“De lo que nunca pude escapar es de Alemania y de ser alemán”, ha reconocido Georg Baselitz (1938), y esa condición permea su biografía artística pues, como apunta el historiador británico Norman Rosenthal, estamos ante “el más alemán de los pintores y escultores vivos. Su obra, como la de todo gran artista posee un atractivo verdaderamente universal que, en la etapa histórica en la que se ha formado, rivaliza con la de Picasso.” La exposición Pinturas 2014-2025. Algo en todo en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, rinde tributo a una de las personalidades esenciales del arte europeo de la segunda mitad del siglo XX, y se enmarca en el programa inaugural con el que el Museo de Bellas Artes de Bilbao estrena la reapertura de su edificio de 1970. Nacido como Hans-Georg Kern en la localidad de Deutschbaselitz, cercana a Dresde, Baselitz se dio a conocer en la década de los 60 con una pintura figurativa de carácter expresivo de gran formato, que lo identificó con la generación de artistas que cuestionaban los valores que condujeron a la Segunda Guerra Mundial. La presentación bilbaína, comisariada por Rosenthal, compendia medio centenar de pinturas creadas en la última década. Los imponentes lienzos (algunos llegan a medir más de cuatro metros de alto) abordan las obsesiones temáticas del artista en imágenes impregnadas por la persistencia de la conciencia del propio cuerpo y la autobiografía, y de la historia del arte. La muestra aborda, además, la idea de que la fuerza creativa supera las limitaciones físicas de la ancianidad. En el origen de su trayectoria se sitúa el rechazo a la pintura abstracta norteamericana y europea, y al realismo socialista oficializado por la Unión Soviética y la República Democrática Alemana, que Baselitz sustituyó por el interés en su propia biografía, incardinada en la cultura alemana y en la marca indeleble de la guerra y la posguerra europeas. Por otra parte, y como recuerda Rosenthal en su texto curatorial, la obra de Baselitz incorpora numerosas referencias plásticas que no solo proceden del arte contemporáneo –Frida Kahlo o Marcel Duchamp, entre otros- sino también de artistas del Renacimiento italiano, el Romanticismo alemán o el llamado arte primitivo africano. Con ellos comparte, por ejemplo, el uso de técnicas tradicionales, como la pintura al óleo o tempera sobre lienzo, la acuarela y la tinta sobre papel, el grabado o, ya en la década de los ochenta, la escultura en madera. Su figuración basada casi exclusivamente en el cuerpo -el suyo y el de su esposa Elke- sufrió un cambio radical en 1969 cuando decidió alterar las reglas al invertir la posición de la imagen pictórica como un rasgo de estilo que desde entonces se ha mantenido constante. En palabras del crítico José María Parreño: “… el mundo ‘patas arriba’. El mundo regido por el absurdo que conoció Baselitz es el que intenta replicar aplicándole el mismo tratamiento”. “Son muchos los giros que ha dado su obra a lo largo de las décadas. En ello estriba la excepcionalidad de este artista que jamás ha hecho la menor concesión a la hora de enfrentarse a sus obras pasadas y a sus verdades en perpetua evolución, subjetivamente expresivas”, sostiene Rosenthal. Su repertorio temático se restringe a diversas partes del cuerpo que ha reinventado constantemente. El motivo de la mano adquiere un nuevo significado al acercarse con su brillo de oro a las representaciones de la hamsa o “mano de Fátima”, un símbolo milenario de la espiritualidad oriental para evitar desgracias y atraer la buena suerte. Otro conjunto relevante de trabajos –“escandalosamente juvenil”, según Eric Darragon- se apoya en el uso de medias de nailon sobre piernas y brazos pintados. Una invención que evoca las codiciadas medias del comercio de posguerra, la vivacidad del mundo del cabaret y el burlesque, y el cliché erótico de este accesorio. Hay también pinturas con fondos claros en las que aparecen figuras en tonos arcillosos que se acercan a la levedad de la pintura mural. Y otras sobre fondo dorado que ofrecen una misma versión menos grave de la existencia. Baselitz aborda los enormes lienzos situados en el suelo. En los últimos tiempos –como cuenta Bernard Blisténe- el artista interviene la superficie del cuadro con el andador que utiliza. Una nueva reinvención con la que deja las huellas visibles de su biografía y la prueba material de una vida dedicada a la pintura. [Foto: En la cama encima del sofá, 2021. Cortesía de White Cube]. Hasta el 1 de marzo. Museo de Bellas Artes. Bilbao. Bilbaomuseoa.eus



