A Anselm Kiefer le parieron en terreno inhóspito. Su madre le trajo al mundo con los últimos ecos de las bombas de la Segunda Guerra Mundial. Era un 8 de marzo de 1945 en la ciudad de Donaueschingen, y en aquella Alemania fría, dura, devastada y rota, con el peso de la culpa aún hoy, tuvo que componérselas para vivir entre escombros, para sortearlos también. “Yo nací entre ruinas. Nací en el sótano del hospital porque nuestra casa había sido bombardeada aquella noche. Y de niño siempre jugaba entre las ruinas. No tenía juguetes”, ha contado. A Kiefer, artista de referencia, nombre clave del arte internacional, lúcido y sensato, uno de esos intelectuales de los que tan huérfanos hoy vivimos, aquella posguerra le alimentó y le hizo fuerte. Supo que la lección era lo suficientemente dura como para no olvidarla, sobre todo para no caer en los terribles errores de quienes le precedieron. A él y a millones de personas. Era imposible cargar sobre los hombros el peso de un silencio tan ensordecedor. Cuando le preguntamos si cree que hemos aprendido del pasado nos dispara una respuesta directa y certera: “No, todo lo contrario. Repetimos los mismos errores continuamente, solo que ahora los vemos en el mundo”. Los vemos y casi los tocamos, son errores que se palpan. Más de ochenta años después. El Centro de Arte Hortensia Herrero de Valencia dedica al artista alemán la primera exposición en España en veinte años. La idea de este viaje valenciano se remonta a cinco años atrás, cuenta el comisario Javier Molins: “Su obra habla mucho de la historia y este centro habla también de la historia de Valencia, de las capas que se han superpuesto a lo largo de los siglos, de las tres culturas que convivieron en este suelo, judía, cristiana y musulmana. Qué mejor, entonces, que elegir a un artista presente en la colección y que trabajara así, por estratos”. Todo apuntaba al alemán. Después de visitar ese estudio que es como una ciudad que uno quiere llegar a habitar. Su llegada, desde esa calma que intuimos y le acompaña adherida a la piel, se tradujo en terremoto. Y tras la sacudida y con los ojos del arte puestos en las salas, las aguas se amansaron. Cuando Kiefer puso los ojos en la sala donde hoy cuelga Danaë pensó que ese y no otro era el espacio. La obra sola. La lluvia amarilla sola. La belleza de trece metros de historia sola. El doble caso que tiene el Guernica, un lienzo que se muestra en soledad también. En una soledad acompañada siempre. “Parece un site-specific para esta obra” dicen que dijo. Hubo que cegar hasta una puerta. Los ojos muy abiertos para percibirlo todo. Un libro abierto frente a otro, los volúmenes que sobresalen, que invitan casi a pasar las páginas (esa idea que se repite una y otra vez de querer tocar, de necesitar palpar la materia) y que dan fe de una de sus benditas obsesiones, la literatura. Son esculturas que han tomado el lugar de las manchas de color. Entre las flores del mal, que son del bien, Baudelaire, y la lectura diaria, que no perdona, Kiefer sobrecoge. No hace falta hablar porque el espectador enmudece. ¿Es intencionado? ¿Cómo puede combinar esa doble sensación antagónica de intimidad y grandeza? “No tengo la intención de sobrecoger, aunque yo mismo puedo sentirme sobrecogido y sorprendido por lo que sucede, especialmente cuando estoy un tiempo alejado de mi estudio. Los formatos grandes me dan cierta sensación de libertad. Aunque parezcan enormes, comparados con el cosmos son, junto con la propia vida, la propia existencia de cada cual, bastante pequeños”, contesta con cierta modestia. “Trabajo constantemente con libros y fotografías, a veces con acuarelas. Me considero un maestro del pequeño formato”, añade como si de una paradoja se tratara… [Gema Pajares. Anselm Kiefer junto a una de sus obras realizadas para la exposición en el Palacio Ducal de Venecia. Foto: Georges Poncet]







