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    La odisea de Christian Levett: de la antigüedad clásica a las mujeres artistas

    La luz mediterránea de Mougins, en la Riviera francesa, enamoró a artistas como Picasso, Man Ray, Cocteau o Chagall. Y al encanto de esta villa medieval también sucumbió el empresario británico Christian Levett que decidió abrir allí un museo de arte clásico (Musée d’Art Classique de Mougins) para compartir con el público sus “tesoros”: miles de piezas griegas, romanas y egipcias, así como selectas obras modernas, como una Medusa de Damien Hirst o una Venus de Milo de Yves Klein. Después de una década en la que ha recibido importantes premios y dado la bienvenida a un cuarto de millón de visitantes, el museo se va a reinventar de una forma radical. Su artífice está diciendo adiós a su colección de antigüedades en Christie’s para centrar todos sus esfuerzos en el arte creado por mujeres. El FAMM (Femmes Artistes du Musée de Mougins. IG: @famm.mougins), que abrirá sus puertas el próximo mes de junio, será el primer gran museo del continente consagrado a la creación femenina. Sus fondos recorrerán 160 años de historia, desde el impresionismo a nuestros días, de la mano de artistas como Elaine de Kooning, Louise Bourgeois, Tracey Emin, Howardena Pindell, o Cecily Brown, entre muchas otras. Levett, que dice llevar el coleccionismo en el ADN, es también un generoso filántropo. Ha sido patrono de instituciones como la Royal Academy, el British Museum o la National Gallery de Londres, ha financiado excavaciones arqueológicas y proyectos de restauración en Florencia, donde tiene una casa con vistas al río Arno en la que se ha rodeado de obras de arte firmadas por mujeres.

    ¿Cuáles fueron sus primeras experiencias con el arte? De niño, durante las vacaciones, recorría con mis padres diversas partes del Reino Unido. A ellos no les interesaban demasiado los museos por lo que solíamos visitar catedrales, castillos, villas romanas, sitios antiguos…  y si nos desplazábamos a Londres, porque yo me crié en Essex, íbamos al Museo Británico. Así que supongo que mi primer contacto con el arte lo tuve allí, mirando estatuas, aunque en aquel momento las veía como fragmentos de historia, imaginándolas en una casa o en un templo romano, no como una obra de arte que alguien esculpió en un taller. Mi mirada hacia las antigüedades cambió cuando empecé a coleccionar.

    ¿Y cómo se convierte en coleccionista?  ¡Creo que lo llevo en la sangre!. En casa teníamos una caja en la que se guardaban medallas militares ganadas por miembros de la familia en distintas contiendas, desde la guerra Boer en el siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial. Mi padre combatió en la llamada Emergencia Malaya, tras el levantamiento comunista, y mi madre, por su parte, pasó su niñez en Londres durante la guerra sufriendo los bombardeos. Así que en casa había una constante presencia militar a la que vino a sumarse la apertura de una tienda que vendía monedas y medallas. Empecé a ahorrar mi paga y comprar monedas baratas del siglo XIX, pero también medallas de la Primera y la Segunda Guerra Mundial. En la adolescencia dejé un poco de lado esta afición volcándome más en los deportes pero a los veintitantos años me mudé a París y allí mi antigua pasión renació. Dedicaba los fines de semana a recorrer sus museos, en particular el Louvre, y lo que era un pasatiempo, me ayudó a formarme en la historia del arte.

    Una de sus primeras adquisiciones fue una pintura del español Ignacio León y Escosura, quien, por cierto, también era coleccionista  Recuerdo que ese cuadro me costó alrededor de 70.000 francos, y justo ese mismo día también compré un Egbert van der Poel por el que pagué unos 100.000 francos.

    ¿Qué le lleva a Mougins? Después de vivir en París, a los 27 años, me mudé a Mónaco, y allí seguí coleccionando. En 2002, con la que era mi esposa en aquel momento, regresé a Reino Unido pero queríamos tener una propiedad en el sur de Francia, un sitio al que volver cada cierto tiempo con nuestros dos hijos. Al cabo de tres años, encontramos una casa en Mougins.

