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  • Veronese, el mago de Verona

    Paolo Veronese (1528-1588) triunfó en vida y, tras su muerte, gozó del favor ininterrumpido de príncipes, coleccionistas y colegas. Solo en el siglo XX su fama palideció ligeramente tal vez porque la sensibilidad contemporánea no se siente atraída por una vida sin escándalos como la suya, aunque tampoco ha ayudado cierta asimilación de su pintura con el lujo y la ampulosidad. La exposición que le dedica el Museo del Prado, patrocinada por la Fundación AXA y comisariada por Miguel Falomir, director de la pinacoteca, y Enrico Maria dal Pozzolo, profesor de la Università di Verona, quiere desterrar estas ideas y mostrar la realidad de un pintor que, más que cualquier otro del Renacimiento italiano, supo concretar una idea orgánica y totalizadora del arte, capaz de abarcar una enorme cantidad de referencias estéticas y culturales. Y, además, hacerlo con una libertad formal y una desenvoltura conceptual sin parangón, en un momento crítico para Venecia, cuando afloraban tensiones religiosas y se evidenciaban los primeros síntomas de una decadencia que sus pinceles camuflaron con maestría. Frente al cliché que lo reduce a un decorador de palacios y villas, Veronese fue un hombre culto y sensible que se interesó por la pintura religiosa, la arquitectura, el dibujo y el retrato.

    La muestra se centra en tres temas principales: el proceso creativo y su dirección de taller, analizando desde sus primeros bocetos hasta la producción en óleo en su bottega; su destacada capacidad como capobottega, superando incluso a otros grandes maestros de la época como Tiziano o Tintoretto; y su habilidad para representar las aspiraciones de las élites venecianas, reflejadas en su estilo cosmopolita que atrajo a cortes europeas. De Veronese se pondera su «inteligencia pictórica» y, ciertamente, tras el oropel anida una calidad superlativa que le permite concebir un universo propio y trasladarlo con variados y sofisticados recursos a composiciones que fascinan y conmueven. Gestos, indumentarias, colores y personajes exóticos, espacios ilusorios e imponentes arquitecturas, todo contribuye a que el espectador se imagine dentro de sus composiciones. Como señaló Marco Boschini en 1660, la de Veronese «no es pintura, es magia que hechiza a quien la ve».

    La exposición del Prado recorre todas sus etapas y temáticas con algunas de sus obras más célebres, como Venus y Adonis o La disputa con los doctores en el templo, de la propia colección del museo madrileño; e importantes préstamos como La conversión de María Magdalena, de la National Gallery de Londres, Retrato de mujer con un niño y un perro, del Louvre, La unción de David, del Kunsthistorisches de Viena, La predicación de San Juan Bautista, de la Galleria Borghese, o Cristo predicando en el templo, del Getty de Los Ángeles.

    Aunque la última sección analiza el legado de Veronese en los artistas inmediatamente posteriores a su muerte, su condición de «pintor de pintores» llega hasta el siglo XX. Uno de sus mayores admiradores fue Eugène Delacroix, a quien su amigo CharlesRaymond Soulier recordaba haber visto, al inicio de su carrera, «encaramado a una inmensa escalera copiando las cabezas de las Bodas de Caná de Paolo Veronese». El 23 de septiembre de 1834 Delacroix escribía a Frédéric Villot que había hecho una acuarela a partir del San Barnabé curando al enfermo, un «magnífico Veronese […] que valdría por sí solo el viaje». ¿Qué atraía tanto a Delacroix del pintor italiano? En 1859 se lo explicaba al artista Alexis Pérignon: «Hay un hombre que crea luz sin contraste violento, que crea el efecto del plein air que siempre se nos ha dicho que era imposible: es Paolo Veronese. Según mi parecer, es el único que ha percibido todo el secreto de la naturaleza. Sin imitar exactamente su estilo, podemos recorrer muchos caminos en los que él ha dejado ya verdaderas antorchas». Años después su compatriota Paul Cézanne apostillaría: «Las cosas, las personas, le entraban en el alma con el sol, sin nada que las separara de la luz, sin dibujo, sin abstracciones, todo en colores».

    Su vida se apagó a los 60 años tras contagiarse de unas fiebres durante una procesión de Semana Santa. Su hermano Benedetto y sus hijos Carlo y Gabriele, que cogieron el testigo del rentable taller, lo enterraron en la iglesia de San Sebastiano donde un busto indica el lugar de su tumba. [Paolo Veronese, La disputa con los doctores en el templo, h. 1560. Madrid, Museo Nacional del Prado]. Hasta el 21 de septiembre. Museo del Prado. Madrid. Museodelprado.es

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