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  • El mundo interior de Lázaro Rosa-Violán

    “Creamos espacios que cuentan tu historia” propone Lázaro Rosa-Violan. Hoteles, restaurantes, comercios y particulares, todo el mundo quiere que sus historias sean contadas por uno de los interioristas más deseados del mundo. Estudiándolas e inventándolas, están por todo el planeta, desde Barcelona y Madrid, donde tiene estudios, hasta París, donde va a abrir otro, además de Nueva York, Japón, México y Sudáfrica. Aunque no se considera coleccionista, sus estudios son escenarios de museo así como su propia casa, donde convive con pinturas de Feito, sillas Gaulino de Oscar Tusquets, grabados de Dalí, Palazuelo y Picasso, con cerámicas también del genio malagueño, además de multitud de piezas de artistas diversos y de obra propia, ya que Rosa-Violán, que estudió la carrera de Bellas Artes, es también pintor y escultor. Convencido de que el entorno puede transformar la vida, como asegura en esta entrevista, hasta los más pequeños detalles de su residencia destacan con un gusto exquisito.

    Empezó a pintar de niño; luego estudió Bellas Artes y más tarde, arquitectura e interiorismo. Sí, empecé de pequeño, aunque en mi familia no hay antecedentes artísticos. Mis padres eran economistas y abogados, y soy el mayor de siete hermanos; mi padre, viendo que yo tenía vocación, me fue dirigiendo hacia ahí. Vivíamos en Bilbao y tenía una profesora de pintura buenísima, Marina Sainz de Rozas, catedrática de la Universidad de Bilbao. Yo iba al colegio y por las tardes tomaba clases privadas de pintura con ella y cuando falleció, desde el claustro redistribuyeron a sus alumnos y, como me consideraron el mejor, me permitieron hacer la carrera de Bellas Artes a partir de los ocho años como oyente. Luego a mi padre lo destinaron a Madrid y allí cursé la carrera completa de Bellas Artes.

    ¿Sigue pintando? Sí, sí, hago pintura y escultura. Tengo dos talleres aquí en Barcelona; uno de pintura, donde tengo gente trabajando conmigo. Lógicamente, ya no puedo abordar físicamente todo; hago los bocetos y los prototipos y luego lo superviso todo. En el de escultura tengo varios escultores conmigo, de distintas nacionalidades, con los que me entiendo en castellano o catalán. Yo soy catalán de padre, madre y abuelos, pero me crié en Bilbao. Mi abuela, hasta que se murió, nunca me habló en castellano. Decía: “esos niños tienen que ir a Cataluña”, y el único que dio el paso de volver fui yo, y luego he atraído a tres de mis hermanas, que están conmigo aquí trabajando. Una de ellas es nuestra jefa y nos repartimos los papeles.

    Hay distintas maneras de entender el interiorismo, ¿cómo lo entiende usted? Creo que las nomenclaturas no llevan a nada. Una vez estuve en el jurado en unos premios muy prestigiosos y había una discusión acaloradísima entre dos interioristas o decoradores y uno decía “si me llaman decorador, me levanto y me voy”. Yo, que viví nueve años en Estados Unidos hasta hace poco, sé que después de la de abogado, la carrera mejor pagada, más que la de arquitecto, es la de decorador, y en Francia el décorateur es una super profesión. Creo que aquí es la figura que te acompaña un poco en la decoración de la casa y que el interiorista es mucho más que eso; es alguien que concibe un espacio, y en nuestro caso, nosotros nos inventamos una historia alrededor del interiorismo, siempre hay un argumento y las cosas no están porque sí, sino porque queremos que la gente sienta algo y que tenga una experiencia diferente en cada sitio que hacemos, y eso es aplicable a todo, incluso a lo residencial.

    ¿Con qué criterios hace sus adquisiciones? No me guío por las firmas, escojo las piezas en función de lo que necesita el espacio donde las vamos a utilizar porque me interesa ese poder decorativo del arte. Y no sé por qué hay mucha gente que lo ve como algo peyorativo. Al final, las primeras funciones de la pintura fueron didácticas con el objetivo de contar algo, y también embellecer los espacios. A mí me encanta una propuesta que hacía el galerista Axel Vervoordt -que se hace llamar decorador, dándole una connotación sofisticada- en el Palacio Fortuny de Venecia coincidiendo con la Bienal; era una gran exposición de arte contemporáneo y clásico con la disposición como se hacía antiguamente. O sea, no con el sistema museístico de cuadro, foco y vacío alrededor, sino que las obras formaban parte de una historia que contaba y se llamaba In-Finitum. A mí me parecía precioso; Vervoordt recuperó esa idea de que las piezas se habían elegido en función del sitio donde iban a ir. No al revés. Yo compro y lo utilizo por impulso pienso en el sitio en el que quiero ponerla mucho más que en la inversión. Hay artistas que no se cotizan mucho pero que me encantan… [Marga Perera. Foto: Maria Dias]

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