• Paolo
  • El regreso a Ítaca de Peridis

    El niño José María Pérez González nació en 1941 en Cabezón de Liébana, en Cantabria. Vivía al final del pueblo, muy al final, y junto a su casa se levantaban las maltrechas ruinas de un monasterio que en un tiempo fue esplendoroso. Para él y el resto de los chavales era una fortaleza, un lugar lleno de misterio, un territorio donde adentrarse y vivir aventuras. Se colaba por las rendijas que la maleza, que se había hecho dueña de las piedras, le dejaban. No había televisión, ni móviles. Había tiempo para vivir. Y mucha imaginación. Los años pasaron y él, apegado siempre a la tierra donde plantaba habichuelas junto a su madre, estudió y halló su camino. Se hizo arquitecto y sacó el lápiz que siempre había llevado en el bolsillo y lo puso en marcha. Cronos, Schulz, Quino… Sus viñetas inauguraron El País en 1976 y el niño Pérez González se convirtió en Peridis, un apasionado defensor del románico capaz de poner en pie la única enciclopedia en el mundo que le ha dado voz, hombre emprendedor, escritor, hacedor de proyectos que sabe hablar con las manos. Acaba de publicar un libro que le ha devuelto a su infancia, El tesoro del convento caído (Espasa), donde aprendió una de sus primeras lecciones de vida: que se recoge lo que se siembra. Y su cosecha, a qué negarlo, es abundante. Es mucha.

    Acaba de publicar El tesoro del convento caído, un libro lleno de vida, de la suya, y de aventuras, las del niño José María en Santa María la Real, en Aguilar de Campoo. ¿Cómo se vuelve a la niñez que ha sido? Quizá fácilmente si has sido un poco niño toda la vida. Y si no lo has perdido del todo y conservas ahí tus raíces. En alguna medida o en gran medida, este libro es mi Odisea personal, mi vuelta a Ítaca. Yo he regresado a la patria chica después de haber salido con 18 años y al cabo de otros 18 casi, me he encontrado con que las ruinas que yo conocía y con las que jugaba de niño, el reino en ruinas, había que restaurarlo, que recuperarlo, pero no para mí, sino para todos, porque era un legado que no me pertenecía, me pertenecía el recuerdo. Lo he hecho mío y de los amigos del monasterio de Santa María la Real y entre todos pusimos en marcha una asociación para recuperarlo y hacer realidad la frase que pronunció Unamuno cuando lo visitó hace casi cien años, en 1921. Después de lamentarse de ver las ruinas que tenía delante y hacer la metáfora de España con esa imagen, dijo que hasta una ruina puede ser una esperanza. Porque hay agua y un arroyo que nace de la reseca roca. La vida está ahí. Es como la sandía de la tierra de secano. Nace y crece. Nosotros tomamos esa frase como lema y hemos convertido la ruina en esperanza con una particularidad: que lo hemos recuperado para revivirlo.

     ¿Cómo se recupera, entonces, la infancia? Restaurando sus ámbitos, dándoles una nueva vida para que esa sea la vida de las nuevas generaciones, que van a encontrar en el instituto o en la universidad que hay allí, en lo que antes era ruina, un nuevo camino, y utilizarlo al mismo tiempo como ascensor social. Tú vas al monasterio de Aguilar a la hora en que los chicos y las chicas salen del instituto y ves que hay un manantial de juventud que ha cogido el testigo porque les pertenece a ellos. Ya es otra generación la que está implicada. La obra de los frailes está ahí, recuperada y con savia nueva en el siglo XXI para la enseñanza, que es lo más parecido a lo que hubo. Lo que he hecho en este libro es un recorrido circular de regreso a la infancia, pero no para añorarla o simplemente contarla, sino para vivirla y para que eso sea vivido como ha sido por otras personas que le han dedicado su vida y ha sido su proyecto de vida. Un proyecto regeneracionista que nos ha marcado. A mí, por supuesto, que lo he liderado. Yo era el niño que jugaba en aquel Exin Castillos. Imagínate el juguete que yo tenía entre manos.

    Y ese Exin Castillos, como usted lo llama, ha revivido gracias a Peridis y a mucha gente que ha trabajado muy duro. De un monasterio cubierto de maleza y maltrecho, casi irrecuperable, se ha pasado al centro de actividad cultural que es hoy. Debe sentirse muy orgulloso. Es un orgullo, sí. Y es darle otra nueva vida y es también una metáfora. Cuando te planteas qué salidas hay para la vida rural, llegan las preguntas: ¿granjas de cerdos que contaminan la atmósfera, los manantiales, que huelen mal y expulsan a los turistas? ¿O podemos conseguir que una generación recupere todo ese patrimonio y lo ponga en valor? Claro que se puede. Y lo hemos hecho y está ahí.

    ¿Por qué dedicarle la vida al románico? Es un arte para los sentidos. Hemos publicado setenta y siete tomos. Con Andorra lo hemos terminado. Misión cumplida. Son cuarenta mil testimonios y treinta años de trabajo. En sus páginas está todo el Románico de la Península Ibérica, que incluye Portugal. Iglesia a iglesia, con fotos, textos introductorios, explicaciones de cada obra, planos que hacíamos al principio a mano, fotografías. Los de Cataluña, en catalán, los del País Vasco, en euskera y los de Portugal, en portugués. Y se pueden consultar gratis online (en romanicodigital.com). Los hemos editado desde la propia Fundación Santa María la Real modestamente pero con mucho rigor. Y un equipo maravilloso de más de mil personas que ha hecho posible esta obra que se puede consultar online, que es un dato muy importante. No hay una obra igual.

    ¿Hay quien sepa más del románico que usted? Muchos. Yo sé muy poco. Lo que he sabido ha sido promoverlo, buscar financiación, vender la idea y sostener la antorcha, aunque primero había que encenderla. Lo que no se conoce no se conserva ni se ama. Y este patrimonio está en peligro porque está en una España despoblada. El románico es un arte de la repoblación y es rural. Cada vez queda menos gente en los pueblos y las iglesias se vienen abajo. Somos un país rico, con mucho turismo y ¿no vamos a saber mantener lo que tenemos aunque sea tapiándolo? Esta enciclopedia puede ser un grito en el desierto, pero ahí queda para la posteridad. [Gema Pajares. Foto: Alfredo Arias]

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