Capas que se superponen, una encima de otra. Retazos recortados de la propia vida y de otras que, por accidente, han ido a parar a las manos de Isabel Coixet (Barcelona, 1960). Por accidente o porque ella, que se define como “una urraca” que lo recoge todo, lo que ha comprado, descubierto, encontrado entre adoquines, en mercadillos de los cinco continentes. Los collages que ha reunido la comisaria Estrella de Diego en Aprendizaje de la desobediencia son fragmentos del ser de la cineasta. Cuenta que de niña veía las tijeras para recortar y darle una oportunidad a las manualidades y se echaba a temblar. Nunca le gustó la asignatura. Con el tiempo, sin embargo, ha vuelto los ojos a la niña que habita dentro y ha compuesto un álbum que la define, que lleva su nombre. La exposición, que hasta el 14 de septiembre puede visitarse en el Museo Thyssen-Bornemisza dentro de la programación de PHotoEspaña, está compuesta por medio centenar de collages, muchos de ellos manuales; en otros ha utilizado la técnica digital. Le espera alguna muestra en el futuro. Y mientras, imaginamos, seguirá componiendo sobre una mesa, entre papeles a los que ha dado una nueva vida, al calor del recuerdo de Motherwell. Menudo maestro.
Una cosa es ver la reproducción de sus obras en papel o en la pantalla del ordenador y otra poder apreciarlas a poca distancia. Cuánto ganan. Cuando las cuelgas y están en la pared se ve el placer de hacerlas, se aprecia de cerca y pienso que por eso ganan. Yo era una niña que odiaba los trabajos manuales, y mira dónde estoy. Era la típica que llegaba a casa con el regalo del Día de la Madre y mi madre, pobrecita, tenía que ver aquello. El recortable, el algodón, los palillos, lo odiaba. Y creo que ya bien adulta los empecé a hacer sin ninguna pretensión, pero a través de ellos he ido descubriendo a muchísimos artistas de collages que me parecen alucinantes.
Pero tiene que haber un principio. Quizá el detonante fuera una exposición que vi en Nueva York en 2012 de Robert Motherwell. Yo estaba en la ciudad buscando localizaciones para una película y fuimos al Museo Guggenheim y estaban colgando los cuadros. El centro permanecía cerrado al público y pude verlo de cerca, en persona me causó un impacto que me sacudió, como esos satoris, esas iluminaciones repentinas. Era ver cómo los materiales que había en aquellas obras me hablaban. Había algo que me hizo ver los collages de otra manera, con más rigor, quizá. Yo ya había hecho collages y después de aquello, cuando volví a casa, quemé unos cuantos de los que tenía.
Estrella de Diego apunta que el collage no existiría sin el cine. No sé si comparte esa opinión. Sinceramente, no lo sé. Y creo que no lo sabremos nunca. Para mí, el cine parte también de otro lugar. Así como detestaba los trabajos manuales y lo único que me gustaba era el olor del pegamento Imedio, sí tenía una cabeza que pensaba en imágenes. Eso de decir, quizá de manera un tanto presuntuosa, que las imágenes están por encima de obras hechas con las manos, en un solo plano. Mi vocación original es el cine y sigue siéndolo, y esto, los collages, es algo que hago, que me gusta hacer y que voy a seguir haciendo.
Cuando ve sus obras colgadas en las paredes del museo, ¿qué sensación le produce? Para llegar hasta la Sala 30 hay que pasar por algunas estancias imponentes del Thyssen, con Ensor, Macke, Nolde, hasta Richard Estes. Incluso dejar atrás la exposición temporal, tan fresca y divertida, de la japonesa Ayako Rokkaku. Está muy bien acompañada. Me da un apuro tremendo y me parece estupendo que estén en una sala retirada, pequeña, al fondo, sin hacer ruido… Me considero una auténtica impostora. Y me siento cómoda siéndolo. A medida que te vas acercando vas viendo obras mayores, es un paseo por la historia del arte y después te encuentras con estas, con las mías. Pero me parece que está muy bien, porque sería como el postre en una gran comida en un restaurante tres estrellas Michelín. Es como los petisús que te dan después del café; no es el plato principal, pero te deja buen sabor de boca y yo estoy súper agradecida tanto a Guillermo Solana como a Estrella de Diego por haberla hecho posible… [Gema Pajares. Foto © Francis Tsang. Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid]







