• Teresa Gancedo, la mística de la pintura

    A sus 89 años, Teresa Gancedo (Tejedo del Sil, León, 1937) sigue entregada a su trabajo, dibujando y pintando todos los días. Su obra es su mundo, en el que vive física y espiritualmente inmersa. En 1972, el poeta y crítico de arte Antonio Gamoneda, que posteriormente sería Premio Cervantes 2006, elogió “el gusto y la sensibilidad llevados a los detalles menudos; la levedad de las coloraciones sobre el trazo dibujístico y una concepción aérea del espacio pictórico”. Pero el punto de inflexión en su trayectoria ocurrió poco después, cuando fue seleccionada para la emblemática exposición New Images of Spain presentada en el Guggenheim de Nueva York en 1980, una muestra que daba a conocer en Estados Unidos a artistas españoles contemporáneos que habían tenido poca o ninguna visibilidad en el exterior durante el franquismo. La obra de Teresa Gancedo ofrece una sutil cosmografía, delicadamente simbólica, poética y críptica de lo humano, la naturaleza, lo espiritual, lo misterioso y lo desconocido, una dimensión que ha ido explorando a lo largo de toda su carrera como una forma de tratar de explicar el mundo. Mientras recorremos su casa y su estudio barcelonés mirando sus obras, Gancedo se muestra plenamente satisfecha de su trabajo: dibujo, pintura, collage, cerámica, esculturas, objetos, cajas secretas, relicarios con figuraciones crísticas, todo ha estado disponible para ella para expresar su mundo.

    La veterana artista está representada en museos como el Guggenheim de Nueva York, el Reina Sofía de Madrid, el MACBA de Barcelona o el MUSAC de León. Hasta el 12 de abril expone en el ciclo Verònica. Dones visionàries en la Fundació Vayreda de Olot, comisariado por Natàlia Chocarro.

    Habla mucho del pueblo donde nació, ¿cómo fue esa experiencia? Mis abuelos maternos y paternos vivían en dos pueblecitos de León, Tejedo del Sil y Villarino del Sil, a una distancia de 50 ó 60 kilómetros y en aquella época se iba a caballo. Yo nací en Tejedo y estuve tres años viviendo con mis abuelos, entre los dos pueblos, porque mis padres tenían dos niños más y se fueron a Madrid. Era la posguerra, tiempos difíciles, pero los tres años que viví en el pueblo fueron muy dichosos. Todo era idílico, incluso podía jugar con un cerdito. Recuerdo que, más adelante, cuando leí Heidi, empecé a llorar y cuando mi madre me preguntó qué me pasaba, le dije que sentía añoranza porque yo era como Heidi.

    Desde ese pueblecito de montaña, ¿qué la llevó al arte? Recuerdo mucho a mi abuelo. Era campesino, pero con lo que más disfrutaba era tallando madera. En esos pueblos había hórreos, esas construcciones típicas de madera, y siempre le pedían que hiciera los hórreos con dibujo. Le gustaba mucho y hacía cosas preciosas. No trabajaba nada en el campo porque siempre le encargaban madreñas y puertas, que todavía están allí. Creo que el encanto de mi pueblo en aquel entorno natural y ver a mi abuelo hacer talla en madera despertaron en mí un sentido de la belleza y un interés por lo artístico. Mi familia me dice que es imposible, que de tan pequeña no puedo acordarme, pero yo sé que es verdad: me asomaba a la barandilla del balcón y veía abajo la mesa de carpintero de mi abuelo, que me dijo: “mira lo que te estoy haciendo”, y me enseñó unas madreñitas de color amarillo, muy bonitas, que me acompañaron toda la vida hasta que un día se perdieron.

     ¿Sólo estuvo tres años en el pueblo donde nació? Sí, y después, todos los veranos hasta que murió mi abuela, a la que adoraba. Ella había emigrado a Argentina con su familia, y allí conoció a mi abuelo, los dos eran leoneses, se casaron y regresaron al pueblo. Es un pueblo muy antiguo con una iglesia románica preciosa y una soledad sobrecogedora.

