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    Un museo único para redescubrir América

    América. El Nuevo Mundo. Un continente cuya historia, durante un tiempo, fue también la de España. En Madrid, en un promontorio en la Ciudad Universitaria, se halla el único museo del mundo dedicado a la preservación, investigación y difusión del patrimonio americano. El grandioso edificio en el que tiene su sede que recuerda a las iglesias y conventos erigidos en Nueva España, fue obra de los arquitectos Luis Moya y Luis Martínez Feduchi. Su interior es una fascinante galería de arqueología prehispánica, obras de arte del período virreinal así como una gran muestra etnográfica de las culturas americanas de los siglos XVIII al XXI. Los 2.500 objetos expuestos (un 10% de la colección), nos permiten viajar desde Chile hasta Alaska, a través de piezas como las tablas de la Conquista de México pintadas con la técnica del enconchado en 1698; el Códice de Madrid, uno de los únicos cuatro códices mayas conservados; el mapa de Juan de la Cruz de 1775, uno de los más bellos y completos de América del Sur; o el Tesoro de los Quimbaya, una fabulosa colección de orfebrería precolombina entregada a la Corona española en 1893. Al frente de este museo está Andrés Gutiérrez Usillos (Gijón, 1967), que tiene entre sus retos acompasarlo a los nuevos tiempos visibilizando en su discurso expositivo debates contemporáneos sobre el género, la esclavitud, la conquista, o la sostenibilidad. “A quien nunca nos haya visitado simplemente le diría que venga, y disfrute del patrimonio americano. Lo demás está hecho, hay tanto que ver que si no le apasiona una historia o un objeto, seguro que le encantará otra. Es un museo para todos y todas.”

    Usted se formó en Antropología Americana y es especialista en América Precolombina. ¿Qué le llevó a este campo? Desde niño me interesaron tanto la arqueología y la historia, como las culturas indígenas, quizá por influencia del cine. Comencé la carrera de Historia en Oviedo, pero me surgió la oportunidad de hacer la especialidad en Madrid y me vine a concluir los estudios de Antropología Americana en 1988. Así que es una vocación temprana.

    ¿Qué culturas le han cautivado más? Todas las americanas resultan fascinantes cuando encuentras conexiones con ellas, aunque las más conocidas como los mayas, los incas, los aztecas son las que atraen en un primer momento, quizá por la monumentalidad de sus construcciones, las referencias históricas a través de crónicas y los vestigios arqueológicos. Sin embargo, para el doctorado profundicé sobre las culturas prehispánicas del Ecuador. Este país es un gran desconocido, pese a que en museos de todo el mundo se conservan materiales de varias de las culturas que allí se desarrollaron porque la producción artística fue increíblemente amplia, diversa y de enorme calidad estética y técnica. Pero si tengo que elegir una cultura que me fascine me quedaría con Jama Coaque (costa centro y norte de Ecuador, desde el 500 a.C. hasta el siglo XVII) porque cuando realicé una monografía sobre la iconografía religiosa y representaciones antropomorfas me enamoró su cerámica, pero también procuré hacer un cambio en la forma de pensar y entender el mundo, desligándome de lo aprendido para comprender lo que estaba tratando de analizar.

    Ha pasado medio siglo desde que el Museo de América abriera sus puertas. ¿Cómo visualiza el museo del siglo XXI? Tiene por delante un gran reto para adaptar el discurso expositivo a las preocupaciones de la sociedad del siglo XXI. El último montaje de la exhibición permanente, que es el que aún hoy podemos ver, se inauguró en 1994 y está a punto de cumplir 30 años. Ahí ya hubo un gran cambio, que arrancó con el inicio de la democracia en España y se remató en ese discurso. Pero estas tres últimas décadas y, especialmente, el siglo XXI han sido fundamentales en avances sociales y en cambios en la forma de pensar y de funcionar de la sociedad en España y en el mundo.

    ¿Qué ideas van a marcar su planteamiento como director? El principal proyecto consiste en incorporar al discurso actual algunos de los temas más importantes, desde una perspectiva contemporánea, que no estaban visibilizados, como género, esclavitud, conquista, sostenibilidad… Iremos creando espacios de trabajo sobre cada uno de estos aspectos con personas externas al museo e incorporando estas reflexiones al recorrido para que el visitante también pueda tener otras perspectivas. El museo debe ser un espacio abierto al diálogo y participativo, esto es fundamental, aunque no es nada nuevo porque ya lo proponía la nueva museología en los años 70. Y de esta forma, comenzamos esta nueva andadura con una mesa redonda en torno al discurso de afrodescendientes en el museo, incorporando visiones externas al museo. Los nuevos relatos o las propuestas de reflexión no las queremos construir sólo desde el museo, sino que es necesario que se involucren otros sectores de la sociedad, colectivos que trabajen sobre estos temas, más allá de la universidad.

    ¿Habría que considerar al Museo de América un museo colonialista? El debate está sobre la mesa. Una oleada internacional está revisando el propio sentido de los museos en Occidente. El Museo de América fue un museo colonialista cuando se creó y lo fue en su primer montaje en los años 60, en la época franquista. Hizo un esfuerzo enorme de “descolonización” hace cuarenta años, cuando cerró para renovarse y alejarse de aquel primer discurso. Pero han pasado varias décadas y, como sucede con todo, vuelve a necesitar un impulso nuevo.

     ¿Y cómo se descoloniza un museo? La descolonización del conocimiento es el primer paso. Si no sabemos lo que significan las colecciones o se han estudiado desde perspectivas sesgadas, hay que hacer un primer esfuerzo para romper con las ideas preconcebidas, con los modelos occidentales que se han aplicado para entender sociedades pretéritas en otros continentes, y que quizá no sirvan para entenderlas. Y este proceso se logra escuchando todas las voces, estudiando todos los casos, revisando la construcción de los relatos contando con otros protagonistas y con el sentido último de los mismos.

    Algunas piezas emblemáticas de la colección han sido objeto de disputa como, por ejemplo, el Tesoro de los Quimbaya, reclamado por Colombia. ¿Debe el museo restituir piezas? ¿Qué vestigios se deberían eventualmente devolver? Sin duda, cuando las piezas están en España por motivo de expolio y han salido irregularmente del país, nuestra obligación es proceder a su devolución. Y así se ha hecho en los últimos años desde el Museo de América, por ejemplo, con los depósitos judiciales. En el caso del Tesoro Quimbaya estamos hablando de procesos totalmente diferentes, porque no se trata de un expolio, sino que este conjunto fue traído por el Gobierno de Colombia para regalar al Estado español con destino a un museo de este país. Y esto sugiere que, cada caso, ha de ser analizado de manera individual, documentando bien todo el proceso histórico si se conoce, entendiendo las voluntades de las partes, si las hubo, y respetando también las decisiones que se tomaron en el pasado, si fueron legales….  [Vanessa García-Osuna. Foto: Alfredo Arias]

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