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Inicio » Entrevista » Juan Luis Goenaga. Silencio, se crea

En la falda del monte Hernio se despliega un frondoso hayedo cuyas hojas rojas y anaranjadas dan al bosque de Alkiza (Gipuzkoa) un aspecto casi mágico. Entre la espesura de esa naturaleza agreste y generosa surge Aitzeterdi, un caserío del siglo XV que es el hogar y el taller de Juan Luis Goenaga (San Sebastián, 1950). Alejado del marasmo de la gran ciudad, el veterano artista vasco, ha recorrido un camino libre, emancipado de modas y tendencias, guiado por un insobornable compromiso con la pintura. La Sala Kubo Kutxa de San Sebastián le dedica una retrospectiva comisariada por Mikel Lertxundi, quien le ha descrito como «uno de los creadores vascos más importantes del último medio siglo”. Y Woody Allen ha inmortalizado sus cuadros en la gran pantalla en su última comedia, El Festival de Rifkin. Entre los muros de piedra de su estudio, que recuerda el anárquico atelier de Francis Bacon, Goenaga cual demiurgo encuentra la armonía dentro de un aparente caos (óleos que cubren suelos y paredes, sartenes usadas como paletas…). De formación autodidacta, el pintor donostiarra reconoce que aprendió más en sus visitas a museos que en las academias y que un día sin pintar es un día perdido. [Vanessa García-Osuna- Foto: Bárbara Goenaga para Vanity Fair]

Usted creció en un entorno alejado del arte, sus padres regentaban el famoso restaurante Aurrerá en la calle Urbieta de San Sebastián, punto de encuentro de la sociedad vasca, por cuyos salones pasaron hasta mitos como Mata Hari ¿Cuáles son sus mejores recuerdos del bar familiar? Bueno, no era un entorno tan alejado del arte… Me relacionaba con pintores mucho mayores que yo que pasaban por el bar, y luego en San Sebastián visitaba galerías, espacios municipales y centros de información y turismo donde se celebraban exposiciones. También estaban las salas de arte Aranaz Darrás, los bajos del ayuntamiento o incluso el Museo San Telmo donde recuerdo haber visto de niño con mi padre una muestra sobre Benjamín Palencia, y, más adelante, otra de grabados expresionistas alemanes organizada por el consulado alemán que me impactó. Aparte, yo conocía bien la colección de San Telmo en la que hay piezas de Regoyos, El Greco, Becquer, Zuloaga… Además por nuestro restaurante desfilaban futbolistas, toreros, ciclistas como Bahamontes y algunos personajes de tipo barojiano.

Cogió su primer pincel con 5 años, ¿quiénes le guiaron en aquellos primeros escarceos con el arte? Desde niño me interesó la pintura. Me gustaba pintar ciclistas, y me fascinaban las fotos que veía en las revistas del Tour, del Giro, los Alpes, los Pirineos. Además solía ir con mis bártulos –y acompañado por mi madre- a pintar por los alrededores de Donosti, Oriamendi… Al colegio iba pertrechado con mi caballete y mis pinturas y los curas (marianistas) me dejaban pintar en una esquina. Algunos de estos cuadritos se subastaban luego para el Domund e iniciativas benéficas de este tipo…

¿Cómo aprendió a pintar? Sobre todo fijándome mucho en el arte de los museos. He sido un gran entusiasta de los museos tanto de pintura como de arqueología.

La naturaleza, el paisaje, el bodegón, la historia, la familia, el sexo… encontramos en su obra una alternancia de temas que se despliegan cual meandros, ¿cree que ha habido un hilo invisible entre todos? Creo que sí, aunque la verdad es que nunca me he planteado qué pintar. Cuando tenía 17 años mis modelos eran mis hermanas y hermanos, y luego pues empecé a pintar paisajes cercanos, Donosti, Ciordias, y también bodegones… He sentido gran afinidad por pintores como Modigliani, Van Gogh, Picasso, los impresionistas o, entre los españoles, artistas como Benjamín Palencia.

