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    Allan Stone. Cuando el exceso es arte

    Entre los coleccionistas de arte, el galerista neoyorkino Allan Stone (1932-2006) jugaba en una liga diferente.
    El 7 de diciembre de 1960, el día que consideraba su auténtico cumpleaños, abrió su primera galería en Manhattan, gracias a una colecta de sus colegas abogados, abandonando su despacho en Wall Street. “Siempre supe que eras un vago”, fue la reacción de su padre al saber que su hijo, licenciado por Harvard, cambiaba el derecho por el arte.
    A pesar del desencuentro familiar, siguió adelante, aunque sin apoyo económico de su padre, y logró forjarse una envidiable carrera que duró más de cuatro décadas.
    No solo fue un factótum del mercado neoyorkino, sino un coleccionista de proporciones épicas que llegó a atesorar miles de obras de arte en su casa de Westchester.
    “El arte es como una droga. Me da un “subidón” que no encuentro en nada más. Aunque sigo buscando”, confesaba el renombrado galerista, fallecido en 2006 a los 74 años, a quien los críticos reprochaban que se quedara para sí con tantas obras que perjudicaba las carreras de sus artistas que prácticamente desaparecían del mercado.
    En su galería de la calle 86, que ahora dirige una de sus hijas, exponía a Willem de Kooning (del que había adquirido un dibujo, Study for Pink Angels, cuando estudiaba en la Universidad, por 250 dólares), Joseph Cornell, y Barnett Newman, y lanzó las carreras de Wayne Thiebaud, Richard Estes, Robert Ryman, y John Chamberlain. Eran conocidos sus eruditos catálogos que solían ir acompañados de ensayos suyos llenos de recuerdos personales e insólitas reflexiones.
    Su desmesurada afición a acumular obras de arte afligía a su hija pequeña Olympia quien, tras regresar de un catártico viaje por el empobrecido Nepal, y viendo su casa convertida en el palacio Shangrila del Ciudadano Kane (de hecho, el propio galerista se refería a si mismo con sorna como “Ciudadano Stone”), atormentaba a su padre con una letanía: ‘Papá, tenemos demasiado’, a lo que éste, sarcástico, replicaba: ‘No, hija. Yo tengo demasiado. Tú no tienes nada’.
    Tendencias del Mercado del Arte ha conversado con Olympia Stone, hija del afamado marchante y productora y directora del documental The Collector: Allan Stone’s Life in Art, una emocionante película que celebra el compulsivo genio coleccionista de su padre así como su carácter visionario en el negocio del arte.

    ¿Cómo se introdujo su padre en el mundo del arte y el galerismo?
    Era abogado, residía y trabajaba en Nueva York, pero odiaba esa profesión. Mientras ejercía, conoció a Elaine de Kooning que había acudido a él para que le asesorara legalmente sobre sus derechos como cónyuge que vivía separada de su marido [el pintor Willem De Koonig]. Ella no quería el divorcio –papá solía decir que le gustaba demasiado ser “la señora de De Kooning.” Elaine y mi padre se hicieron muy amigos y Elaine le presentó a personas influyentes del mundo del arte, así como a artistas cuyo trabajo ella representaba. Papá llamaba a Elaine su “fuente de información privilegiada del mundo del arte”. Uno de los artistas que le presentó fue al escultor Robert Mallary, a quien mi padre compró un montón de piezas, y fue el propio Mallary quien le presentó a su vez a Wayne Thiebaud. Mi padre solía contarme que las paredes de su despacho empezaron a llenarse de obras de arte, como si fuera una mini-galería, y que los socios del bufete empezaron a llevar a clientes potenciales a que vieran su oficina para demostrar que la empresa estaba “en contacto” con el mundo real. Artistas como John Chamberlain se dejaban caer a menudo por su despacho para mostrarle sus últimas creaciones. Así fue, más o menos, cómo comenzó su carrera artística.

    ¿Qué artistas formaban parte del círculo íntimo de amigos de su padre?
    La mayoría de los que trabajaban con él se convertían con el tiempo en miembros de la familia.
    Wayne y Betty Jean Thiebaud fueron amigos íntimos de mis padres e hicieron muchos viajes juntos. En la década de 1970, fueron a Kingston, Jamaica, para presenciar el combate entre Frazier y Foreman. Papá y Wayne disfrutaban jugando al tenis y compartieron esa pasión durante mucho tiempo. Cuando me rompí la pierna en cuarto curso, Wayne estaba de visita en casa y me hizo un dibujo que ahora he colgado en el dormitorio de mi hijo.

