• Soledad Sevilla en línea recta

    “Me has vaciado”, dice Soledad Sevilla (Valencia, 1944) cuando nos estamos poniendo el abrigo, acabada ya la charla en una de las salas de la Fundación María Cristina Masaveu. Para nada. Eso es lo que pienso yo, con tantas preguntas que se quedan siempre como aeroplanos, sobrevolando. Y es que hay artistas que pintan para ver y otros que pintan para comprender lo invisible. Y ella, con esa silueta tan menuda, tan ágil y tan grácil y elegante siempre, con y sin pinceles, pertenece a este segundo grupo, capaz de habitar un espacio donde la geometría deja de ser cálculo para convertirse en poesía. Tras décadas de trayectoria, el esfuerzo y el trabajo constante de años la han consolidado como una de las figuras imprescindibles de la abstracción geométrica y del arte contemporáneo español —Premio Nacional de Artes Plásticas, Premio Velázquez y Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, un triplete de envergadura—. Regresa ahora al Museo de Arte Contemporáneo de Alicante (MACA) con la exposición Esperando a Sempere, abierta hasta el próximo 17 de mayo.

    Una muestra que no es solo un reencuentro con el público alicantino, sino el cierre de un círculo artístico y vital. En ella, Sevilla dialoga con la sombra de quien fue amigo y es siempre referente, aquel maestro que en los años 60 le abrió las puertas de la abstracción. Sin embargo, este regreso no se hace desde la nostalgia, sino desde la solidez de su presente en Granada. Instalada en su taller a los pies de la Alhambra, la artista ha destilado en los últimos años la luz, las tramas y los reflejos del mundo nazarí, transformando la arquitectura de piedra en una arquitectura de emoción.

    Con Esperando a Sempere ha comentado que “cierra un círculo”. ¿En qué medida volver a Alicante y a la figura de este gran artista, representa un retorno a sus propios inicios en los años 60? Siempre lo he dicho, porque es una teoría que tengo y que repito, que los artistas nos pasamos la vida pintando el mismo cuadro. Siempre el mismo, una y otra vez.

    Es una idea que usted repite, sí, pero, ¿cuál es ese cuadro? Siempre hay algo común que los une a todos, que está detrás, pero por lo que sigues adelante cada día es porque no ha aparecido lo que quieres que aparezca. Sencillamente, porque no has conseguido lo que te propones, lo que quieres, lo que estás buscando, algo que te satisfaga del todo como para que digas: “Aquí me paro”. Eso no llega y lo que haces es seguir y seguir y seguir. Si analizo mi obra, en el fondo lo que ha estado siempre presente desde el inicio ha sido la línea recta, lo que sucede es que muchas veces se acumulaban y llenaban el espacio. Pero siempre existe un elemento que se repite y se concentra, que en mi caso es la línea recta.

    ¿Y es a partir de ella de donde surge la obra o es la que manda y construye la obra? Me hacían tiempo atrás unas preguntas sobre la presencia de la cuadrícula en mis trabajos y si lo pienso, es consustancial en mi vida. Te sirve como estructura, pero está compuesta por líneas porque, de hecho, cuando pedí una de las becas de mi carrera, lo que me propuse era analizar todos los elementos que aparecían en mi obra. Y en ese momento estaba trabajando sobre los hexágonos, que se expandían sobre una cuadrícula o sobre dos mezcladas y combinadas. Y volviendo la mirada atrás y preguntándome por lo que había en mi trabajo aparecía una línea, que después se convertía en cuadrícula, que servía como base para añadirle unos elementos, que se combinan consigo mismos, y después surgía otra retícula sobre esos elementos… Es decir, que surgía una generación de formas a partir de la línea, que es el comienzo. Ves, es siempre la línea. Tengo guardados unos papeles de esos marrones que se enrollan y son larguísimos en los que únicamente hay una línea que se hace más ancha, más estrecha. Metros de línea.

    ¿Y cómo es ese proceso de investigación? No sé si será lineal… Es muy intuitivo y muy interior, no pasa por la mente. No existe un análisis mental. Los teóricos son quienes después analizan y dan una respuesta racional a lo que hago, pero a mí me sale así. No existe un plan organizado para cada día. Lo que hago hoy es probablemente enlazar con lo que hice ayer y dejé sin terminar. Mis series son largas y se desarrollan por capítulos, como las novelas. Cuando terminas una te planteas cómo va a ser la siguiente. Ya sabes que hay algo que te ha llamado la atención, que te ha movido, que está ahí en la mente y aparece. Fíjate que hubo unos años en que no es que me preocupara, pero sí que me inquietaba lo que iba a hacer después. Pensaba: ¿Y ahora qué voy a hacer cuando se acabe?

    Y llegaba siempre algo… Llegaba, venía. No se sabe por qué pero aparecía. Ahora ya no me hago esa pregunta porque sé que vendrá, que habrá algo que se me ocurrirá y que podré hacer.

    ¿Cuándo sabe que ha terminado una obra? Te voy a contestar con una respuesta que tiene que ver con el mundo de los toros, que a mí me gusta mucho y que en este momento es como un asunto prohibido. Pues es como la muerte del toro. ¿Por qué sabe el torero que tiene que matar al toro? Ese momento llega cuando él sabe que se ha acabado la faena, la lidia, porque el animal ya está pidiendo la muerte. Y eso es lo que a mí me pasa, que cuando termino es porque ya no hay nada más que contar.

    Volvamos a Sempere, un artista al que ha estado unida desde sus comienzos y hasta hoy, hasta siempre. Tanto a él como a su pareja, Abel Martín. ¿Qué le enseñó y qué aprendió de él? Me enseñó muchísimo. Él lo ha sido todo para mí. Fuimos amigos, compartimos los seminarios del Centro de Cálculo en los que nos veíamos semanalmente. Fue un maestro admirable, como persona y como artista. Cuando estábamos en el Centro nuestro día a día era así: pensábamos en algo que queríamos que saliera del ordenador. Solamente había uno en toda la universidad de Madrid, un IBM prestado por la compañía para investigación, que era enorme y que ocupaba casi una habitación. Y ahí trabajábamos, con dificultad y lentitud porque los programadores eran empleados de la universidad y eran quienes configuraban los programas que les pedíamos. Y del ordenador salían imágenes, gélidas que después interpretábamos, unas curvas frías, feas. Llegaba entonces el proceso de transformación: Sempere, aquel elemento elaborado por la máquina, sintético, lo transformaba y convertía en algo delicado, sensible y exquisito. Resultaba impresionante. Y ese era Sempere. Admiro sus cuadros de líneas, su universo. Para mí es un maestro y una imagen, un proceso a seguir, algo que copiar porque siempre has de partir de algo. Siempre hay algo detrás en lo que haces. Y él era eso, era mucho… [Gema Pajares. Foto: Alfredo Arias]

     

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