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Inicio » Entrevista » Isabel Villar, regreso al paraíso

Cautivó a la crítica en su primera exposición a finales de 1970 y, a sus 84 años, Isabel Villar (Salamanca, 1934) sigue pintando y encandilando. Su pintura sólo es ingenua en apariencia; revela un mundo ordenado en el que pueden convivir los humanos con los animales salvajes, un entorno utópico que puede evocar aquel jardín del Edén en el que Adán daba nombre a los animales y todo era paz y armonía. Ese deseo del retorno al origen, tan deseado por románticos y surrealistas, es el mensaje subyacente en las placenteras pinturas de esta personalísima creadora. Marga Perera

¿Cómo fue su primera experiencia con el arte? La verdad es que casi ya no me acuerdo porque tengo ya 84 años [dice sonriendo]. Empecé de niña porque me gustaba dibujar y estaba siempre con el lapicero en la mano. Después, en el colegio me tenían como “la dibujante oficial” y cada mes de mayo dibujaba una Virgen… Luego ya comencé a prepararme en una escuela de Salamanca, porque yo soy salmantina, para entrar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y estudiar la carrera.

Entró en San Fernando en 1953, ¿cómo era entonces la situación para las mujeres que querían estudiar allí? Bueno, realmente éramos muy pocas; el examen de ingreso era muy exigente porque nos presentamos muchos y aprobamos solamente unas 60 personas, de las cuales unas 10 éramos mujeres. Yo tengo que reconocer que ingresé a la primera [dice con satisfacción] con otras tres chicas de Salamanca, y es cierto que durante la carrera con nuestros compañeros de curso no había una gran discriminación sino que se respiraba un ambiente de camaradería.

¿Cuándo empezó a exponer? Durante la carrera ya hice alguna pequeña exposición con algún compañero porque casi todas las mujeres que estudiaron conmigo se acabaron dedicando a la enseñanza. Yo tenía claro que iba a ser pintora y nunca di clases. De hecho, creo que ni saqué el título cuando acabé la carrera porque como sólo se exigía para ser docente … He sido pintora toda la vida. Luego me casé con un pintor de mi curso, Eduardo Sanz, que siempre me consideró de igual a igual. De estudiantes nos concedieron a los dos la beca para ir a Segovia durante el verano a pintar paisaje.

Ha dicho que si su marido no hubiera sido pintor no se hubieran casado [Sonríe] Es verdad que lo he dicho pero nos casamos porque nos enamoramos. La cuestión es que para mí fue muy importante porque siempre nos consideramos buenos compañeros cuando estudiábamos y también después. Él hacía una pintura más vanguardista, aunque acabó pintando marinas… Sentíamos un gran respeto por nuestro respectivo trabajo.

Como pareja de artistas, ¿compartieron consejos? Por supuesto y, además dedicamos toda nuestra vida a ver exposiciones, museos, a viajar… y a Venecia, porque Eduardo fue seleccionado para tres bienales de arte en Venecia… También nuestros amigos eran del mundo de la pintura y la escultura. A veces comentábamos el trabajo, pero como lo que hacíamos era tan distinto, realmente no nos dábamos consejos.

¿Qué fue el Grupo La Cepa? Bueno, más que un grupo, era que al salir de las clases en San Fernando, íbamos a tomarnos unos vinos y a charlar con algunos compañeros. Incluso Manolo Alcorlo pintó un cuadro muy bonito sobre aquello, que luego le dieron una medalla nacional y que está en un museo de Jaén, no recuerdo… es como una última cena y estoy yo sentada con varios compañeros… y también hicimos la Exposición de Primavera al aire libre en el Retiro, en la que yo expuse con varios de ellos como única mujer. Como en aquella época había pocas pintoras, casi siempre en mis colectivas era yo la única mujer.

¿No tenía compañeras que participaran en exposiciones? En mi curso, que hicieran exposiciones, estaba Teresa Gaite, prima de Carmen Martín Gaite, gran pintora pero se casó muy joven con un médico y se fue a Galicia y no sé si siguió pintando pero ya dejó de hacer exposiciones. También estaba Amalia Avia, que se casó con Lucio Muñoz, e Isabel Quintanilla, que se casó con el escultor Francisco López, pero era un poco más joven y empezó más tarde a hacer exposiciones.

Su principal motivo es la mujer Sí, siempre he pintado mujeres, no sé por qué… Primero tuve una etapa más expresionista y recuerdo que con una de esas pinturas me dieron el Premio Sésamo; pinté una mujer amamantando a un niño que me recordaba las mujeres de esos países con situaciones tremendas y niños hambrientos. Y después empecé a hacer una pintura aparentemente más ingenua, pero el mundo de la mujer es lo que más me importaba. Me han calificado de naïf, que no lo soy para nada. Pinto un mundo más cándido y lo mezclo con los animales salvajes, que es pura utopía, porque son unos animales que están con las personas como uno más… algo tan idealista como que nos lleváramos bien entre nosotros. Es lo que desearía que fuera realidad.

¿Tiene alguna intención feminista su obra? Como siempre he expuesto con hombres, nunca me he sentido discriminada; es más, las exposiciones solo de mujeres nunca me han gustado demasiado porque consideraba que tenemos que estar completamente a la par, y tengo que reconocer que yo he tenido bastante suerte. Otra cosa es que los premios siempre se han dado más a los hombres y reconozco que la mujer, aunque hemos avanzado bastante, sigue ocupando una especie de segunda categoría.

