Estudioso de la historia del arte y defensor de la cultura popular negra son dos de las etiquetas que definen a Rashid Johnson (Chicago, 1977), uno de los artistas estadounidenses contemporáneos más influyentes. Formado en la Escuela del Art Institute de Chicago, sus comienzos estuvieron ligados a la fotografía y al arte conceptual, aunque hoy se expresa por igual a través de la pintura, la escultura, el dibujo, la instalación y el cine. Su obra plástica aborda cuestiones existenciales como el alma, la libertad, el dolor, la alienación o la ansiedad reivindicando que “el mundo es también lo que ocurre en nuestro interior”. En paralelo a su faceta creativa, el artista, que reside en Nueva York, es también un apasionado coleccionista: “coleccionar es mi manera de desentrañar mi relación con la historia a través de los objetos», ha explicado. El museo Guggenheim de Nueva York le dedicó este año una retrospectiva, A Poem for Deep Thinkers, y este verano es el comisario en el espacio Hauser & Wirth Menorca de la exposición colectiva Directionless [Sin rumbo]. Johnson ha invitado a Charles Gaines, Firelei Báez y la española Cristina Iglesias a que seleccionen a su vez a otros artistas -no representados por la galería- para ofrecer un ensayo visual sobre el mundo en tiempos de confusión.
Directionless parte de la premisa de que estamos viviendo un momento de profunda desorientación. ¿Qué le guía en tiempos turbulentos? ¿Cuál es su brújula interior? Hacer arte siempre ha sido la manera de escuchar mi voz interior y de meditar. En pleno apogeo de la pandemia, cuando la incertidumbre era mayor, sentí el impulso de ponerme a pintar. En estos momentos, hay una pesadez en el aire, tanto externa como interna, que creo que muchos de nosotros llevamos a cuestas sin llegar a nombrarla del todo. Siento una especie de agotamiento acumulado tras años de crisis, de la exigencia implacable de responder, de resistir, de dar explicaciones. Últimamente he estado creando obras que tratan sobre la liberación y el descanso. Lo que sucede cuando el cuerpo se relaja y no dedica energía al movimiento. No se trata de evasión, sino del descanso como una auténtica postura filosófica. Como un acto de rechazo. Hace poco rodé un film que capta una especie de danza en la que dos figuras intentan llevar el peso de la otra.
En 2022 usted presentó en este mismo espacio de Hauser & Wirth en Menorca Saudade. ¿Sigue pensando que la melancolía es el mejor lugar posible? ¿Es un buen punto de partida para crear? La saudade —esa palabra portuguesa que designa un anhelo para el que no hay una traducción exacta— sigue muy presente en mí. Quizá ahora más que nunca. Es la sensación de echar de menos algo a lo que no puedes volver, un hogar que existe más como una sensación que como un lugar. Es un sentimiento que llevo años albergando en mi interior, y no creo que lo haya superado. Estoy creando nuevas pinturas en un intenso rojo marciano que presentan una forma repetitiva de lo que podríamos considerar el arquetipo de un hogar. Dan la sensación de ser a la vez topográficas, pero también es evidente que no representan un espacio físico. Transmiten esa sensación de liminalidad: de estar entre dos cosas, entre la pertenencia y el desarraigo. Hay en ellas una nostalgia que he dejado de intentar resolver. La melancolía sigue siendo un terreno fértil. Pero ahora matizaría un poco: creo que lo que estoy explorando no es exactamente melancolía, sino algo más cercano al dolor específico que se siente en la liminalidad. El de encontrarse en un umbral del que no se puede volver atrás. Esa tensión de sentirse atraído hacia un hogar que ha cambiado o desaparecido.
La idea del ahora ha sido clave en su trabajo. ¿Cómo es su ahora? Me encuentro en un proceso de reflexión que, en realidad, comenzó con la preparación de mi retrospectiva en el Solomon R. Guggenheim de Nueva York, A Poem for Deep Thinkers, y que ha derivado en la exploración de conceptos que me parecen muy proféticos en relación con mi situación actual. Estoy creando pinturas que tratan sobre la reflexión tranquila y la vida interior, a las que denomino Quiet Paintings, así como una serie de esculturas y vídeos que exploran el cuerpo cuando no está en movimiento, encarnando el descanso o el agotamiento… [Vanessa García-Osuna. Foto Rashid Johnson: Cortesía del artista y Hauser & Wirth. Fotógrafo: Joshua Woods]