    De las miles de obras que conformaban su colección ¿Cuáles tenían un significado especial para su padre?
    El arte tenía que decirle algo para que él deseara poseerlo. Le atraían las obras duras, a menudo oscuras y complejas, no necesariamente “bonitas”. Willem De Kooning era, sin dudarlo, uno de sus favoritos. Siempre rememoraba la sensación que había experimentado al contemplar su primer De Kooning “fue como si me atravesara un rayo.”
    Adoraba las pinturas de John Graham, y Marya fue uno de sus tesoros. Solía decir que los pasteles que pintaba Thiebaud, especialmente los de la década de los 60, eran tan hermosos que “hacían temblar mis manos.” El escultor francés César fue una revelación, y su obra La Grande Duchesse, fue una de sus primeras adquisiciones. Otro de sus preferidos fue David Beck que realizaba asombrosas miniaturas de animales, como mariposas, peces o pájaros Dodo, que se abrían mostrando diminutas escenas talladas en su interior. Era también un conspicuo coleccionista de arte tribal africano y poseía una vasta colección de fetiches del Congo y Boli en barro así como poderosas figuras Songye (entre otras muchas tribus que coleccionaba). Estas piezas le hacían conectar con algo muy profundo dentro de él, que le hacía creer en la magia. Y adoraba el misterio de las cajas de Joseph Cornell.

    ¿Qué le inspiraba como coleccionista?
    Su colección comprendía, aproximadamente, 15.000 obras de arte. Todas tenían en común el increíble ojo experto y la pasión que mi padre sentía por diferentes tipos de arte.
    Buscaba obras poderosas, incluso enrevesadas. Amaba el arte tribal, el expresionismo abstracto, los coches Bugatti (tenía más de 30), los muebles de Gaudí, el arte popular, la cerámica, las lámparas y piezas Art Decó y las cabezas reducidas africanas. Otra nota importante de su colección era el humor: tenía un gran sentido del humor, nada le gustaba más que una buena broma o contar una historia divertida. Se rebelaba contra lo pretencioso del mundo del arte y le gustaba burlarse de los que se lo tomaban demasiado en serio.
    Es lógico entonces que le encantaran los artistas que usaban la ironía y el ingenio, como el ceramista Robert Arneson y sus “teteras-pene”. El trabajo de Thiebaud apelaba también a su lado más juguetón, al igual que el de David Beck. Por eso mismo, le fascinaban las pinturas y los objetos “trompe l’oeil”, aquellos que parecían una cosa pero eran otra. Representó a un artista (no recuerdo su nombre) que esculpió un gran bote de cerámica de “pepinillos- pene”. ¡Parecía un autentico frasco de pepinillos en vinagre.¡hasta que te acercabas! [dice riendo].

    ¿Pedía opinión a la familia antes de comprar?
    Era independiente por naturaleza, seguía su propio camino en todo momento. A pesar de que había siete mujeres en su vida (su esposa e hijas) cuando se trataba de arte, solo escuchaba a su cabeza y a sus ojos.

    ¿Evolucionaron sus gustos a lo largo de los años?
    Sí. El arte africano se convirtió en su gran obsesión a partir de 1970.

    ¿Cuáles serían las piedras angulares de su colección?
    Es difícil decir porque, en mi opinión, hay muchas: de la colección de pinturas de los expresionistas abstractos, hay que hablar de Franz Kline, Arshile Gorky y De Kooning, también de su impresionante colección de esculturas de John Chamberlain, las pinturas de John Graham, las cajas de Joseph Cornell, los primeros Thiebauds, Arman, y, por supuesto, sus increíbles colecciones de arte africano y folklórico.

    ¿Hay personas que nacen coleccionistas?
    En cierta ocasión le pregunté a mi padre si existía un “gen del coleccionismo” en su familia, y él me respondió que sí lo había: su padre coleccionaba muebles y pintura de los Antiguos Maestros (¡que en su mayoría resultaron ser falsificaciones!); mi tío Richard Stone, colecciona coches antiguos, como Jaguar. Mis hermanas también coleccionan, aunque no al mismo nivel que mi padre.
    Y para mí es importante tener las paredes llenas y estar rodeada de estímulos visuales. Es el tipo de estética que me hace sentir como en casa.

