convierte casi en un mito. Todos mis descubrimientos los he ido haciendo en soledad y el agua era para nosotros un tema casi tabú: en el río te podías perder, te podía llevar la corriente, era peligroso. A mí no me dejaban tocar el agua porque tenía mucha balsa y te podías quedar ahí clavado. A medida que te vas haciendo mayor te das cuenta de esa sonoridad que tiene el agua, el eco, la resonancia del mar. A mí me acerca a los sonidos de la placenta. Y eso lo sientes cuando vas a un cabo alto y escuchas la música profunda, casi sorda, del mar. Cuando me siento frente a frente, me llama, sí, me invita a meterme en el agua, me siento muy atraído por esa fuerza. Es nuestra madre, la mejor poesía y la imagen más potente, con sus susurros.

    El hundimiento del carguero Elorrio frente a las costas de su tierra en diciembre de 1960 le marcó. También lo ha hecho un personaje del mar que está en sus obras, Nemo. El naufragio de aquel barco me marcó mucho. El barco embarrancado se hundió sin control muy cerca de Langre, en Cantabria, un desastre tremendo en el que murieron más de veinte personas. Yo era un crío de apenas seis años, y tomé conciencia de lo que había sucedido al ver las imágenes impresas en el periódico cuando mi padre nos las enseñó. Yo creo que fue en aquel momento cuando la idea se me quedó dentro y me atrapó. Nemo es un personaje que tengo como referencia, aunque no sé si es real, pero está en mi cabeza. Y su mundo está en estas obras, en el agua, en la visión del submarino, del periscopio, la idea de estar debajo del agua, que cobra forma en el momento de la inmersión en el estudio. Con el capitán puedes viajar a donde quieres.

    La idea de circularidad marca esta retrospectiva. En realidad nuestras vidas son así, nacemos, crecemos y tratamos de despegar desde nuestra infancia, con nuestros traumas y recuerdos, y es desde ahí donde construimos los pilares para nuestro imaginario. Llegado el momento te lanzas y viajas, haces un periplo, una travesía, como la del Elorrio, como he hecho yo mismo, de ida y vuelta. Y es cuando te das cuenta, con el paso de los años, de que la vida tiene un algo o bastante de circular. Las 11 salas de esta exposición tienen algo de óvalo, de círculo, y al final del recorrido llegamos a una conexión con el comienzo y podemos empezar de nuevo. Del pequeño hall de la entrada que recibe puedes elegir ir a la derecha y encontrarte con las obras más antiguas, o tomar la otra dirección y ver las más recientes. Una y otra están conectadas y conectan al espectador. Puedes optar entre el agua salada y el agua dulce y enlazar ambas.

    Viajemos a Nueva York. Llegó a finales de los ochenta con una beca Fullbright y poco más. ¿Qué hacía en aquellos años? Pintar, no podía hacer otra cosa. Allí realicé una segunda versión de una obra, Untitled. 1960 Williamsburg, de 1987, que no hemos podido colgar en la exposición del Reina Sofía porque no nos la han dejado. En ella, el barco que se ve está girado y mira hacia el otro lado. Ahí está el viaje de vuelta del Elorrio. Venía de Nueva York cuando naufragó. Y lo que refleja esa obra es mi propia situación en aquella ciudad: me siento aislado, en un barrio que no conozco y andando por unas calles que nunca antes he pisado. El naufragio de aquel barco me marcó mucho. ¿Es una alegoría del doble viaje? El barco viene a mi tierra y yo viajo a Nueva York desde Cantabria.

    ¿Echó entonces de menos la soledad? Necesitaba recuperar el silencio y la soledad de mi infancia. He construido mis fantasías y mi imaginario en soledad porque he pasado muchas horas solo que eran de un enriquecimiento, diría que muy naif, que estaban vinculadas a ti mismo, a tus sentidos, y he podido desarrollarlos mucho. La ciudad tiene otro paisaje que tiene mucho que ver con lo construido y muchas veces lo que genera es ruido… [Gema Pajares. Foto: Alfredo Arias]

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