• Mauritshuis: la perla de La Haya

    En el centro de La Haya, el corazón histórico y político de los Países Bajos, se alza un coqueto palacete que originalmente fue la residencia del conde Johan Maurits, gobernador de las posesiones holandesas en Brasil. Tras ser adquirida por el Estado neerlandés en 1822, reabrió como “Gabinete Real de Pinturas” tomando su nombre, Mauritshuis, de su primer propietario. Su interior alberga una formidable colección de maestros holandeses y flamencos del Siglo de Oro con iconos como La joven de la perla de Vermeer, Lección de anatomía de Rembrandt, o El jilguero de Carel Fabritius, tal vez el pájaro más conocido de la historia del arte (portada de nuestra revista). Su directora Martine Gosselink (Utrecht, 1969) trabaja porque éste siga siendo un museo “en el que todo el mundo se sienta bienvenido”, sin obviar asuntos como el colonialismo o la restitución del arte expoliado. Algunas de las joyas del museo neerlandés viajarán hasta Madrid este otoño gracias a un acuerdo de intercambio con el Thyssen.

    ¿Cuál es su primer recuerdo relacionado con el arte? A los doce años visité el Rijksmuseum por primera vez. Curiosamente, lo que más huella me dejó fue el edificio en sí: las escalinatas y los leones esculpidos que hay a sus pies. Aparentemente, me causauron más impresión que los propios cuadros. También recuerdo que en el primer año de instituto dábamos las clases de dibujo e historia del arte en un aula en la que había un gran póster de Toulouse-Lautrec que representaba al cantante Aristide Bruant. Fue una idea muy acertada por parte del profesor colgar precisamente ese tipo de cartel; esas litografías de la Belle Époque suelen gustar a los adolescentes. Sus clases sobre el impresionismo y el expresionismo, así como sobre la vida de Van Gogh, me cautivaron. Poco a poco, fui aprendiendo a apreciar el arte, desde la porcelana china de mi abuela hasta las miniaturas indias que descubrí durante mi primer viaje a la India. Pero, siendo totalmente sincera, no fue hasta más adelante cuando realmente me permití asimilar la profunda emoción que una obra de arte puede despertar; sucedió cuando era estudiante, a través de los grabados y dibujos de Rembrandt.

    ¿Cuál fue el primer museo que visitó? Oh, no sabría decirle con seguridad. De adolescente solía visitar las galerías que regentaban los amigos de mi madre —escultores y acuarelistas para los que, de vez en cuando, yo posaba como modelo—. Durante mi etapa universitaria, trabajé en una librería de arte en la Spiegelstraat de Ámsterdam, una callecita en la que solo hay galerías y anticuarios. Fue en aquella época cuando adquirí mi primera obra de arte contemporánea en una galería que dirigía Eegje Schoo —antigua embajadora en la India—. Ella misma seleccionaba y vendía obras de jóvenes artistas indios. Una primera compra así nunca se olvida.

    El Mauritshuis se fundó como un “Gabinete Real de Pinturas”. Y lo sigue siendo, y no solo a título oficial. Nos enorgullece ostentar este título, conscientes en todo momento de que el primer monarca de los Países Bajos, Guillermo I, confió las obras de arte coleccionadas por su familia al Estado y, por extensión, al pueblo neerlandés. De forma consciente, el rey siguió adquiriendo nuevas pinturas para el museo, como Vista de Delft de Vermeer. Esto pone de manifiesto tanto una enorme pasión por las artes como un profundo conocimiento de la importancia de esta colección. Desde entonces hasta hoy, hemos seguido siendo un museo real; de hecho, nuestros actuales monarcas suelen visitarnos con frecuencia, ya sea acompañados de amigos o con motivo de visitas de Estado. En este museo todo el mundo se siente bienvenido, desde niños pequeños hasta directores generales de empresas. Además nos esforzamos por mantener un equilibrio adecuado entre los visitantes que pagan entrada y los que no, como los menores de 18 años. Por ejemplo, durante las horas más tranquilas del día, ofrecemos la posibilidad de que las personas con menos recursos puedan visitar el museo a un precio reducido.

    Los fondos comprenden alrededor de 800-900 objetos. Aparte de las obras más famosas, ¿por cuáles siente un afecto especial? ¡Esa es la pregunta más difícil para cualquier director de museo! [risas]. ¿Podría empezar por algunas adquisiciones recientes? Por ejemplo, el tulipán solitario de Van der Ast: la sencillez de una flor cortada, demasiado grande para el pequeño jarrón en el que se encuentra. O el arrogante autorretrato de Adriaen van de Venne: ese dandy que, con este pequeño retrato, pretendía demostrar que no era un don nadie. También me emociona el autorretrato de Voskuyl, quien, al igual que Van de Venne, quiso claramente dejar huella. Asimismo disfruto enormemente contemplando el tranquilo paisaje de Vroom; te dan ganas de salir de paseo inmediatamente.

    Cientos de miles de personas les visitan cada año para contemplar pinturas como La joven de la perla de Vermeer o Lección de anatomía de Rembrandt. ¿Qué retos plantea a los museos la masificacion? Tenemos la suerte de poder limitar el número de visitantes que admiten nuestros edificios a entre 500.000 y 550.000, una cifra que se ha mantenido más o menos estable en los últimos años. No queremos ser un museo al que la gente acude únicamente para admirar las obras maestras; aspiramos a ser una institución que, gracias a su historia y su colección, resulte relevante para La Haya y los Países Bajos en una amplia variedad de ámbitos. Y, por supuesto, una institución accesible para visitantes de todo tipo. Además, estamos firmemente decididos a garantizar que los visitantes no tengan que esperar durante horas solo para echar un vistazo fugaz, de apenas unos segundos, a La joven de la perla. Por ello, cuando se alcanza el aforo máximo, cerramos nuestras puertas. Si admitiéramos a más personas, la satisfacción de los visitantes se desplomaría, y eso sería una verdadera lástima. Al fin y al cabo, la experiencia ideal consiste en poder contemplar las obras de arte sin obstáculos y sin sentirse presionado por el tiempo. Espero que podamos mantener este planteamiento durante mucho tiempo… [Vanessa García-Osuna. Foto: Johannes Vermeer, Vista de Delft, 1660-61 © Mauritshuis]

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