    ¿Cómo surgió la idea de rodar la película?
    Cuando se produjo la catástrofe de las Torres Gemelas, yo estaba en Boston, en un trabajo muy aburrido. Interpreté el atentado como una llamada de atención. Siempre había deseado hacer una película sobre mi padre y su colección, y también me di cuenta de que él no iba a estar ahí para siempre. Le pregunté si estaría dispuesto a colaborar y, sobre todo, si me dejaría grabar en casa.
    Él era tremendamente reservado sobre su colección y no quería recibir ningún tipo de atención de los medios. Me dijo que lo haría por mí. Así que renuncié a mi trabajo en Boston y me volqué en buscar financiación para la película, que comenzó a filmarse en el invierno de 2002.

    El rodaje duró cinco años ¿cuáles fueron los momentos más especiales?
    Lo mejor fue volver a conectar con mi padre. Habíamos tenido una relación difícil, cuando yo era una adolescente y veinteañera, y la película era una forma de conocerse de nuevo. Fue una experiencia muy sanadora para los dos creo. Yo tenía que hacerle todo tipo de preguntas, sin embargo, a mi padre no le gustaba ser demasiado analizado. Quería oler las flores y mantenerse en movimiento. Así que se produjeron algunos momentos incómodos cuando yo traté de profundizar en exceso en cuestiones demasiado personales.
    Me encantó volver con él a su primera galería en Manhattan, en la calle 86. Evocaba cómo era el barrio al principio y hacía preguntas -‘¿seguía allí la mujer que hacía sus ejercicios de baile completamente desnuda junto a la ventana en el edificio de enfrente?. Los hombres de la galería, tanto artistas como empleados, se arremolinaban junto a la ventana para verla’. Se acordaba de la advertencia del famoso marchante Sidney Janis de que era un error abrir una galería en el Upper East Side: “Chaval, vas a pifiarla”.

    ¿De qué obras de la colección de su padre no querría desprenderse nunca?
    Es imposible elegir porque esta lista será incompleta, pero tengo algunas favoritas: una de las increíbles pinturas de tartas de Thiebaud, Marya de John Graham, Girl in the Black Dress de Guy Pene du Bois, el hombre fetiche de David Beck, Retrato de Elaine de De Koonig, una de las primeras esculturas de John Chamberlain, una de las esculturas fetiche de Arman, una caja de puros india, cualquiera de las extraordinarias figuras Songye … y por supuesto, ¡las cabezas reducidas!

    ¿Cómo definiría a su padre como coleccionista?
    Lo gracioso es que él no se veía como coleccionista. Sentía que tenía la sensibilidad de un artista más que de un hombre de negocios. No era el típico coleccionista que ilumina meticulosamente cada objeto o cuelga una pintura sobre una pared blanca. Le gustaba que las obras dialogaran entre ellas, aunque fueran radicalmente diferentes.
    Me reconoció que, cuando adquiría algo, nunca se le pasaba por la cabeza venderlo después. Compraba para alimentar su espíritu y su alma.

    Su padre vivió una vida muy rica…
    ¡Totalmente!. Tenía también otras pasiones aparte del arte, como el tenis, la jardinería y la comida. Era muy competitivo cuando jugaba al tenis y al squash y tenía un talento especial para la jardinería, que era su forma de meditar y comulgar con la naturaleza. Y le encantaba comer, sobre todo, le perdían los dulces. Esa fue una de las razones por las que se volvía loco por las pinturas de Wayne Thiebaud –¡con todos aquellos pasteles, tartas, caramelos y chicles!- ¡No había pastelería o heladería que se le resistiera!.
    Cuando era joven estaba delgado, pero con el tiempo desarrolló un problema de peso. Mi madre trató de hacerle comer alimentos más saludables, pero, a menudo, escondía golosinas en el maletero de su coche y las colaba en la casa cuando ella se despistaba. La comida era también una vía de escape. Comía para aliviar el estrés. Hacia el final de su vida, tras serle diagnosticado un cáncer de próstata, se interesó cada vez más por la medicina alternativa y la terapia holística. A lo largo de su vida, le había fascinado el ocultismo y los fenómenos inexplicables -los misterios del universo. Le cautivaban las historias sobre ovnis y gente como Uri Geller (de hecho se reunió con el mentalista para ser testigo de como doblaba las cucharas con el poder de su mente).
    Creía en el azar y le gustaba contarnos historias increíbles que le habían sucedido: como descubrir un viejo Bugatti oxidado en un garaje en Nueva York y comprárselo al propietario a un precio de ganga. Creía en el destino. La forza. Y, en verdad, fue enormemente afortunado.

