A mediados de 1577, recién llegado a España, El Greco (1541-1614) recibió los dos encargos más ambiciosos de su carrera hasta la fecha: El Expolio para la catedral de Toledo y los tres retablos del monasterio de monjas cistercienses de Santo Domingo el Antiguo, uno de los cenobios más antiguos de la ciudad. Dicho monasterio contó desde 1579 con una nueva iglesia sufragada por doña María de Silva, dama portuguesa que estuvo al servicio de la emperatriz Isabel, esposa de Carlos V, y por Diego de Castilla, deán de la catedral. Para la realización del retablo mayor y los dos laterales, don Diego designó al Greco a sugerencia de su hijo Luis de Castilla, quien había conocido al pintor en Roma, en el palacio Farnesio, en 1571. Gracias a esta recomendación El Greco pudo enfrentarse a un trabajo especialmente complejo, donde tuvo que diseñar la estructura de los tres retablos, las cinco esculturas que coronaron el principal y la pintura de ocho lienzos. A partir de 1830 el conjunto se dispersó y ha habido que esperar hasta ahora, gracias al patrocinio de la Fundación Amigos del Museo del Prado, para volver a ver juntas ocho de las nueve obras que El Greco realizó para la iglesia toledana. La Asunción, la gran tela central del retablo mayor, que desde 1906 forma parte de las colecciones del Art Institute de Chicago, se expone junto a las dos obras de este retablo conservadas en la colección del Prado, a las que permanecen en Santo Domingo el Antiguo y a las que se encuentran en otras colecciones.

“Estas obras cuentan un final y un principio. La conclusión del prolongado y complejo proceso formativo de un pintor especialmente original, y el comienzo de la mitad de su vida cuando llega a España, donde desarrollará toda su carrera. Nada de lo que hubiera ocurrido antes le hubiera dado la fama y el reconocimiento del que hoy goza. El Greco es El Greco a partir de este retablo”, ha manifestado la comisaria de la muestra, Leticia Ruiz, Jefa de Colección de Pintura Española del Renacimiento del Prado. Con la concepción de este conjunto, el artista cretense impulsó una renovación del tradicional retablo castellano. El retablo mayor se organizó en torno a una tela de gran tamaño con el tema de La Asunción, a la que se subordinaron el resto de las pinturas: los cuatro santos de las calles laterales –san Juan Bautista, san Juan Evangelista, san Bernardo y san Benito– y, en el cuerpo superior, La Trinidad. Años después de inaugurarse la iglesia, un escudo de armas realizado sobre madera que se situaba sobre la pintura central fue cubierto con la Santa Faz, obra igualmente del Greco. El encargo se concluyó en 1579 y el resultado debió suscitar la admiración de quienes lo contemplaron. El Greco demostró ser un maestro granado, audaz y solvente, que se manejaba con deslumbrante soltura en la composición de obras de gran formato, cargadas de reminiscencias italianas tanto en los modelos figurativos como en el colorido y la factura. A excepción de tres pinturas que permanecen en la iglesia de Santo Domingo el Antiguo (los dos santos Juanes y la Resurrección), el resto de las obras comenzaron a disgregarse en el siglo XIX. Su reunión en esta exposición es un hito que permite disfrutar de un conjunto excepcional que fue la primera producción del maestro en España. [Hasta el 15 de junio. Museo del Prado, Madrid. Museodelprado.es]





