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    Flores y artistas: un idilio apasionado

    “Resulta casi imposible imaginar una época en la que la gracia, la belleza y la delicadeza de las flores no nos hayan seducido. Recurrimos a ellas en todos los grandes acontecimientos de nuestra vida. Celebramos los cumpleaños con ellas. Engalanamos a las novias con ellas. Ponemos sus nombres a los niños, llenamos nuestras casas con sus imágenes en cortinas, tazas de café y papel pintado. Y cuando morimos, nos envían al otro mundo cubiertos de aromáticas rosas y ramos de lirios. Las flores siempre han tenido este poder. Mucho antes de que se imprimiera el primer libro, los monjes pintaban pequeñas y primorosas columbinas, margaritas dobles y corazones en los bordes de sus manuscritos. Antes de que las flores tuvieran nombres oficiales, la gente las cultivaba en sus jardines, primero porque eran útiles -la mayoría de las medicinas se basaban en extractos de plantas- pero también porque eran bonitas. Trasplantadas a nuevos hábitats, mimadas y a resguardo de los animales, las plantas prosperaban y se multiplicaban. Creíamos que las utilizábamos pero ¿no sería al revés?” escribe Anna Pavord en el libro Flower: Exploring the World in Bloom (Phaidon).  Dedicamos un amplio especial a profundizar en el inspirador romance que han mantenido desde hace siglos los artistas con el universo botánico. [Marc Quinn, Garden, 2000. Cámara frigorífica, acero inoxidable, cristal templado, equipo de refrigeración, espejos, césped, plantas reales, tanque acrílico. Colección privada © 2020 Phaidon Press Limited]

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