Su pintura se mueve en las borrosas fronteras entre la abstracción y la figuración, ¿se identifica como un pintor expresionista? Puede ser, pero también me gusta la pintura impresionista, que es más agradable y no tan dura. Me interesan autores como Fragonard o Boucher, que hacen una pintura amable y sensual.

Ha reconocido la influencia de los maestros del pasado como Tiziano y Goya o incluso del arte rupestre… ¿qué artistas le han acompañado durante toda su carrera? La pintura siempre es pintura. Ya en la prehistoria tenían la misma fuerza a
la hora de retratar un ser humano que a un bisonte. El arte de las grutas siempre lo relaciono tanto con Rembrandt como con las sanguinas de Goya. Es que en la pintura rupestre podemos encontrar de todo, el sexo, la mujer, el hombre, los cazadores… Hace poco han descubierto en una cueva prehistórica de Granada la huella de una mujer pintora. Y siempre vuelvo a Tiziano, a Tintoretto, a Veronés y a Goya claro… La buena pintura siempre es moderna.

Cuando se pone frente al caballete, ¿se guía por la realidad o la imaginación? La realidad siempre, y normalmente, la más próxima.

Decía Cézanne que “el arte es una armonía paralela a la naturaleza” y usted ha demostrado una conexión profunda con la tierra. ¿Cómo es su relación con la naturaleza? Es bonita esa frase… es cierto que el arte es una armonía paralela a la naturaleza. Mi relación con ella ha sido tremendamente intensa. Me he sentido sobrecogido ante cosas como el flysch de Zumaia con esa superposición de capas de rocas, duras y blandas, en la que cada una equivale a miles de años. Es como pintar un cuadro.

También le ha intrigado el mundo geológico A veces he pintado sobre fósiles y es emocionante porque eres consciente de que tienes en tu mano millones de años. El granito también es una piedra que me interesa. Al final es el soporte que consigo con el óleo, cuando me hago mis pigmentos, persigo un fondo oleoso pero pétreo.

¿Ha cambiado su forma de trabajar a lo largo de los años? Creo que sus últimas obras las ha creado en el exterior…. Sí, disfruto pintando al aire libre, lo que ocurre es que en el lugar en el que vivo resulta difícil porque el tiempo es muy cambiante. Puede variar en apenas media hora. Al ser mi pintura muy física me permite ‘entrar’ en la tela de otra manera, casi corporal.

¿Cómo son los colores del bosque de Alkiza? El bosque siempre hay que reinterpretarlo. Es un espacio mágico y cada pintor lo hace suyo. Van Gogh, los fauves, los expresionistas alemanes, todos lo interpretaron a su manera…

Los libros son otra de sus grandes pasiones, y sus lecturas dejan un rastro en sus cuadros. ¿Qué autores y libros le han marcado? Tengo una gran biblioteca en la que hay, sobre todo, libros de pintura, aunque mejor diría que de pintores, pero también de arqueología y prehistoria que son materias por las que siento particular interés; por ejemplo, el mundo ibero siempre me ha fascinado. ¿Autores? De joven me marcaron escritores como Baroja, Lovecraft, Allan Poe o José Miguel de Barandiarán. También Carlos Castaneda o Juan Luis Arsuaga, que es además un gran amigo. Y soy un ávido lector de revistas de arte.

Esa biblioteca, con miles de volúmenes, encandiló a Woody Allen, que la reconstruyó junto con su taller en El festival de Rifkin. ¿Cómo ha sido ver su obra en la gran pantalla? A mí personalmente me encantó la película. Acudí a varios ensayos
del pintor y la modelo. El estudio estaba muy bien reconstruido, las paredes, el suelo, todos llenos de mis cuadros, y hasta las sartenes (que yo uso como paletas). En una entrevista que me hicieron en Radio Nacional de España, entró en directo y por sorpresa Sergi López [que interpreta a un pintor de la película] para felicitarme y decirme que estaba muy a gusto entre tanta obra, en ese caos que suele ser mi estudio. Creo que los dos [Woody Allen y yo] somos bastante autistas y nos entendimos muy bien. Ha sido un “encuentro entre dos marcianos”, como dijo mi hija Bárbara. Justo ahora estoy leyendo sus memorias, A propósito de nada, y me doy cuenta que nos interesan temas similares: la mujer, las galerías de arte y la pintura. El final de la película me gustó, con el flysch de Zumaia, en grises, para bromear sobre la muerte.

