Desde que irrumpiera en el panorama contemporáneo de los años noventa, el trabajo de Dora García (Valladolid, 1965), no ha cesado de enriquecerse a través de proyectos complejos o sencillos, pero siempre reflexionados en profundidad. De su formación cosmopolita y experiencia vital y creativa en distintas capitales europeas, le ha quedado una amplia percepción del mundo, verdadero poso de conocimiento para hacer del arte un lenguaje de raíz antropológica y universal al mismo tiempo. Estudió Bellas Artes en la Universidad de Salamanca y en la Rijksakademie de Ámsterdam, y actualmente vive y trabaja en Oslo. Ha celebrado importantes exposiciones en el Reina Sofía de Madrid o el Pompidou de París, entre otros museos, y participado en punteras citas internacionales como la Documenta de Kassel y una larga lista de bienales. En 2015 representó a España en la Bienal de Venecia; en 2018, el Reina Sofía le dedicó una amplia retrospectiva; y en 2021 fue galardonada con el Premio Nacional de Artes Plásticas. Para la artista el espacio expositivo no es algo neutro sino un ámbito dinámico de acercamiento entre el espectador activo y la obra, a través del cual surgen reencuentros con uno mismo, pero también cuestionamientos y contradicciones. Su última exposición en la galería Elba Benítez de Madrid, introduce nuestra conversación con esta escrutadora del pensamiento walteriano, devoradora de libros de ensayo, poesía, narrativa, cuyas palabras fluyen desde una mente bien nutrida.
Walter Benjamin ha muerto es un título revelador, ¿qué esconde? La exposición parte de las memorias de quien fue amiga, colaboradora y admiradora de Walter Benjamin, Asja Lācis, revolucionaria de origen letón, muy importante en la historia cultural y política de la primera mitad del siglo XX. Actriz y directora de teatro y gran renovadora de la pedagogía de la dramaturgia y del llamado teatro proletario. Lācis mantuvo una intensa relación amorosa e intelectual con Benjamin, a quien había conocido en la isla de Capri en 1924. Se produjo este encuentro entre los dos siendo todavía jóvenes en un contexto vanguardista como era el Capri de entreguerras, auténtico hervidero de escritores y artistas donde coincidieron futuristas italianos con constructivistas rusos, escritores como Gorki e incluso también Lenin. La historia termina en 1948 cuando ella es liberada del Gulag en Kazajistán. En realidad, hasta 1955 Asja Lācis no supo de la muerte de Benjamin porque estuvo sometida a un proceso de reeducación tras su encierro en el campo de concentración. Fue Bertolt Brecht quien le dio la noticia en Moscú. Cuando ella cuenta en sus memorias el encuentro con Brecht, acaba con la frase, citando al escritor: «Walter Benjamin ha muerto», y de ahí el título de la exposición.
Otra muestra relativamente reciente fue la celebrada en el Patio Herreriano de Valladolid hace tres años, titulada La máquina horizonte, ¿cada proyecto que inicia parte de un tema nuevo? En realidad, la exposición de Valladolid retomaba una obra muy anterior que presenté en la Bienal de Pontevedra del año 2000. La idea fue del director del museo, Javier Hontoria, que decidió recuperar La máquina horizonte que había sido adquirida por la Colección Patio Herreriano, dentro del programa de exposiciones del vigésimo aniversario del museo en 2022… Además de esta obra, la muestra en el Patio Herreriano incluyó varias fotografías en blanco y negro de gran formato realizadas ese mismo año. La obra La máquina horizonte es una máquina de luz de discoteca manipulada por mí, y proyecta una luz de láser azul parpadeante sobre un espejo giratorio, que a su vez proyecta sobre la pared, creándose una extraña sensación de horizonte que da sentido al título.
También en 2014, hizo 18 Happenings in 6 Parts de Allan Kaprow en la Fundació Tàpies de Barcelona. ¿Le interesan los orígenes del arte de acción y Kaprow en particular? Cuando hice esta obra yo ya conocía a Kaprow, evidentemente, aunque nunca había profundizado en él hasta que no me embarqué en el proyecto de la Fundació Tàpies con la colaboración de estudiantes de la Haute École d’Art et de Design (HEAD) de Ginebra, donde entonces yo era profesora. La importancia de aquel happening de Kaprow, aparte de su relación con el action painting de Pollock y la idea de identificar arte y vida, para mí fue mucho más completa cuando leí sus escritos y me di cuenta de las revolucionarias aportaciones que hizo en los años 50-60 al campo de la pedagogía y la relación con el público.
La relación con el público está también muy presente en sus performances, ¿cómo es esa interacción? Bueno, la idea de que el público sea un ente activo no es solo un fenómeno contemporáneo. Los corrales de comedia de los siglos XVI y XVII eran puestas en escena en las que el espectador intervenía constantemente en la obra, interpelando a los personajes actores, interrumpiendo la acción, gritando, etc. El público pasivo y silencioso, sentado en su asiento de la platea, es un invento del teatro burgués del XIX, pero el teatro en su origen suponía siempre una participación dinámica y colectiva. La vanguardia quiso recuperar esa idea de agitar a los asistentes. En el caso de Kaprow, el espectador desaparece como tal y se integra directamente en la obra porque se le asigna un papel a través de unas instrucciones escritas… [Amalia García Rubí. Foto: Alfredo Arias]







