• Paolo
  • Egipto celestial: el fascinante panteón del MET

    Aunque se crió en Chicago, la cuna de los rascacielos, de niña el pensamiento de Diana Craig Patch estaba muy lejos de allí, concretamente en el lejano y fascinante país de los faraones, con sus dioses con formas de animales, reyes de críptica sonrisa y objetos de apariencia mágica. Durante sus visitas al museo Field de Historia Natural con su madre descubrió los vestigios de una civilización grandiosa y sintió una conexión inexplicable con la tierra de las pirámides. En la universidad esa vocación se consolidó, especializándose en el Egipto predinástico, el periodo más remoto y desconocido, anterior a la unificación del valle del Nilo por los faraones. Considerada una de las personalidades más influyentes de la egiptología contemporánea, lidera el departamento del Antiguo Egipto del Museo Metropolitano de Nueva York, fundado en 1906, que debe velar por un fondo de más de 30.000 objetos de gran valor artístico, cultural e histórico.

    ¿Cómo nació su interés por el Antiguo Egipto? Crecí en un suburbio de Chicago, y mi madre solía llevarnos a mi hermana y a mí al Museo Field de Historia Natural. Allí fue donde vi por primera vez objetos del Antiguo Egipto y quedé inmediatamente fascinada.

    ¿Cuál fue su primera experiencia con un objeto antiguo? Soy arqueóloga de formación, y mi primera excavación fue en Illinois, en el yacimiento de un asentamiento indígena americano.

    ¿Qué sintió al tocar ciertos objetos por primera vez? Manipular una obra de arte es algo increíblemente especial pero no lo hacemos salvo que haya una razón que lo justifique. Dicho esto, cuando he tenido la oportunidad de hacerlo durante una exposición, es una sensación increíble sostener en tus manos algo tan antiguo que fue creado con un propósito que no siempre comprendemos, pero que sin duda debió de significar mucho para su propietario original.

    Además de su labor en el museo, ha llevado a cabo un extenso trabajo de campo en Egipto, dirigiendo, por ejemplo, la misión conjunta de Malqata (2008-2019), que es la ciudad-festival de Amenhotep III en Tebas. ¿Cuáles son sus mejores vivencias en la tierra de los faraones? Me resulta difícil elegir entre las numerosas jornadas de trabajo de campo y las visitas al país que he hecho a lo largo de mi carrera como egiptóloga. Como arqueóloga, realizar el estudio regional de asentamientos para mi tesis doctoral fue aterrador (¡era la primera vez que estaba sola en Egipto!), pero también una investigación inmensamente gratificante, que todavía hoy sigue siendo de referencia. Todavía es pronto para analizar las campañas en Dahshur y Malqata porque aún están en curso. En estos yacimientos tengo en marcha sendas investigaciones sobre un conjunto de joyas y talleres. Y me siento inmensamente orgullosa del Proyecto de Escuela de Campo del Centro Americano de Investigación en Egipto que puse en marcha en 1995 (con tres temporadas posteriores), en el que colaboré con inspectores del Consejo Supremo de Antigüedades (SCA) para compartir nuevos métodos de trabajo arqueológico de campo. Este programa continuó después de mi participación y aún hoy sigue funcionando bajo la supervisión de miembros del SCA.

    La civilización egipcia duró más de tres mil años. ¿Qué épocas le fascinan? Como le contaba antes, me especialicé en los periodos predinástico y dinástico temprano (4500-2700 a.C.) y sigo sintiendo pasión por todo lo que tiene que ver con ellos. Me interesan sobre todo las cuestiones relativas al funcionamiento de los objetos, más que los periodos específicos. He publicado artículos sobre una amplia gama de objetos y épocas históricas en los que analizo cómo se utilizaba un objeto o un tipo concreto de objeto.

    Ha comisariado la exposición Egipto Divino, la más ambiciosa que el MET haya dedicado al Antiguo Egipto en una década. Se exhiben alrededor de 250 piezas, entre ellas, importantes préstamos. ¿Cuáles destacaría? Es una petición muy difícil, ya que muchas de ellas son emblemáticas y por eso fueron seleccionadas. Los museos que han colaborado con nosotros compartieron tesoros de sus colecciones, que se sumaron a piezas únicas de la colección del MET. Quizás sea más preciso hablar de las rarezas, entre las que se incluyen el fragmento del relieve de Maat (Museo Arqueológico Nacional, Florencia), la tríada con Hathor (The Museum of Fine Arts, Boston), Haremhab y Horus (Kunsthistorisches Museum, Viena), la colosal estatua de Min (Ashmolean Museum, Oxford), la estatua sedente de Anubis (Ny Glyptotek, Copenhague), el escarabajo gigante (The British Museum, Londres) o el colgante de la tríada de Osiris, Horus e Isis (Museo del Louvre, París).

    Una de las más hermosas, portada de nuestra revista, es una estatuilla en oro del dios Amón. Las estatuas de metal macizo, de oro o plata, son increíblemente raras, no porque no existieran en el Antiguo Egipto, sino porque lo más probable es que la mayoría acabaran fundidas. El metal resultante se empleó para fabricar nuevas estatuas o se llevó a otros lugares cuando los templos fueron saqueados o destruidos en la antigüedad… [Vanessa García-Osuna. Foto: La tríada de Osorkon II. Foto: Mathieu Rabeau © Musée du Louvre, Dist. RMN-Grand Palais / Art Resource, NY]

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