Crecer en una casa en la que los diseños vanguardistas de Jean Royère, Pierre Paulin y Gae Aulenti se mezclaban con muebles dieciochescos y cerámicas de Picasso, forjó el gusto ecléctico de Charles Zana (Sousse, 1960), arquitecto, interiorista y diseñador de muebles, considerado un maestro de la atmósfera. Igual que su admirado Ettore Sottsass, defiende la dimensión emocional del diseño y lo concibe como otra vertiente de la arquitectura. “Creo en el diseño desde dentro hacia fuera”, nos dice. Caballero de las Artes y las Letras de Francia, la prestigiosa editorial Rizzoli ha dedicado una monografía a su trabajo (The Art of Interiors). Su propia casa, un palacete del siglo XVIII en la rue De Grenelle de París, cerca de la Torre Eiffel y el Museo de Orsay, es un reflejo de su don para fusionar arte, arquitectura y diseño. Aquí nos descubre otra de sus facetas, la de coleccionista. Su debilidad es el diseño italiano del siglo XX en particular, autores tan originales y disruptores como Gio Ponti, Ettore Sottsass y Carlo Scarpa, con quienes comparte una manera singular de combinar rigor con libertad, y memoria con fantasía.
Usted creció en un ambiente artístico. Su padre era coleccionista y solía llevarlo a subastas de Drouot y a los mercadillos. Sí, él sentía una verdadera pasión por el arte y el diseño. En la década de los 70, nuestra casa estaba llena de muebles Knoll, piezas de Paulin, plástico naranja por todas partes… Eran lo que en Francia llamamos “les années Pompidou”. Crecí rodeado de modernidad y de una estética atrevida. Ese entorno me inculcó desde pequeño una fascinación por la composición del espacio, por el diálogo entre el arte, la luz y la vida cotidiana.
¿Cómo nació su interés por la arquitectura? Como me encantaba el arte y se me daban bien las matemáticas, mis padres me dijeron: «Deberías estudiar arquitectura, porque es una disciplina que une ambos mundos». Esa combinación de sensibilidad y estructura definió mi camino. Cuando ingresé en la École des Beaux-Arts, sentí que había encontrado mi sitio.
Y en 1985, recién graduado, se mudó a Nueva York para trabajar en diseño de interiores. Así es, cuando terminé mis estudios, pasé dos años en Nueva York. Fue una experiencia que me marcó profundamente: me abrió los ojos a otra escala, a otra ambición. La crudeza de los lofts del SoHo, la arquitectura de hierro fundido, el sentido de la proporción… No había visto nada así en París. Me hizo darme cuenta de que quería diseñar interiores y muebles en lugar de edificios, y llevar esa austeridad industrial a mi país.
Más que arquitecto y decorador se le considera «un curador de interiores únicos». Mi planteamiento se basa en la narración: cada proyecto comienza con una historia. Estudiamos el contexto, la memoria del lugar, su luz, su sonido, su atmósfera. Luego viene el diálogo: con la historia, con el cliente, con los artesanos. Creo en el diseño desde dentro hacia fuera, en dar forma a los espacios para que se sientan como inevitables, vivos y significativos, y no artificiales… [Vanessa García-Osuna. Foto: Luna Conte. Cortesía Charles Zana]












