• Suzanne Valadon, la rebelde de Montmartre

    “He dibujado como una loca para que, cuando ya no me queden ojos, pueda mirar con la punta de mis dedos», dijo Suzanne Valadon (1865-1938) a quien el Centre Pompidou de París rinde homenaje con una ambiciosa exposición que reivindica su papel pionero, a menudo subestimado, en el nacimiento de la modernidad artística. A través de 200 obras, se repasa toda su trayectoria, desde sus inicios como modelo hasta su consagración. Valadon se mantuvo apartada de las tendencias dominantes del arte de su tiempo -el cubismo y la abstracción aún estaban en pañales- defendiendo ardientemente la necesidad de pintar la realidad. No se adhirió a ningún estilo concreto, excepto, tal vez, al suyo propio. Puso el desnudo, tanto femenino como masculino, en el centro de su trabajo, representando los cuerpos sin artificio ni voyeurismo. Nacida Marie-Clémentine Valadon en Bessines-sur-Gartempe y criada por su madre, una lavandera soltera, llegó a Montmartre, el barrio bohemio, núcleo de las vanguardias, de niña. A los 15 años empezó a posar para maestros como Puvis de Chavannes o Renoir, de quienes aprendió los secretos de la pintura. Toulouse-Lautrec, que la pintó con resaca, la apodó «Suzanna» – en referencia a una parábola bíblica sobre la lujuria- y el nombre le gustó tanto que lo adoptó para siempre. Por su carácter enérgico, imprescindible para pasar, siendo mujer y además pobre, de modelo a artista en un mundo tan competitivo y masculino, Degas la llamaba “Terrible Marie”, pero él fue, precisamente, uno de sus más fieles aliados, la animó a continuar pintando, la enseñó a grabar y empezó a coleccionar sus obras. 

    Marie Coca y su hija Gilberte, 1913 © Lyon MBA. Foto Alain Basset

    Aunque pintó retratos, paisajes y bodegones, destacó como retratista (“pinto a la gente para conocerla”, decía). Sus retratos, muchos realizados por encargo, denotan las influencias de otros artistas, pero también tienen un sello propio, caracterizado por los perfiles gruesos y el exuberante colorido. La mujer es la gran protagonista de su obra. La pinta sola o en pareja, en contextos domésticos y espacios cerrados, que reflejan complicidad y donde nunca aparecen hombres. Sus odaliscas, tumbadas en sofás o divanes, están consideradas sus obras más ambiciosas. Son desnudos con toques orientales y diferentes grados de sensualidad, desde la sexualidad explícita al erotismo elegante, con los cuerpos cubiertos con grandes telas de colores y dibujos florales que recuerdan a Matisse y Bonnard. Pintar el cuerpo femenino se convirtió en una especie de refugio y acto de resistencia en un entorno tan masculino como Montmartre. Con sus desnudos culmina su extraordinaria evolución, de modelo a artista, una transición dura y fatigosa que se saldó, afortunadamente, con éxito, tanto, que, en 1924, el Estado francés le compró una obra. Murió a los 72 años, y a su entierro asistieron colegas como Picasso y Braque. Tras un tiempo en el que su nombre fue olvidado, siendo recordada apenas como madre del pintor Maurice Utrillo, hoy ha resurgido con fuerza. [Hasta el 26 de mayo. Centre Pompidou. París. Centrepompidou.fr]

    La habitación azul, 1923 © Centre Pompidou, MNAM-CCI/Jacqueline Hyde/ Dist. Grand Palais Rm

     

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