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  • La colección de Paul-Emmanuel Reiffers

    Crear un universo propio en su casa fue lo que impulsó a Paul-Emmanuel Reiffers (1966) a coleccionar. Heredó de su abuelo el gen del coleccionismo y desde niño fue consciente del privilegio que supone crecer rodeado de obras de arte. A los 25 años dio sus primeros pasos como mecenas. Un cuadro del pintor Gérard Garouste fue el punto de partida. Con el tiempo, su gusto, que define como una combinación de “sensibilidad e investigación”, fue madurando. Y también lo hizo su motivación más íntima como coleccionista. Ya no le bastaba con acumular nuevas obras, deseaba ir más allá, apoyar a los artistas jóvenes. Puso en marcha Reiffers Initiatives, una fundación que actúa en diferentes planos, por ejemplo, a través de un programa de mentorías (Reiffers Mentorship) mediante el cual, un reconocido artista contemporáneo se convierte en tutor de un creador novel. Este año, el maestro ha sido Thomas Houseago, y el resultado de su colaboración con Théo Mercier, su pupilo, se descubrirá este mes en una exposición durante la feria Art Basel Paris. Para Reiffers, fundador del grupo Mazarine, dedicado al mundo del lujo, la moda y la cultura, el papel del coleccionista actual ya no se limita a comprar “también puede ayudar a impulsar nuevas voces, generar oportunidades y acompañar el desarrollo de trayectorias artísticas.”

    ¿Cuál fue su primer contacto significativo con el arte? El arte siempre ha formado parte de mi entorno. Mi abuelo era coleccionista y crecí rodeado de obras de arte. Entendí desde muy pequeño que una pieza colgada en una pared siempre cuenta una historia. Pero si tuviera que señalar un momento decisivo, sería mi encuentro con Gérard Garouste, la primera obra verdaderamente importante que adquirí. Ya conocía su trabajo: había decorado Le Privilège, el legendario club situado en el sótano de Le Palace, al que iba con frecuencia en aquella época, y también había ilustrado la Divina Comedia de Dante. Fue a través de su obra cuando empecé a sentir una emoción auténtica frente al arte y cuando el coleccionismo se convirtió en una pasión.

    Empezó a coleccionar muy joven, ¿cuál fue la principal motivación? La principal fue, sencillamente, la pasión. Empecé a coleccionar a los veinticinco años, guiado por un impulso tanto estético como emocional. Quería crear en mi casa un universo propio, casi como un gabinete de curiosidades. Pero lo que realmente me ha acompañado todos estos años ha sido enamorarme de las obras y el placer de construir conjuntos que dialogan entre sí y adquieren sentido como un todo. Coleccionar también es una forma de afirmar un gusto, un estilo y una mirada. A menudo pensamos que el gusto es algo innato, cuando en realidad se construye. Hay una parte de intuición, por supuesto, pero también es algo que se ejercita y se cultiva, igual que un deportista entrena su cuerpo. Mirar, comparar, visitar exposiciones, conversar con artistas, galeristas o con otros coleccionistas… todo eso educa la mirada y requiere mucho tiempo. El gusto es, al mismo tiempo, sensibilidad e investigación.

    ¿Cómo describiría la línea de su colección? No tiene una única; avanza a través del diálogo. Lo que guía mis decisiones, por encima de todo, es la emoción y el significado: necesito sentir que una obra tiene alma. Pero coleccionar también implica aceptar que la mirada evoluciona. Hay coleccionistas que permanecen fieles a un gusto muy definido; yo, en cambio, creo que una colección debe estar viva. Me gusta juntar universos distintos y crear conexiones, a veces inesperadas, procurando siempre mantener una verdadera coherencia de conjunto. Con el paso de los años, mi mirada se ha ido refinando. Al principio me sentía especialmente atraído por artistas de lenguajes más minimalistas o abstractos, tanto franceses, como Pierre Soulages, Daniel Buren o François Morellet, como internacionales, entre ellos Christopher Wool, Louise Bourgeois, Lucio Fontana, Rudolf Stingel, Wade Guyton, Anish Kapoor, Ugo Rondinone y Alexander Calder. También desarrollé un gran interés por la escena artística afroamericana, con nombres como Rashid Johnson, Glenn Ligon, Simone Leigh, David Hammons y Lorna Simpson.

    ¿Y en la actualidad? Hoy mi atención se dirige cada vez más hacia la escena emergente. Disfruto apoyando a artistas cuyas prácticas proponen nuevas formas de mirar el mundo, como Pol Taburet, Ser Serpas, Stanislava Kovalčíková o Eva Helene Pade. Las relaciones personales también han sido fundamentales en este recorrido. Con el tiempo he construido vínculos de confianza con algunas galerías, especialmente Hauser & Wirth y Mendes Wood. Por supuesto, hablo con personas cuyo criterio puede ayudarme a valorar ciertas adquisiciones, pero las decisiones finales siempre son profundamente personales. [Vanessa García-Osuna. Foto: Stephane Feugere]

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