Es bien sabido que muchos artistas norteamericanos se inspiraron en Joan Miró (1893-1983), pero no lo es tanto que él también se sintió estimulado por el arte norteamericano especialmente por la pintura gestual y de acción y por los grandes formatos. El intercambio y el flujo creativo atravesó continentes y generaciones, y constituye uno de los hilos conductores de la exposición Miró y los Estados Unidos, que se enmarca dentro de la conmemoración de los cincuenta años de la Fundació Joan Miró. La muestra, que cuenta con el patrocinio de la Fundación BBVA y con la colaboración de Puig y la Fundación Abertis, reúne una extraordinaria selección de pinturas, dibujos, esculturas, grabados, filmes y material de archivo procedentes de colecciones americanas y europeas. Coorganizada con The Phillips Collection de Washington, es un acontecimiento único, puesto que exhibe 138 obras de una cuarentena de artistas como Louise Bourgeois, Alexander Calder, Helen Frankenthaler, Lee Krasner, Arshile Gorky, Alice Trumbull Mason, Jackson Pollock y Mark Rothko, entre muchos otros.
A lo largo de quince salas se recorren los momentos clave de la trayectoria del maestro catalán en el país norteamericano. “Miró hizo siete viajes a los Estados Unidos entre 1947 y 1968”, explica Dolors Rodríguez Roig, co-comisaria de la muestra, “y hay que tener en cuenta que entre los años 20 y 30, tuvo un galerista en París, Pierre Loeb, con mucha visión que regaló la primera obra de Miró a Pierre Matisse quien, en un primer momento, no estaba muy convencido, aunque finalmente en un viaje que hace a París para visitar a su padre, Henri Matisse, tuvo la posibilidad de ver más obra de Miró y ya dejó de dudar. Él sería su representante en Estados Unidos desde los años 30 hasta la muerte del artista. Le programaría exposiciones cada año y su galería fue un punto neurálgico en la difusión de la obra mironiana. También fue quien le consiguió proyectos como el mural de Cincinnati. Fueron nueve meses de experimentación artística para afrontar el reto de hacer un mural de más de 9 metros de alto, sin haber visto el edificio donde iba a estar colocado.”. Por cierto, sería Matisse, así como el comisario James Johnson Sweeney y el crítico Clement Greenberg, quienes alejaron a Miró del surrealismo, puesto que consideraban que era un movimiento literario y que estaba demasiado identificado con Dalí.
Matthew Gale, co-comisario de la muestra, subraya que Miró llegó en un momento muy interesante al país, “en 1947, cuando muchos de sus colegas de París ya habían estado en Nueva York y estaban volviendo a Europa. Así que se produce un cambio en la atmosfera cultural neoyorkina. El arte estadounidense toma carta de naturaleza por sí mismo dejando de lado a los europeos que habían pasado por allí. Se produce un nuevo punto de partida del arte aunque Miró era considerado parte de él, de hecho Barnett Newmann afirmó: “Miró ha estado en el arranque de un nuevo lenguaje.” Este nuevo lenguaje acabaría siendo el expresionismo abstracto. Marko Daniel, director del museo barcelonés, hace hincapié en el carácter de tierra de oportunidades que eran los Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial que “con diferencia, era el país más rico del mundo, una tierra de infinitas posibilidades”, una circunstancia que corrobora Matthew Gale para quien “era un lugar de libertad, de creatividad, de exploración para Miró, especialmente en los años 60 cuando viajó con más frecuencia. En aquella época llevo a cabo proyectos extraordinarios, desde murales de cerámica a esculturas en el espacio público, pudiendo hacer realidad su convicción de acercar el arte contemporáneo al máximo publico posible.” [Foto: Joan Miró, su esposa Pilar Juncosa y su hija Maria Dolors, junto a Louise Bourgeois, en la terraza del apartamento del cineasta Richard de Rochemont, en Nueva York, sujetando la lona que Miró había creado para la exposición surrealista de la Galería Maeght de París, 1947 © Successió Miró /Easton Foundation, 2025] Hasta el 22 de febrero. Fundació Joan Miró. Barcelona. Fmirobcn.org





