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Inicio » Entrevista » Jordi Clos y su querido Nilo

Jordi Clos

Es tanta la pasión que Jordi Clos (Barcelona, 1950) siente por Egipto, que hablar con él es un verdadero privilegio: los misterios del antiguo Egipto empezaron a perseguirle desde niño y ha consagrado su vida a estudiar y descubrir esta fascinante civilización. Empresario, coleccionista y mecenas, ha creado el Museu Egipci de Barcelona, la colección privada abierta al público más importante de Europa, y la Fundació Arqueològica Clos -a la que pertenece el Museo- comprometida con el estudio del arte y la cultura del antiguo Egipto, desarrollando una importante tarea de investigación: desde campañas de excavaciones arqueológicas hasta la conservación y restauración de piezas.

Desde la temprana atracción infantil por los misterios de los faraones hasta el momento mágico del descubrimiento de tumbas perdidas bajo las arenas del desierto de Egipto y Sudán, el hilo conductor que ha guiado los pasos del mecenas catalán ha sido la curiosidad y el amor por el arte antiguo. Esta devoción, sin embargo, no acaba en el país del Nilo, pues su sensible mirada se ha fijado también en otras culturas asiáticas; se ha dejado seducir por el arte precolombino y el africano participando en expediciones etnográficas por África. Buena parte de sus colecciones están expuestas en sus hoteles, incluso en las habitaciones. Actualmente, con motivo de la celebración del 90 aniversario del descubrimiento de la tumba de Tutankhamón, el Museu Egipci de Barcelona celebra, hasta el 31 de mayo, una nueva exposición temporal: Tutanhkamón. Historia de un descubrimiento.

¿Cómo empezó su pasión por el arte egipcio?
La fascinación por la civilización egipcia me persigue desde que era un escolar. Estudiaba en las Escuelas Pías de Barcelona y el profesor de Historia nos mandó hacer un trabajo sobre una civilización antigua. Yo escogí Egipto. Con doce años, lo que más me atraía de los egipcios eran las tumbas, los tesoros y las maldiciones. De manera que empecé a recopilar toda la información que tenía al alcance y una vez finalizado el trabajo, volví a la documentación que me había deslumbrado y continué leyendo y empapándome del antiguo Egipto. Recuerdo que, recién cumplidos los dieciséis años, gasté todos mis ahorros en lo que sería mi primera adquisición como futuro coleccionista. En el Mercado de Sant Antoni de Barcelona encontré un lote de libros, publicaciones, revistas y fotografías antiguas de viajes y expediciones arqueológicas en las que podía verse el estado en que se encontraban los templos a principios del siglo XX.

¿Recuerda la primera pieza que compró?
Fue en 1969, un ushebti. Lo compré en Luxor, en un anticuario situado en los bajos del Winter Palace, un lugar fascinante para mí porque era donde se alojaban los grandes arqueólogos como Howard Carter. Recuerdo que fue una experiencia apasionante, era joven y me parecía insólito que yo pudiera estar allí [el recuerdo le ilumina la cara]. Los ushebti son pequeñas estatuas muy esquemáticas, hechas de madera, cerámica o arcilla y eran una de las mayores peculiaridades de la antigua civilización egipcia. Solían servir y acompañar a los muertos en su ajuar funerario.

¿Cuándo empezó a sentirse coleccionista?
Aquel ushebti despertó mi vocación de coleccionista. Comprendí que era posible comprar piezas egipcias auténticas y, cuando viajaba por Europa, además de visitar los museos, recorría todas las tiendas de anticuarios. Entré en el mundo del coleccionismo hace treinta años. Empecé con una colección de arte egipcio pero al acudir a subastas me encontré con interesantes ventas, como una colección de 250 mosaicos romanos de un coleccionista japonés o una serie de piezas de arte precolombino que adquirí en una subasta de Nueva York en 1992, coincidiendo con la crisis. Tengo la suerte de poder compaginar mi pasión por el arte con mi profesión de hotelero. Por eso, nuestros hoteles están estrechamente relacionados con el arte, son edificios singulares, monumentos, palacios, y cada uno de ellos alberga una pequeña colección. Los mosaicos romanos están ahora expuestos en el Hotel The Caesar de Londres y en el Villa Real de Madrid, y una selección de 200 piezas de arte precolombino de las culturas Maya, Chimú, Nayarit, Tairona, Quimbaya, Veracruz, Jalisco, entre otras, se muestra en el Hotel Claris de Barcelona. Dormir rodeados de obras de arte aporta una identidad propia a nuestros hoteles.