    A los 3 años volvió con sus padres, a Madrid. Sí, y cuando fui al colegio, que era religioso, las monjas se enfadaban conmigo porque siempre estaba pintando. Mi padre, viendo mi interés, me puso un profesor particular. Era José Beulas, un pintor catalán que vivía en Huesca y pintaba paisaje. Tenía mucho éxito en Madrid. Me enseñó muchísimo. Me acordaré siempre de él.

    ¿Cómo fueron sus inicios en la pintura? Cuando empecé a pintar se me daba bien y siempre me ponían muy buena nota. Tenía una gran afición, como a otro niño podía gustarle jugar al fútbol, así que esta afición me vino muy bien porque no me aburría nunca. Empecé a pintar a mis hermanas, a dibujar a la gente y les gustaba tanto que, cuando iba al pueblo, hacían cola para que les hiciera dibujos. A mí me gustaba ir a los sitios más raros. Por ejemplo, a una iglesia que estaba casi derruida. Me gustaba lo viejo. Era una sensación como la que yo buscaba después en un Madrid enrarecido, donde estaba todo destrozado. Nosotros vivíamos en una casa que mis padres habían comprado en una zona muy buena, en el barrio de Salamanca. Y, sin embargo, todo alrededor estaba deshecho. Salir allí era horroroso, todo devastado por la guerra. Fueron casi diez años de posguerra. Fue larguísima.

    Su pintura aborda un universo religioso y onírico; etéreo, casi cósmico. Creo que sí. Mi padre era un hombre muy negociante, pero también muy sensible; en casa había muchos libros y todos los domingos nos llevaba al Museo del Prado. ¡Me lo sabía de memoria! Me gustaba todo, pero especialmente El Bosco. Velázquez también pero me dejaba fría. Ya de pequeñísima copiaba libros del Prado porque para mí todo era dibujo. Ponía poco color y mucho más adelante, incorporé objetos encontrados, que venían de mi pueblo, y con ellos hacía cuadros tipo vitrinas. Me acordaba que en el pueblo casi todos los días se celebraba una misa; el cura venía a caballo de otros pueblos y la liturgia me encantaba, y buena parte de mi iconografía viene de las vivencias de las misas de mi pueblo y de las procesiones de santos de León. Hasta hace muy poco he seguido haciendo cajas “secretas” que se abren con una llave. Las llamé Secreto de un pintor.

    ¿Qué es para usted la pintura? Lo mejor del arte es pintar. Lo que no me gusta es la parte comercial, por eso estoy tan metida en mi mundo, y ésa es la razón de que después de tantísimos años trabajando mucha gente casi ni me conozca. Al principio, todos mis dibujos tenían un trasfondo muy familiar, muy casero; me acordaba de mis abuelos, de mi querido pueblo…

    Luego vino a Barcelona Cuando vine aquí, ya había dibujado mucho. A mi novio le salió un trabajo en Barcelona, nos casamos y nos vinimos. Tuve dos niños y después empecé Bellas Artes. Había profesores muy buenos; recuerdo en particular a Jaume Muxart y a José Milicua, y más adelante entró Hernández Pijuan. Luego estudié cerámica en la Escuela Massana; me gustaba muchísimo y durante bastante tiempo hice mucha cerámica, aunque ya no conservo ninguna pieza, sólo este mural que tengo en la terraza. Más adelante, fui profesora en la Facultad de Bellas Artes de Barcelona hasta que me jubilé.

    Fue seleccionada para la célebre exposición New Images from Spain en el Guggenheim neoyorkino. Sí, se celebró después de la muerte de Franco porque en Nueva York no se había visto nada anteriormente de pintura española reciente. En aquella época yo trabajaba con la galería Fernando Vijande de Madrid, y a la crítica de arte Margit Rowell, que fue quien organizaba la muestra, le gustaron mis pinturas; después vino aquí a la galería Ciento, y también le gustaron, así que me seleccionó junto a Sergi Aguilar, Carmen Calvo, Antoni Muntadas, Miquel Navarro, Guillermo Pérez Villalta, Jordi Teixidor, Darío Villalba y Zush… [Marga Perera. Foto: Maria Dias]

     

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