    ¿Qué le sedujo del lugar? Que tiene un gran pasado vinculado al arte, recuerde que Picasso pasó allí sus últimos 12 años de vida, pero hubo muchos otros grandes artistas que vivieron o estuvieron vinculados a el como Fernand Léger, Francis Picabia, Jean Cocteau, Marc Chagall…  Así que posee una increíble historia artística y recibe un buen flujo de visitantes y me pareció que podría ser un lugar interesante para abrir un museo de arte clásico.

    A lo largo de treinta años ¿cómo evolucionaron sus intereses? ¡Mucho!. Cuando era veinteañero coleccionaba maestros antiguos e incluso libros de historia natural pintados a mano en los siglos XVIII y XIX y también dibujos impresionistas y post-impresionistas, y luego ya empecé con las antigüedades. Siempre me había interesado la historia romana y griega, las batallas y esas cosas. Y en ese momento dio la casualidad de que salió al mercado una colección de armas y armaduras antiguas que adquirí para que no se dispersara. Las antigüedades me retrotraían a mi niñez, a mis primeras visitas al Museo Británico y, más tarde, al Louvre. Llevaba media vida coleccionando monedas romanas y militaria del mundo antiguo y el arte clásico me cautivó.

    Tanto que acabaría abriendo un museo  Es que la colección fue creciendo tanto que llegó un momento en que en los almacenes ya no cabía nada y pensé que sería una buena idea exponerlo todo. Tener un espacio abierto al público. Después de un año de reformas, abrimos nuestras puertas en junio de 2011. El edificio, antes de la guerra, había sido un molino, posiblemente de flores para producir aceite para los perfumistas de Grasse porque, en los siglos XVIII y XIX, las colinas de Mougins producían grandes cantidades de flores que se destinaban a elaborar esencias. En la Edad Media, mi restaurante, L’Amandier, era la prisión del pueblo, y el museo, era el juzgado. ¡Así que hoy soy dueño de la cárcel y el tribunal!….

    El grueso de su colección de antigüedades clásicas está siendo dispersado ahora por Christie’s. ¿Qué le empujó a venderla?  Bueno, ha sido una decisión difícil de tomar. Pero no tiene sentido tener una colección tan grande guardada en un almacén y dedicarte sólo a gestionar préstamos a museos. Son objetos que necesitan ser vistos, estudiados, apreciados… Sentí que lo mejor que podía hacer por ellos era sacarlos a subasta pública para que todo el mundo pueda verlos, y con la esperanza de que acaben en buenas colecciones.

    El museo cerró sus puertas este verano. ¿Qué le llevó a tomar la decisión? En los últimos tiempos mis intereses como coleccionista habían vuelto a cambiar.  Hace unos diez años, me separé de mi primera esposa y como parte del acuerdo de divorcio, ella se quedó con la colección de maestros antiguos. Y era imposible replicar unos fondos así, conseguir obras de los principales artistas que además tuvieran buena atribución y buena procedencia. Y me di cuenta de que con el paso del tiempo se estaba volviendo cada vez más difícil comprar buenas antigüedades; así que empecé a fijarme en el arte de posguerra. En un primer momento, no hacía distinción entre artistas masculinos y femeninos; es decir, compraba trabajos de David Smith y Willem de Kooning, pero también de Helen Frankenthaler, Lee Krasner, Joan Mitchell y luego de otros más modernos como Keith Haring, Jean-Michel Basquiat, Wayne Thibaud, Damien Hirst, Tracey Emin, Cecily Brown, Bridget Riley… Hasta que finalmente opté por centrarme exclusivamente en las mujeres. Fue entonces cuando decidí cerrar el museo de arte clásico y reconvertirlo en otro dedicado a la creación femenina… [Vanessa García-Osuna. Foto © Christie’s Images Limited 2023]

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