    ¿Paraíso o pesadilla?
    “Honestamente, nuestra casa era un lugar bastante aterrador para un niño -pero también un sitio maravilloso para jugar, ocultar algo o esconderse de los adultos. ¡Era como vivir en un museo! –nos cuenta- Algunas de las obras que recuerdo con más intensidad son las que solían asustarme de niña -por ejemplo, James Grashow hizo una gran escultura- instalación en nuestra sala de estar, con una pareja de gigantes que se golpeaban entre ellos, realizados en papel maché. Se llamaba Asesinato Mache y solía aterrorizarme cuando era pequeña. Papá encargó a un artista que instalara en nuestro sótano una “Sala de lo Infinito”, que era una cámara acorazada revestida de espejos en la que, cuando entrabas, las luces se encendían y apagaban -¡muy psicodélico!. También me daban miedo las cabezas reducidas y los fetiches y máscaras africanas. ¡Parecían cobrar vida por la noche!.
    Cuando me hice mayor, me di cuenta de la cantidad de falos y símbolos de fecundidad que había en mi casa. Uno de los artistas de mi padre, Joseph Wheelwright, me recordaba hace poco cuando, hace años, mi padre le había encargado para nuestra casa una escultura monumental de un hombre-árbol-pene. Yo acababa de regresar de la escuela y salí a curiosear para ver qué traían. Tendría unos 10 años, y me recuerdo preguntándole entre susurros y nerviosamente a mi padre si era apropiado tener esta escultura en nuestra casa, donde había varias niñas pequeñas. Mi padre se encogió de hombros, impertérrito, y la escultura se instaló, por descontado, en un lugar preferente de la casa, tal como estaba previsto.
    En mi dormitorio tenía acuarelas y dibujos de Thiebaud, una increíble colección de muñecas Hopi Kachina en la repisa de la chimenea, el cuadro La Edad de la Mariposa, de un pintor del siglo XIX llamado F.S Walker, un magnífico dibujo de mujer de John Graham, una pintura abstracta maravillosamente conmovedora de un artista contemporáneo llamado Kazuko, un grupo de excelentes collages de Alfred Leslie y, por supuesto, ¡un montón de fetiches africanos!.”

    Un ojo legendario
    “Junto con Leo Castelli y Sidney Janis, ha sido uno de los marchantes más influyentes de América durante más de cuatro décadas”, manifestó Anthony Grant, especialista en arte contemporáneo de Sotheby ́s, la firma que subas- tará una selección de obras de la colección particular del gale- rista neoyorkino, “A diferencia de sus contemporáneos, que se centraron casi exclusiva- mente en la Escuela de Nueva York, Stone construyó su imperio sobre el expresionis- mo abstracto, representando también a destacados figura- tivos y relevantes miembros del floreciente movimiento del Pop art en los años 60. Allan Stone fue un consumado galerista-coleccionista. Tenía un ojo legendario, perseguía las obras que amaba, se aferraba a ellas y convivía con ellas. Esta subasta ofrece una rara oportunidad de poseer un pedazo de la historia del arte.”

    Venta en Sotheby’s
    Durante la primera de las dos sesiones que tendrán lugar el 9 de mayo en Nueva York, se dispersarán obras de artistas con los que Stone trabajó en su galería y a los que coleccionó con avidez como De Kooning, Kline, Gorky, Cornell y Chamberlain, mientras que en la segunda se ofrecerán una veintena de pinturas y dibujos del californiano Wayne Thiebaud, a quien representó, junto con otros artistas de la Costa Oeste como Robert Arneson, cuando la Escuela de Nueva York era todavía dominante. Los subastadores han estimado su valor global de las obras en 24,2 millones de euros. Los lotes estelares serán Event in a Barn, un lienzo de 1947 de Willem De Koonig valorado entre 3,4 y 4,8 millones de euros, y Pies, uno de los emblemáticos cuadros sobre tartas de Thiebaud, pintado en 1961, tasado entre 1,7 y 2,7 millones de euros. No es la primera vez que salen a pujas obras de la colección del célebre marchante; hace cuatro años, Christie ́s vendió 60 piezas que recaudaron 52,4 millones de dólares.

    Vanessa García-Osuna

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