¿Cuáles son los recuerdos más impactantes de su primera expedición?
La mayor aventura imaginable para todo aficionado a la egiptología es, sin duda, la de participar en una excavación arqueológica. Descubrir algo que ha permanecido oculto durante siglos, sacar a la luz algún objeto por mínimo que sea, ¡es fascinante! La primera vez que fui a excavar fue con la arqueóloga María del Carmen Pérez Die, asistí unos pocos días como invitado a la excavación de Heracleópolis Magna, situada en Ehnasia el-Medina. Creí necesario que la Fundació Arqueològica Clos tuviera excavaciones propias; empezamos en Oxirrinco, después Dyebel Barkal y las mastabas de Meidum y finalmente estamos en Sharuna con la Universidad de Tubinga.

¿Ha habido algún descubrimiento especial?
Entre las experiencias más impresionantes, recuerdo la búsqueda de una tumba en Sudán volando en una avioneta Antonov rusa con dos alas de tela, que nos llevó al hallazgo de la tumba de un rey egipcio de Sudán [Jordi Clos me enseña la fotografía de la tumba; la imagen es sobrecogedora, con las escaleras que bajan a la cámara funeraria]. Cuando estoy en las expediciones me olvido del móvil y estoy trabajando diez horas al día. A veces, entre toneladas de arena, aparece un escalón y a continuación una escalera que conduce al dromos y finalmente se ve un dintel y ¡llegamos a una puerta! Es un trabajo delicado y largo, que puede durar días e incluso semanas, pero el resultado, sea el que sea, es una sensación muy especial, de reposo y confort para el alma.

¿Cómo son las expediciones en la actualidad?
A finales del siglo XIX y principios del siglo XX, las expediciones arqueológicas no eran tales, eran solo búsqueda de tesoros y llegaban incluso a utilizar dinamita para abrir las puertas. Hacia los años 20-30 del pasado siglo, Carter, junto a otros arqueólogos, introdujeron el rigor arqueológico y ahora el rigor es absoluto; solo se permiten expediciones basadas en una aportación científica y cultural. Cuando encontramos piezas podemos restaurarlas, fotografiarlas, estudiarlas, pero se quedan depositadas en Egipto.

Había un pacto, a través del Service des Antiquités de Egipto, de repartir los hallazgos entre Egipto y los excavadores…
Fue un pacto establecido por la UNESCO; sin embargo, ahora, aunque la ley sigue existiendo no se aplica. El gobierno de Egipto es consciente de que las piezas que se encuentren en su país son suyas. Ahora es muy difícil excavar allí, hay que tener una licencia especial, y cada vez es más complicado conseguirla. El Museu Egipci, a través de la Fundació Arqueològica Clos, financia las excavaciones.

¿Cómo nació la idea de un museo?
Al principio tenía las piezas en casa, mis hijos crecieron rodeados de arte egipcio y cuando venían sus amigos a casa, les explicaban historias de Egipto y del dios Osiris. Cuando en 1992 abrí el Hotel Claris en Barcelona, dispuse parte de mi colección – unas 70 piezas – en las vitrinas de la primera planta. Tuvo una gran acogida entre la prensa y el público en general, hecho sorprendente e inesperado para nosotros. A menudo se formaban largas colas para visitar la exposición y el Ayuntamiento de Barcelona nos propuso que estuviera siempre abierta. Para entonces, había conseguido reunir una importante colección y anhelaba hacerla pública y accesible para todos. Nos instalamos primero en Rambla de Cataluña 57, con aproximadamente 200 piezas, y el 11 de Mayo del 2000 inauguramos la actual sede de la Fundació Arqueològica Clos y del Museu Egipci en la calle Valencia 284. Ésta tiene 2.500 m2, unas diez veces más que la primera y es la colección privada abierta al público más grande de Europa. Cada año nos visitan unos 80.000 niños y tenemos una biblioteca especializada con más de 14.000 documentos.