Dice que entiende la pintura como algo físico, natural, y huye de “intelectualizarla”. ¿Es más interesante lo que se ve en la superficie que la ‘armazón’ teórica de la obra? Para mí la pintura tiene un componente muy físico, es como un nervio. Normalmente parto de la mancha y del color y van surgiendo cosas…. Tapo, borro, añado, es una lucha hasta que vislumbro algo de luz. Todo es un ejercicio de pura intuición.

Pinta sobre lienzo y también sobre papel Eskulan, un papel de algodón fabricado a mano El Eskulan lo hacían cerca de casa, y es lo más parecido a pintar sobre una gruta. Pinto mucho en el suelo, o sea, la presión es la misma.

Vivió un tiempo en París. ¿Se relacionó con la comunidad española de artistas…? París ha sido una presencia intermitente en mi carrera. Fui la primera vez cuando tendría 17 años…. Allí aprendí qué es la pintura, París te da muchas claves, además, está lleno de museos de pintura, y yo me los recorrí todos, torno salvaje y seguramente me habrá influenciado. De todas
formas me ha inspirado el medio rural de toda España: Guara, Soria, Ávila, Burgos…

¿Es un pintor metódico o espera a que lleguen las musas? Sí, soy sistemático, normalmente trabajo con distintos formatos y temas. A veces se te bloquea alguno pero tienes otros tres para seguir adelante… No sé si existen las musas, pero lo que sí hay son momentos mágicos. Cézanne ya hablaba del ‘pequeño milagro’…

¿Cómo se ve el mercado del arte desde su edén particular, alejado del “mundanal ruido”? Quieras que no, estoy siempre al tanto de la pintura, sobre todo la más cercana a mí. Todo lo que sea pintura me apasiona, sea en París, en Madrid o en un pueblo perdido.

Al comienzo de su carrera se interesó por la aportación de movimientos como Ur y Gaur, y trató a artistas como Chillida y Oteiza. ¿Qué recuerda de ellos? Tuve relación con pintores mayores que yo, los del Grupo Ur y Gaur, pero también con otros que no estaban adscritos a ningún grupo. Todos pasaban por el bar de mi familia y entonces era más fácil entablar
relación personal. A Chillida le traté mucho porque fue jurado en un concurso de pintura vasca hacia 1972, y a Oteiza algo menos, pero también.

¿Qué movimientos pictóricos nuevos le interesan? Bueno, me sentí muy cercano a una corriente como la Transvanguardia italiana de Achille Bonito Oliva donde cada pintor se centraba en la antropología, la prehistoria y, sobre todo, sentían interés por las historias más cercanas. He sentido conexión con ellos por edad y por más cosas….

¿En qué está trabajando ahora? Nunca me centro en un único tema sino que van aflorando a través de las manchas, de la presión sobre cada tela… Pueden ser paisajes, marinas o desnudos
indistintamente.

La Sala Kubo-Kutxa le dedica una retrospectiva comisariada por Mikel Lertxundi que recorre su carrera desde 1969 hasta la actualidad. ¿Qué ha sido lo mejor de este medio siglo de entrega al arte? ¡Ha sido mi modo de vida!. Mikel Lertxundi ha hecho un gran trabajo. La selección de obra es muy interesante y además ha localizado cuadros que tenía olvidados. Y además el público está respondiendo francamente bien. Al pensar en mi carrera también me siento en la obligación de reivindicar la labor de las galerías que me han acompañado, desde Luis Burgos a Kur Art Gallery o Ekain Arte Lanak… Y no puedo olvidarme del Museo de Bellas Artes de Bilbao al que considero un referente de modernidad y en el que tengo pendiente
una exposición sobre una etapa mía concreta, de 1972 a 1975, centrada en mis fotografías de hierbas, raíces…
Retrato-Juan-Luis-Goenaga-1