En la aparente fragilidad de doña Graciela es donde reside su fuerza. Es una mujer menuda con hambre en los ojos. Cuando te mira te sientes parte de su objetivo y, al tiempo, reconfortada. El pasado junio pasó unos días en Madrid contando a los periodistas su vida y sus obras, durante la inauguración de Cuando habla la luz, una exposición en Casa de México que reúne un centenar de fotografías desde 1972 hasta 2017, en el marco de PHotoEspaña. Parece mentira que la mirada se tope con tanta belleza en blanco y negro. Desde las paredes, en azul lavanda, te miran los niños, las mujeres del mercado, una señora con cuatro sardinas en la mano, una cría aburrida que observa con desdén un cocodrilo abierto en canal, una bicicleta que le robó una foto, cabras, pies, una sirena adolescente y guapa, el corsé de Frida Kahlo… Tanta vida. Allí, recibiendo como la anfitriona que es, la inmortal Nuestra señora de las iguanas, tan perfecta en su composición que parece imposible, pero cuando Graciela Iturbide (Ciudad de México, 1942) disparó aquel día de 1979 con su cámara (fueron muchas las imágenes desechadas y solamente una, esta, la elegida), la Inteligencia Artificial nos quedaba aún muy a trasmano. Delante justo de este emblema platicamos, como ella dice con su hablar suave, mientras se coloca una y otra vez sobre el hombro izquierdo un pañuelo grande y testarudo que se resiste a permanecer en su sitio.
Cien imágenes, que son cien disparos y que abarcan media vida, cuarenta y cinco años. ¿Cómo se realizó la selección del material para esta exposición? Bueno, yo intervine muy poco. Fue el comisario, Juan Rafael Coronel Rivera, que es nieto de Diego Rivera, hijo de Ruth Rivera, quien se encargó de abrir cajas, de revisar el material que tenía y de decidir las que quería que vinieran a España. Y a mí me pareció bien. Ahora vuelvo a reencontrarme con ellas, con estas compañeras. Y me parece estupendo. No me canso de verlas.
¿Y le siguen sorprendiendo? Ya me las conozco, pero sí. La sorpresa llega en el momento en que revelas. Ahí es donde está la sorpresa, cuando ves si la imagen que has tomado es buena. Luego, de repente, busco en mis cajas y encuentro cosas en las que no me había fijado. O algunas que rompo, porque no servían, porque una se equivoca también.
¿Recuerda alguna fotografía con las que se haya equivocado, es decir, que pensara que tenía una gran imagen y la realidad le ha hecho ver lo contrario? Claro que sí. Me ha pasado, por ejemplo, con unos niños que estaban en Iztapalapa, un lugar pobre de México, y los fotografié en pleno juego. Creí que era una muy buena foto, pero cuando iba a exponerla pensé: “Qué horror. Dónde voy yo con esto”. Y la guardé
¿Cómo se hace una fotografía como Mujer ángel, que es pura fantasía llena de un misterio que te agarra y no te suelta? Es una imagen que me regaló el desierto de Sonora, lo juro, porque yo no me di cuenta de que la tomé. Disparé y no volví a recordarla jamás. ¿Viste que hasta se le atora el pelo en una roca? Yo venía de la cueva donde ellos, los seris, realizan pinturas antiguas, me llevaron los jóvenes. Iba a montar mi libro de fotografías cuando el editor me preguntó por esa foto. Y yo le dije con sinceridad que no recordaba haberla tomado. Iba sola, con mis cámaras y con el antropólogo, Luis Barjau. No recordaba nada. Así que fui a mi hoja de contactos y vi cómo a ellos, mientras bajaban, yo los iba fotografiando. Y apareció esta mujer. Para mí dice mucho de lo que son los seris, que es un pueblo seminómada. Ahora están muy cerca de Arizona. Tejen unas canastas muy bonitas y realizan esculturas de una madera que se llama palo fierro, muy dura. Los americanos les cambian sus artesanías por aparatos eléctricos. Digamos que están a caballo entre ser seminómadas y entrar en el capitalismo, pues hoy tienen mucha comunicación con los americanos… [Gema Pajares. Foto: Cortesía Fundación Casa de México en España]