¿Cómo es su experiencia en las subastas?
Las subastas se convirtieron en una fuente básica para ampliar la colección iniciada de manera espontánea con aquella primera figurilla de terracota. A pesar de que durante mucho tiempo no tuve un objetivo ni una especialidad concreta, siempre ha habido una característica primordial a la hora de elegir las piezas: su calidad artística. Con el tiempo desarrollé mis propias tácticas de compra. El proceso de búsqueda y compra es apasionante, como las subastas, en las que aparecen piezas de colecciones y museos. Ahora son más populares, especialmente en España, pero cuando yo descubrí este mundo, en los años 70, estaba pensado exclusivamente para museos, anticuarios y revendedores. En aquellos años, el valor de las piezas era distinto al de ahora; en la actualidad, hay piezas de valores desorbitados. En 1992, cuando la crisis económica de Japón y Estados Unidos, tuve la oportunidad de comprar una serie de piezas que pertenecían al Museo Toledo de Ohio. Se trataba de un museo especializado en pintura del siglo XVI y XVII que, por alguna razón, había recibido una donación de arte egipcio; era tan buena oportunidad, que gasté cuatro veces más del presupuesto que me había fijado.

¿Qué piezas son las más difíciles de conseguir?
Las que tienen un simbolismo especial, como por ejemplo, las piezas eróticas como exvotos, que eran símbolos de fertilidad. En una ocasión, estaba en Nueva York y llovía muchísimo, aún así decidí asistir a la subasta de Christie’s. El tráfico estaba colapsado y era imposible conseguir un taxi. Me fui andando y llegué empapado. Cuando entré en la sala estaba prácticamente vacía pero las pocas personas que había, instaron al subastador para que empezara. Conseguí una gran colección de piezas eróticas egipcias. O la tumba de Iny, que 20 años atrás, en una subasta en Londres, había encontrado la falsa puerta. Años después, en otra subasta también en Londres, encontré las jambas laterales de la puerta. Y cinco años más tarde, en una gran anticuaria de la rive gauche parisina, descubrí un fragmento enorme de la misma tumba. Luego apareció en Tokio otro fragmento que iba a subastarse en Nueva York: ¡fue una subasta terrible para mí! Y hace apenas un año descubrí en Londres la última pieza. Con el estudio de todos los fragmentos, hemos podido completar la historia de un personaje del 2400 a.C., que era desconocido y es fascinante: un soldado ascendido a noble llamado Iny.

¿Qué piezas de su colección tienen un significado especial para usted?
¡Hay muchas! En pintura, quizás L’homme au mouton, de Picasso. Perteneció a Gianni Versace y le tengo mucho cariño; después de su muerte, se subastó en su casa y fue un acto muy emotivo. Y Morning in Kom Ombo, una pintura de David Roberts de 1854. Además de la tumba de Iny, que tanto me costó recomponer, una estela funeraria de Cleopatra. La adquirí en París como una estela anónima: si se hubiera sabido que era de Cleopatra, la pieza sin duda estaría ahora en el Louvre o en el British, pero no se supo hasta muchos años después: el doctor Yoyotte de la Sorbona me escribió documentando que la pieza pertenecía a Cleopatra y que se le había perdido su pista tras la II Guerra Mundial [cuando acabamos la entrevista, Jordi Clos me enseña la pieza en el Museo, es realmente de una belleza extraordinaria].

Usted ha llevado el arte a sus hoteles. ¿Cómo nació esta idea, y cuál es para usted el hotel ideal?
El hotel ideal es el que sorprende, el que tiene magia y que hace sentir que se está en un sitio especial, donde no solamente se va a dormir. Si tiene todo esto y además, la amabilidad del personal, ese hotel es el ideal. Que la habitación sea bonita, con una pieza de arte excepcional, y que el edificio tenga historia, que tenga pátina. Nuestro cliente es una persona con sensibilidad y pasión por la cultura… nos han llegado a solicitar una determinada habitación por las obras de arte de su interior.

Marga Perera
Imagen cortesía Museu Egipci de Barcelona