Sus animales, ¿los relaciona con las fábulas o con una intención moralizante? No, no… Me intrigaba hacer convivir personas con animales salvajes. Pinté un cuadro con una mujer sentada tranquilamente al lado de un león, como dos personas; no pinto gatos ni perros ni gallinas porque es algo que ya está incorporado al mundo de lo humano, pero mezclar las fieras con las personas siempre me ha gustado.

Algunas de sus mujeres llevan alas Sí, he pintado niñas mariposas volando, y muchas mujeres desnudas con alas, como los pájaros. Lo hago pensando en la libertad de huir, de volar cuando no te gusta demasiado lo que hay en este mundo.

¿Lo relaciona con el mundo de lo angélico? Bueno, hice una exposición hace años sobre ángeles que, de hecho se titulaba Los ángeles y eran criaturas muy sui generis. Cuando las Olimpiadas de Barcelona, se expusieron en la Bienal de Arte varios ángeles deportistas, unos en bicicleta, otros jugando al fútbol, al golf… y tres de estos cuadros los adquirieron para el Museo Olímpico Internacional.

Sus jardines son paradisíacos Todas las playas o jardines que pinto son paisajes inventados; rara vez pinto interiores. Siempre pinto jardines y espacios naturales, nunca una calle, porque no me gusta pintar el paisaje urbano; pintando jardines, siento un espacio de libertad.

¿Piensa en un simbolismo al pintar esos jardines? No lo sé… a mí me gusta que la gente que mira los cuadros los interprete según su pensamiento o sentimiento; qué duda cabe que hay un simbolismo, pero no especialmente. No hay una intención simbolista, pero con una mirada a mis cuadros de tantos años, sí que existe la idea de libertad, relacionada con los espacios abiertos.

Su obra es muy poética Sí, porque la poesía siempre me ha gustado. Cuando era estudiante en Madrid, estuve viviendo en la residencia del Colegio Mayor Santa Teresa, que era la antigua Residencia de Señoritas, en la calle Fortuny; teníamos un ambiente muy agradable de amigas y leíamos mucha poesía. Ya entonces hacía dibujos sobre lo que me sugerían los poemas de Miguel Hernández. Fue una época preciosa.

¿Le ha interesado también el psicoanálisis? Nunca me he psicoanalizado y, como lectura, sobre psicoanálisis he leído menos; prefiero los libros de ensayo escritos por críticos de arte. Pero creo que cada cual nos psicoanalizamos un poco nosotros mismos [dice sonriendo].

¿Hay algún artista que le haya impresionado especialmente? Como observadora del arte, siempre me ha atraído muchísimo el arte abstracto, el cinético, el constructivista… porque he sido aficionada a los cuadros de los demás.

Dice que pinta despacio… Sí, y cuando Eduardo hacía una vanguardia que era muy difícil de vender hice una artesanía de hojalata, que me divertía mucho y él me ayudaba, aunque oficialmente la artesana era yo. Esa temporada pinté menos. En cuanto al tiempo de ejecución, soy bastante rápida, más de lo que parece viendo mis cuadros tan meticulosos, depende del tiempo. Recuerdo un viaje a Nueva York en el que tomé unas fotografías e hice tres cuadros y los abordé con tal furor, que a pesar de que eran muy grandes, los pinté en 15 días cada uno. Ahora pinto menos y más despacio.

De su colección, ¿cuáles son las obras que tienen un significado especial? Las de Canogar, Alfonso Fraile, Equipo Crónica… porque siempre nos gustó tener trabajos de los demás. Todos los cuadros de la colección me gustan, pero los de mi marido, que falleció hace cinco años y del que tengo muchísima obra de sus distintas etapas, son los más importantes para mí, además de los de mi hijo Sergio, que es un pintor muy reconocido, dentro de que aún es joven… bueno, tiene ya 50 años, pero la última exposición que hizo en la Marlborough fue muy interesante. Sin duda ellos dos son los más cercanos a mí, pero tengo también gran apego a la pintura de Manolo Alcorlo o Alfredo Alcain, que fue compañero de curso…

También ha hecho escultura Sí, unas esculturitas de unos desnudos para unos cuadros en la década de 1970; primero, hice los bocetos y los dibujos y luego unos amigos que tenían una máquina me hicieron las piezas y yo terminé las esculturas; hice bastantes porque me divertía mucho la combinación de pintura y escultura. Ahora tengo algunas guardadas, pero en el Reina Sofía tienen precisamente una de estas piezas, que son árboles con una rosaleda y dos figuritas de mujeres. En la última exposición he presentado un par de ellas, pero realmente no he hecho escultura; hice en la época de la escuela, claro, pero desde estas figuritas no he vuelto a hacer más.

Aunque no hay erotismo en su pintura, sus mujeres desnudas, ¿sufrieron censura? Sí. Hubo una muestra, que fue casi mi debut, en la década de 1970, cuando expuse en la galería Sen. Todo eran jardines con mujeres desnudas y, en uno de los cuadros, entre las ramas, había un hombrecillo mirón… Fue divertido porque hicieron un reportaje precioso en televisión y los periodistas me llamaron apenados para decirme que sólo salían jardines porque les habían censurado los desnudos, ¡qué cosa tan absurda! El montaje de la exposición también fue curioso porque había un gran jardín con unas figuritas de escultura desnudas sentadas en unas butaquitas, y en el reportaje salía el jardín sin butaquitas y sin mujeres [recuerda sonriendo]. Pero la censura se notaba muchísimo y no solamente en la pintura…
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